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20 de febrero de 1936: Toma del Ministerio de Gobernación

20 de febrero de 1936: Toma del Ministerio de Gobernación

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España. En los dos primeros meses cuenta con la colaboración de Íñigo Palencia.

Madrugada del jueves, 20 de febrero de 1936: Toma del Ministerio de Gobernación

Durante toda la noche, la gente siguió en la calle, celebrando el triunfo del Frente Popular. Tanta alegría recordaba a ratos el catorce de abril del 31. En la Puerta del Sol no cabía un alfiler. El pueblo madrileño esperaba que volvieran al balcón. Cuando ya bien entrada la madrugada se asomó Azaña, hubo un clamor ensordecedor. El hierático hombre de las gafas de carey contestó al rugido con una feble sonrisa; luego, desapareció en el interior del edificio. Allí se encontró a Amós Salvador Carreras, recién nombrado ministro de la Gobernación. Amós había estado hasta un par de horas antes, sentado a su mesa, rodeado de supuestos amigos, nombrando gobernadores interinos por teléfono.

—Buena tarea nos espera, señores. Los gobernadores de Portela han huido, abandonando las provincias. No hay autoridad en ninguna parte, y la gente anda suelta por las calles. Hay motines por doquier…

—Nos ha vuelto a tocar segar en verde —se lamentó Azaña, visiblemente agotado después del ajetreo de aquel día inacabable—. Esperaba haber tenido un tiempo para preparar el Gobierno, pero la estampida de Portela lo ha impedido. Es lo que tiene entregar el Gobierno a un pusilánime.

"Recuerdo la noche del catorce de abril, cuando se proclamó la República, y también la del once de mayo, durante la quema de conventos. En comparación, les puedo decir que esto es una verbena"

No continuó, porque entraba Carlos Echeguren, todavía subsecretario con Portela en Gobernación, y el director general de Seguridad. Echeguren venía de un cargo modesto en Melilla, donde acababan de derrotarlo como diputado. No tenía buena reputación entre los republicanos y eso se debía a que, en su momento, cuando los sucesos de Barcelona, cumplió la doble función de proteger y espiar a Azaña. Cada vez que se encontraba con un jefe de policía, preguntaba, medio en broma, cuándo asesinaban «al Verrugas». La frialdad de Manuel Azaña demostró su buena memoria y Echeguren supo que iba a ser destituido.

Otra vez sonaron vítores en la calle: «¡Azaña, saluda al pueblo! ¡Vivan los bolcheviques!». Amós y Santiago parecían impresionados.

—Antes de que usted llegase, señor Azaña, la guardia sacó los caballos y dispersó a la gente, entre golpes y protestas. ¿Quiere que saquemos a los guardias a la plaza otra vez?

—No se preocupen. Yo recuerdo la noche del catorce de abril, cuando se proclamó la República, y también la del once de mayo, durante la quema de conventos. En comparación, les puedo decir que esto es una verbena. Ya verán ustedes cómo dentro de poco se van tranquilamente.

Cuando Manuel Azaña volvió al balcón de Gobernación, el estruendo fue inconmensurable. El ademán del futuro presidente consiguió que se fueran callando. Llevándose un dedo a los labios, silenció a la multitud. Hasta que cesó el último grito, no empezó a hablar.

—Pueblo de Madrid, sé lo entusiasmados que estáis con nuestro triunfo. Y creedme que comparto vuestra alegría. Pero ahora es el momento de disolveros tranquilamente, por favor. Disfrutad de la victoria, y permitid que todos disfrutemos de ella.

—¡Presidente! ¡Presidente! ¡Viva Rusia!

—No, señores. Viva Rusia, no. ¡Viva España! —respondió Azaña con contundencia.

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