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Los Ángeles, en busca de Charles Bukowski (I)

Los Ángeles, en busca de Charles Bukowski (I)

Ilustración de portada: Los Ángeles, en busca de Bukowski, de Daniel San Juan.

Después de sobrevivir a Las Vegas gracias a Mario Puzo —para seguir este artículo no hace falta saber qué ocurrió en la Ciudad del Pecado, pero si os pica la curiosidad, ahí queda el enlace—, continuamos la ruta hacia Los Ángeles. Bukowski me esperaba. Llegaba el momento de enfrentarme a mis demonios. Él me diría lo que necesitaba escuchar.

Empezó a hacerlo pronto, cuando entramos en la interestatal I-15 dirección sur. Hacía menos de un año que había dejado el que había sido mi trabajo durante un lustro, y aquella carretera amplia, rocosa e infinita, esa que todo turista espera recorrer cuando viaja a la Costa Oeste, hizo que evocase mis días atravesando las cuatro provincias catalanas y las largas madrugadas o tardes de conducción por la AP-7 camino de Valencia. A veces incluso llegaba hasta Murcia. La vuelta era horrible: seis horas que alargaban todavía más una jornada que rara vez tenía término. Las horas de entrada y de salida las marcaba mi ritmo circadiano. Como cada mes tenía que aumentar el negocio, siempre había una llamada más que hacer, un cliente más que visitar. Una venta más que cerrar. Al final me cansé. Aquello no era para mí. Ahora trabajo por proyectos, que al menos tienen un principio y un fin. Cuando acaba uno siempre hay otro esperando, pero suele ser tan diferente al anterior que la transición supone una bocanada de aire fresco. Y cierra una etapa. Eso me parece imprescindible.

"Calico también estaba acondicionado para el turismo, por lo que no fueron los renovados edificios de madera ni las puertas batientes las que me hicieron viajar atrás en el tiempo, sino el emplazamiento"

Bukowski me habría dicho que dejara de lloriquear. Que tuve suerte, porque aquel trabajo era de los que tensaban la cuerda hasta romperla. Él, en cambio, no sintió presión alguna que lo hiciese estallar y su martirio en la oficina de correos se alargó tanto que estuvo a punto de volverse loco. Rondaba los cincuenta cuando por fin pudo abandonarlo para dedicarse a escribir. Quizás lo consiguió porque no lo perseguía.

Antes de engancharnos a la famosa Ruta 66 nos detuvimos en Calico, un pueblo fantasma del Viejo Oeste. Me recordó al MiniHollywood de Almería. Calico también estaba acondicionado para el turismo, por lo que no fueron los renovados edificios de madera ni las puertas batientes las que me hicieron viajar atrás en el tiempo, sino el emplazamiento. Había que ascender un buen tramo desde la carretera para llegar. Situado en las faldas de la montaña donde se hallaban las minas de plata que antaño sustentaban a la población, desde aquel punto se veía la inmensa planicie salpicada de cumbres redondas, rocosas e imberbes que habíamos recorrido para llegar hasta allí. El inclemente y árido desierto donde los habitantes de aquel pueblo sufrieron por salir adelante. Porque las tuvieron que pasar canutas: era principios de abril y sudábamos como pollos, aun yendo en camiseta. En la distancia, a centenares de kilómetros, el horizonte se ondulaba por efecto del calor, igual que cuando cruzamos Death Valley días atrás. No quiero imaginarme lo que sería aquello en verano sin aire acondicionado. A pesar del sofoco, lo místico del lugar, los escuetos carteles explicativos sobre su historia y aquellas vistas inabarcables hicieron que me sintiese en comunión con el entorno. Lo mejor de los lugares elevados es que puedes estar seguro de que nuestros antepasados disfrutaron de la misma panorámica. Las ciudades cambian, los árboles se talan, los ríos se secan. Pero los montes permanecen y eso te asegura una visión compartida a través de los siglos. Es una de las razones de que me gusten tanto los castillos que se erigen en altos picos o en sitios imposibles. Nuestra guinda del pastel es la Alhambra.

"Bukowski sabía lo que era la precariedad. La sufrió durante gran parte su vida y quedó debidamente reflejada en sus novelas, relatos y poemas"

A Bukowski no le gustaba viajar. Tal vez porque, de joven, a los treinta y pico, hizo una ruta por varias ciudades del este para conocer el país, recorrido del que volvió hecho polvo, pues no hizo sino abandonarse a los vicios y apostar sin control hasta que se vio forzado a pedir por las calles. Más tarde tuvo que acostumbrarse a dar saltos aquí y allá debido a su fama. Obligado. Si supiera que ahora viajar es nuestra máxima prioridad, insultaría concienzudamente a toda esta generación. Yo le diría que es lo único que nos han dejado, que viajamos porque no tenemos nada más que nos ilusione. Él volvería a reírse de mí. Tener que ilusionarse para vivir le parecería una gilipollez.

