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Fernando Marmolejo Hernández: “Un orfebre trabaja para la eternidad”

Fernando Marmolejo Hernández: “Un orfebre trabaja para la eternidad”

Durante más de cuatro décadas, las azucenas de bronce que coronan la terraza superior de la Giralda han formado parte inseparable de la silueta de Sevilla. Pocas personas sabían —hasta ahora— que aquellas piezas no eran solo un remate ornamental, sino también la huella silenciosa de un gran maestro del oficio: Fernando Marmolejo Camargo (Sevilla, 10 de diciembre de 1915 – Santiponce, 20 de septiembre de 2006).

Marmolejo fue uno de los grandes nombres de la orfebrería andaluza contemporánea. Procedente de una familia de artesanos, se formó desde muy joven en talleres de forja, cerrajería artística y orfebrería, desarrollando en Sevilla una larga y rigurosa trayectoria marcada por la excelencia técnica, la sobriedad estética y una idea del oficio ligada a la permanencia y al tiempo largo.

En 1981, el cabildo de la catedral le encargó la fundición y restauración de las azucenas de la Giralda, sustituyendo antiguos elementos de hierro forjado, ya deteriorados por la corrosión y la intemperie, por nuevas piezas de bronce concebidas para resistir durante generaciones. No se trataba de una creación ex novo: las jarras originales databan del siglo XVI, proyectadas por Hernán Ruiz II y fundidas inicialmente por Bartolomé Morel, con intervenciones posteriores de Basilio Cortés. La de Marmolejo fue, por tanto, una restauración moderna y respetuosa, pensada para prolongar la vida de un elemento histórico sin traicionar su espíritu.

La madrugada del 5 de febrero de 2026, una de esas jarras ornamentales en forma de azucena se desprendió y cayó desde casi cien metros de altura hasta la Plaza Virgen de los Reyes, a consecuencia de las fuertes rachas de viento asociadas a la borrasca Leonardo, que superaron los 70 km/h. La caída, registrada en torno a las 6:15 de la mañana, no causó heridos, aunque obligó a la Policía Local a acordonar la zona como medida preventiva.

La pieza siniestrada —de bronce y hierro, de casi cuatro metros de altura y más de un centenar de kilos de peso— formaba parte de un conjunto de cuatro. Tras el incidente, técnicos del cabildo realizaron una primera inspección visual del resto de adornos del remate renacentista, sin detectar daños aparentes, si bien se mantiene un perímetro de seguridad a la espera de una revisión más exhaustiva con medios auxiliares.

Más allá del impacto visual y del debate público posterior, lo ocurrido ha devuelto a primer plano el nombre de Fernando Marmolejo Camargo y la dimensión real de su trabajo en la Giralda: una intervención discreta, sólida y duradera, que permitió que aquellas azucenas permanecieran en lo alto de la torre durante más de cuarenta años. La pieza caída era una de las que él mismo fundió y colocó, convencido —como repetía a menudo— de que el verdadero cometido del orfebre no es deslumbrar en el presente, sino resistir al tiempo.

Es desde esa herencia, técnica y moral, desde donde hoy habla su hijo, Fernando Marmolejo Hernández.

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—Fernando, la mañana del 5 de febrero Sevilla se despierta con una imagen que nadie esperaba: una de las azucenas de la Giralda ha caído. ¿Cómo recibes tú esa noticia?

"Cuando empezaron a circular los vídeos, todavía no había ninguna nota oficial. Solo imágenes, comentarios, rumores. Y lo primero que sentí fue tristeza"

—Con mucha pena. Muchísima pena. No se puede decir de otra manera. Mi padre puso en ese trabajo una ilusión enorme. Siempre decía que de toda su carrera había dos cosas que lo llenaban de orgullo, y una de ellas era haber sido, como él decía, “prioste de la Giralda”. Cuando empezaron a circular los vídeos, todavía no había ninguna nota oficial. Solo imágenes, comentarios, rumores. Y lo primero que sentí fue tristeza. Una tristeza muy honda, muy íntima, porque inevitablemente me acordé de él.

—Hablas de tu padre como si la Giralda hubiera sido algo más que un encargo profesional.

