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Foreign Office: un ministerio contra el Imperio Español

Foreign Office: un ministerio contra el Imperio Español

La América española es un concepto difícil de metabolizar ya que, por su inmensidad y variopinta riqueza inmaterial y paisajística, a veces resulta más estimulante en su propia sonoridad que como realidad identitaria. Sin embargo, a las puertas de 1800, cuando la contemporaneidad golpeaba al compás de la ciencia ilustrada, el citado vocablo obedecía a una formidable porción del globo —desde Tierra de Fuego al actual estado de Montana— en cuya superficie palpitaba una vida urbana con los niveles de prosperidad más altos del mundo.

Lo que digo escocerá a muchos, claro está, pero la realidad de la época demostró que poco había al otro lado del charco, en la vieja Europa, con capacidad siquiera de igualar el refinamiento y garbo de la sociedad novohispana enraizada en ciudades como Lima, Cartagena, Buenos Aires o México. Quiso el destino entonces, caprichoso como siempre que, cuando las entrañas de los virreinatos presumían de madurez, la Península fuera sacudida por la voracidad de Bonaparte. Su ambición produjo un vacío de poder que cierta élite criolla —no el conjunto de los mismos— hizo jugar a su favor gracias a una más que inestimable ayuda extranjera. Con estos mimbres, lo que tenía que haber sido una independencia bien avenida se tornó en el nacimiento de una pléyade de repúblicas que, no por casualidad, comenzaron a buscar cien años más tarde chivos expiatorios para exculpar sus flaquezas, como adolescentes molestos con su propia autonomía.

"Las clases populares fueron un dique ante las acometidas británicas, y los criollos mostraron un sentimiento de pertenencia igual o mayor que los peninsulares hasta la crisis sobrevenida en el siglo XIX"

Curioso que aquellos pretendidos culpables, los mismos que desembarcaron en sus costas cuatrocientos años antes tras sortear los tormentos de una homérica travesía, fueran causantes de algo más que de ir cargados con la ambición propia de su tiempo. Es cierto: nadie les había llamado, y es cierto igualmente que el choque fue inevitable. Ahora bien, a cada uno lo que le corresponde: muy pronto se establecieron cabildos, audiencias y consejos que hicieron aflorar las ciudades y propagar el mejor aval de la singularidad española: el mestizaje. Coincidente con el progresivo “entierro” de los grandes césares de América a mediados del siglo XVI, y habida cuenta de la robustez comercial que adquirían los virreinatos, no resulta extraño que estos se fueran transformando en las presas más codiciadas de ultramar. Ahí entra en juego Inglaterra, que pasó de “viejo amigo” a reino aventajado de envidiosos que nunca cejó en su intento de socavar el poder español. Se empeñaron con entusiasmo, desplazando fuerzas apabullantes que se estrellaron en su afán de rapiñar primero y buscar cómo levantar un sentimiento emancipador después. Spoiler: realmente nunca lo hubo. Y cuando digo nunca, me refiero a la primera acepción de la RAE. ¡Nunca! Las clases populares fueron un dique ante las acometidas británicas y los criollos —a excepción de una funesta fracción— mostraron un sentimiento de pertenencia igual o mayor que los peninsulares hasta la crisis sobrevenida en el siglo XIX.

Miranda en la Carraca, por Arturo Michelena.

Así les pasó a nuestros pinches vecinos en Cartagena de Indias; así les pasó en San Juan de Nicaragua —en dos ocasiones—, posteriormente en Puerto Rico y, finalmente, en sus emotivos intentos de invadir Buenos Aires. Partido a partido, una merecida Champions del ridículo. Incluso cuando lograron tomar La Habana —pírricamente— durante once meses, la población no mostró el más mínimo interés en cambiar los mojitos por el té de las cinco.

Visto lo visto, Londres pasó a diseñar algo mejor: el Foreign Office, o lo que es igual: el Ministerio de Exteriores. La entidad, instituida para que la isla alcanzase sus metas geopolíticas, contó con la inestimable ayuda de un español: Francisco de Miranda. Traidor en román paladino, el caraqueño procuró a los ingleses un espacio de acogida intelectual para quienes le sucedieron en la tarea de despedazar la España de ultramar, entre ellos Simón Bolívar, otro venezolano, y uno de los sujetos más controvertidos, utópicos y trágicos que la historia recuerda.