Y es que Bukowski sabía lo que era la precariedad. La sufrió durante gran parte su vida y quedó debidamente reflejada en sus novelas, relatos y poemas. Mientras continuábamos hacia Los Ángeles seguí con la lectura de su novela Hollywood, perfecta para ponerme en situación, pues allí estaba la que fue su casa durante la década de 1960 y principios de los setenta, sus años más prolíficos. Intentaría pasarme a verla. No era esa la vivienda donde creció: cuando tenía dos años y vino de Alemania, su familia se estableció más al sur, en Virginia Road, que era donde su padre lo apaleaba y donde le salió ese acné por el que tuvieron que intervenirlo y que le dejó la cara marcada. También tuvo problemas y sufrió acoso en el colegio, como él mismo relata en La senda del perdedor, su novela más autobiográfica y la que recoge con más detalle esa miseria que forjó su carácter y, a la postre, su fama. Al leerla entiendes por qué empezó a beber a los trece años. Tenía el pack completo. Años después pasó por varios empleos mal pagados para financiarse la carrera de periodismo, que al final acabó dejando. Escribió, se desilusionó con el mundo editorial y paró de darle a la tecla por espacio de una década. Ni sus biografías ni el libro Sol, aquí estoy, de la editorial Hojas de Hierba, que recoge las entrevistas y encuentros que varias personalidades tuvieron con él me han aclarado del todo por qué siguió escribiendo. Bueno, miento. Sí que da una pista: dice que algo lo empujaba a sentarse frente a su máquina de escribir; una extraña fuerza que solía actuar cuando caía el sol, estaba borracho y había perdido al menos cien dólares en el hipódromo.

"Estábamos justamente al norte de Crenshaw, uno de los barrios conflictivos donde se grabó. Lo que hace el no buscar bien; las sorpresas que depara. Y los peligros, aunque a nosotros no nos pasase nada"

Los Ángeles apareció ante nosotros al pasar entre las colinas de San Gabriel y San Bernardino. Me pareció inmensa, inabarcable. A los pies del valle por el cual descendíamos se divisaban los primeros barrios, pero la extensión de la urbe era tal que su silueta se desvanecía en la distancia e iba descubriéndose a medida que avanzábamos, como la niebla de guerra en los videojuegos de estrategia. Además, el cielo estaba encapotado, de modo que el centro de la ciudad y su concentrado skyline tardaron en emerger. Al contrario que en otras macrociudades estadounidenses, en Los Ángeles son pocos los rascacielos que sobresalen sobre las miles de viviendas de una planta y edificios destartalados. De lejos, parecen fundirse en una única mole de geometría ojival; una bala de punta redonda que se abre paso hacia el cielo y se introduce ligeramente entre las nubes. Seguimos avanzando y llegó el caos de las autopistas de seis carriles. Nunca me he agobiado tanto al volante. Hiperventilando y sin saber muy bien cómo, dimos con nuestro Airbnb: una pequeña casa al final de una calle sin salida, en algún punto entre el distrito de Hollywood y el aeropuerto. Era un barrio silencioso y oscuro. No había ninguna farola, algo que parecía repetirse en gran parte de la ciudad. Me recordó al lugar en el que vivía Alonzo Harris, personaje que encarnó Denzel Washington en Training Day, película que habré visto trescientas veces y con la que Denzel se llevó el Oscar a actor principal. Es más, luego vi que estábamos justamente al norte de Crenshaw, uno de los barrios conflictivos donde se grabó. Lo que hace el no buscar bien; las sorpresas que depara. Y los peligros, aunque a nosotros no nos pasase nada.

Aquella misma tarde cogimos un Uber a Hollywood Boulevard y yo me separé de mis amigos. Necesitaba ir solo a Musso & Frank Grill, un antiquísimo restaurante que frecuentaba Bukowski —el más viejo del distrito, según decían—. El sol se había escondido. A pesar de lo céntrico del sitio, no había mucha gente por las calles. Al entrar me quedé embelesado con la larga barra que ocupaba uno de los laterales. El resto del local lo componía un enorme salón de comidas orientado a explotar el lugar turísticamente. No había nadie y pensé que estaban a punto de cerrar, pero el camarero me dijo que todavía faltaba una hora. Luego me puso una cerveza. Como lo vi entrado en años, sin poder contenerme, le pregunté si conoció a Bukowski. Él me miró con hastío.

"El hombre alzó la cabeza, me miró durante unos segundos e hizo un gesto con la mano para que me acercase. Las piernas empezaron a temblarme mientras caminaba hacia su mesa"

—Discúlpeme —dijo, seguramente al ver que yo torcía el gesto—. Me lo preguntan casi a diario. No, no llegamos a coincidir. Hacía más de diez años que había muerto cuando empecé a trabajar aquí— entonces ladeó un poco la cabeza, dubitativo. Después alzó el brazo con rapidez y apuntó con el dedo hacia un rincón. Me giré como si me hubieran dado un tortazo. Había alguien allí. Yo no era el único cliente del bar, como creí al entrar—. Pero él sí que lo conoció. Siempre aparece cuando no hay nadie, tiene un don. Hoy usted le ha chafado la estadística.

El hombre que ocupaba la mesa apartada y sin apenas iluminación que me había señalado el camarero sería de su misma quinta: rondaría los sesenta. Era completamente calvo y sus enormes orejas caían hacia los lados como las banderas contra el asta cuando no hay viento. Su cara parecía la parte superior del cuerpo de un pingüino. Vestía vaqueros y camisa.

—¡Eh, cabronazo! —gritó el camarero—. Este joven quiere hablar de Charles.

El hombre alzó la cabeza, me miró durante unos segundos e hizo un gesto con la mano para que me acercase. Las piernas empezaron a temblarme mientras caminaba hacia su mesa. No sabía lo que me esperaba.

***

Continuará en Los Ángeles: en busca de Charles Bukowski (II)

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