—Lo fue. Para él no era “un trabajo más”. Era un honor. Mi padre entendía el oficio así: cuando intervenías en un monumento que pertenece a la historia de una ciudad, ya no trabajabas para ti, ni siquiera para el cliente, sino para el tiempo. Él decía que un orfebre trabaja para la eternidad.

—Esa idea de la eternidad aparece muchas veces cuando hablas de él.

—Claro. Porque es consustancial al oficio. Nosotros hacemos cálices, custodias, urnas, piezas litúrgicas que no están pensadas para una moda ni para una generación. Están hechas para pasar de mano en mano durante siglos. Si una obra está bien diseñada, bien ejecutada y con buenos materiales, las modas no pueden con ella. Las modas no tienen fuerza suficiente para arrinconarla. Mi padre creía profundamente en eso.

—¿Tienes recuerdos personales del momento en que él trabajó en las azucenas?

"Conservamos toda la documentación: dibujos, cálculos, medidas, pesos, presupuestos"

—Muchísimos. Y además conservamos toda la documentación: dibujos, cálculos, medidas, pesos, presupuestos… Hace poco, mi hijo estuvo revisando los archivos del taller y han aparecido las carpetas completas. Las hemos donado a la catedral de Sevilla, porque creemos que ese material ya no nos pertenece solo a nosotros.

—¿Cómo llega ese encargo a tu padre?

—Las azucenas anteriores, que eran de hierro forjado, las había colocado Cayetano González, que fue maestro de mi padre. Con el paso del tiempo, el hierro se había deteriorado. Hubo incluso desprendimientos de ramas por la corrosión. A finales de los setenta, principios de los ochenta, el Estado —todavía no existían las autonomías— impulsó una restauración de la Giralda y se decidió sustituir esas piezas.

—¿Qué hace entonces tu padre?

—Lo que hacía siempre. Primero, estudiar. Un orfebre no es solo un artesano, también es ingeniero. Antes de hacer nada, mi padre dibuja, mide, calcula esfuerzos, analiza resistencias. Hace una maqueta. Estudia cómo va a comportarse el material a la intemperie, a esa altura, con viento, con vibraciones. Al principio se pensó en chapa, pero buscando precisamente esa idea de permanencia, decidió cambiar a bronce fundido.

—¿Por qué bronce?

"El bronce es prácticamente eterno. Es el mismo material de las campanas. Los romanos ya lo sabían"

—Porque el bronce es prácticamente eterno. Es el mismo material de las campanas. Los romanos ya lo sabían. Una chapa de latón puede durar muchísimo, sí, pero el bronce fundido, bien trabajado, es otra liga. Cada flor se dividió en cinco piezas fundidas, unidas mediante soldadura autógena a alta temperatura. El tallo es una barra maciza de bronce, con un grosor calculado para soportar peso y viento. Todo estaba pensado.

—Cuando ves las imágenes del suelo, ¿reconoces inmediatamente la pieza?

—Sí. Las vi en uno de los vídeos que circulaban por internet, aunque de bajísima calidad. Vi la jarra, vi los fragmentos, y en uno de los trozos más grandes reconocí una estrella. Me he criado al lado de esas piezas, las he visto miles de veces. Sé cómo son. El bronce tiene casi dos centímetros de grosor, pero una caída desde casi noventa metros hace que se fragmente. Dicen que algunos trozos llegaron hasta la mitad de la plaza.

—Sin embargo, hay algo que no aparece en las imágenes: el ramo de azucenas.

—Exacto. Y eso es lo que a mí me llamó la atención. El ramo pesa entre doscientos y doscientos cincuenta kilos. Es enorme. No aparece en el suelo. Mi hipótesis —y subrayo que es una hipótesis— es que quedó enganchado en algún punto de la estructura interior de la torre y cayó en otro lugar, no visible desde fuera.

—¿Cómo crees que se produjo el accidente?

"Son anclajes ocultos. No puedes desmontar un monumento así para inspeccionarlo por dentro"

—Insisto: con prudencia. Lo que creo es que una racha de viento muy fuerte retorció el conjunto. El vástago interior, que es histórico, de época de Hernán Ruiz, pudo ceder por torsión. Eso partió la jarra y liberó la bola. Son anclajes ocultos. No puedes desmontar un monumento así para inspeccionarlo por dentro. El arquitecto conservador ha hecho sus revisiones periódicas, como siempre. Esto ha ocurrido porque tenía que ocurrir. Y lo primero que hay que decir es que, afortunadamente, no ha habido daños personales.