"Miranda no sólo acudía a tertulias, sino que asistía a las sesiones del Parlamento, configurando un discurso demagogo que se ganó a la opinión pública con presteza"

Paradójicamente, Miranda había combatido contra la propia Inglaterra en la independencia de las Trece Colonias. Llegó a Londres en 1785 y de su estancia en Norteamérica junto a George Washington y John Adams recogió un espíritu republicanista que soñó implantar en los dominios españoles, apoyado por el influyente círculo del primer ministro Frederick North. Acomodado junto al Támesis y cargado con documentación confidencial de los gobiernos virreinales, levantó las suspicacias del embajador español, quien no tardó en alertar al conde de Floridablanca para que este, a su vez, informase a Carlos III. Miranda no sólo acudía a tertulias, sino que asistía a las sesiones del Parlamento, configurando un discurso demagogo que se ganó  a la opinión pública con presteza. Y hete aquí el problema: los diarios empezaron a jalear la necesidad de que Inglaterra apoyase su causa; no por romanticismo, huelga decirlo, sino por puro interés estratégico.

William Pitt the Younger (1759-1806), por John Hoppner.

Para 1790, con William Pitt al frente, las ideas secesionistas habían madurado significativamente porque, aparte de las primeras concesiones presentadas por Miranda, Inglaterra estaba contactando con otros correligionarios del independentismo. De las propuestas de unos, la indolencia de otros y el apremio del resto se gestó una oferta que no podía ser más jugosa: a cambio del apoyo, la “Pérfida Albión” obtendría el mando extractivo de las minas de plata y la preferencia mercantil en el Pacífico. Con todo, el Ministerio de Exteriores, en una maniobra tan simple como sagaz, decidió seguir esperando, a sabiendas de que, más pronto que tarde, brindarían por haber obtenido una ganga.

Así se llega a 1798, momento en el que bajo la influencia del lobby financiero del barón de Bexley, el criollo desplegó un programa de acción política que incluía en el lote tanto el sufragio como la tolerancia de credos. “Cuéntame más”, debió de decirle Pitt. Miranda insistió en que Inglaterra era la herramienta para extirpar “la superstición a la que les tenía sometidos la metrópoli”. Conmovedoras palabras… Al intentar redimir a América de sus hipotéticos males, el confabulador dejaba a los vástagos de la Monarquía Católica a los pies de Su Majestad Británica. Extraña forma de hacerse patriota, ¿verdad?

"Los Hannover pasaron a controlar Belice, Guyana y las Malvinas, poniendo la guinda con la costa de los Mosquitos, Nicaragua"

Como es comúnmente conocido, el criollo no vio sus sueños consagrados, pero el mal ya estaba hecho. En 1810 coincide en Londres con el célebre Bolívar, el acelerante definitivo. Una vez Napoleón sumergió la Península en el caos, Bolívar no sólo fragmentó los virreinatos, sino que terminó entregando a su otrora mentor, Miranda, a las autoridades españolas en un acto de oscura conveniencia. Mientras el “precursor” moría a la sombra del penal de las Cuatro Torres de Cádiz, Bolívar —judas por partida doble— se convertía en el responsable último de endeudar a las nuevas naciones con los intereses de los leoninos empréstitos británicos; deudas que algunos países tardarán más de siglo en saldar. Agradezcamos la “generosidad” a Lord Castlereagh, sucesor de Pitt al frente del Foreign Office. Juntos lograron que en apenas una centuria, el imperio español se transformara en el perfecto menú de una oligarquía usurera.

El proceso tuvo dos momentos traumáticos: 1830 y 1898. Tras la fiesta —porque seguro que la hubo— en St. James Palace por la descomposición española, Inglaterra quedó como potencia hegemónica e impuso un programa económico del que también se benefició Estados Unidos, algo que nadie —nótese la ironía— podría haber intuido. Los Hannover pasaron a controlar Belice, Guyana y las Malvinas, poniendo la guinda con la costa de los Mosquitos, Nicaragua. Era ya una nueva era; una época que, pese a todo, vería alejarse el anticlímax para sentir a finales del siglo el aliento del panhispanismo.

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John P. Herra
John P. Herra
5 horas hace

Los hijos de la Gran… Bretaña tuvieron su papel, pero como bien señala el autor, no hay que obviar la idiotez y miopía de los españoles de ambos hemisferios.