—En las horas siguientes hubo mucha presión mediática.

—Sí, y por eso fui muy prudente. Me llamaron radios, periódicos, televisiones… Yo dije lo mismo a todos: hasta que se pronuncien el arquitecto conservador y el cabildo no se puede afirmar nada. Yo no he subido a la Giralda ni he visto la pieza in situ. Además, en estos momentos estoy, junto a mi hijo, restaurando la urna de San Fernando y el altar del Jubileo. Tengo un compromiso de confidencialidad con la catedral. No podía ni debía hablar más de la cuenta.

—¿Te dolió ver cómo se simplificaba el asunto en algunos discursos?

—Sí, porque a veces se olvida el trabajo artesanal, la historia del oficio, las manos que hay detrás. Mi padre no tiene nada que ver con este incidente. Su trabajo se hizo bien, con rigor y con conocimiento. La prueba está en que las piezas han durado más de cuarenta años en condiciones extremas.

—Ha habido polémicas en redes, incluso desde entornos cercanos a vuestra familia.

"No hay encargo, no hay decisión tomada. Cualquier otra cosa es especulación"

—Eso es lo que más preocupa. Comentarios precipitados, opiniones no contrastadas, frases sacadas de contexto… Todo eso genera inquietud y desconfianza, aunque no tengan fundamento técnico. Precisamente por eso quiero dejar claro que todavía es muy pronto para hablar de una posible restauración. No hay encargo, no hay decisión tomada. Cualquier otra cosa es especulación.

—Si llegara ese encargo, ¿cómo lo afrontaríais?

—Con el máximo respeto. Para nosotros sería un regalo. Pero insisto: será lo que decidan ellos. Mi hijo, desde el primer minuto, se puso a disposición del arquitecto conservador. Sin declaraciones, sin protagonismos. Esa es la única forma correcta de actuar.

—Hablemos de tu hijo. José Luis representa ya la cuarta generación de orfebres Marmolejo.

—Así es. Y además lleva un nombre muy cargado de significado. Se llama José Luis por su tío, hermano de mi padre, que desapareció en la Guerra Civil. Nunca volvió. Ese nombre es memoria, es continuidad y es responsabilidad.

—¿Ves en él al continuador natural de la estirpe?

—Sin ninguna duda. Ha heredado el oficio y, sobre todo, la actitud. José Luis ha demostrado una madurez extraordinaria en estos días. Ha entendido que, en el patrimonio, a veces el silencio es una forma de respeto. Que no todo se responde, que no todo se aclara en caliente.

—¿Cómo sería para vosotros afrontar ahora una restauración de este tipo?

—Eso lo decidirán ellos. Si nos piden un proyecto, lo haremos con enorme respeto. Para nosotros sería un regalo. Mi hijo, que representa la cuarta generación, se puso a disposición del arquitecto desde el primer minuto, sin hacer declaraciones. Esa es la forma correcta de proceder.

—Tu padre dejó incluso huellas íntimas en las azucenas.

"Grabó el nombre de sus hijos en algunas hojas. Es algo muy común entre los maestros: dejar un mensaje invisible"

—Sí. Grabó el nombre de sus hijos en algunas hojas. Es algo muy común entre los maestros: dejar un mensaje invisible, una firma humana. La historia de esas piezas no está solo en los documentos oficiales; está también en la memoria de Sevilla.

—¿Qué te ha legado tu padre, más allá del oficio?

—Un agradecimiento sin límite. Me metió en el taller con quince años, me sacó del colegio y me dio una vida que me ha hecho feliz. Yo heredé una parte pequeñísima de su talento, pero suficiente. Él se entregaba por completo al trabajo, se olvidaba de todo cuando estaba creando. A mí me pasa exactamente igual. Las circunstancias cambian, los tiempos cambian, pero esa pasión permanece.

—¿Qué representa hoy la Giralda para ti?

—Un orgullo inmenso. Saber que las manos de mi padre forman parte de su silueta, de la imagen de Sevilla. Eso no se borra con un accidente. Eso ya pertenece a la historia.

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