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Antonio Gala y un viaje de fin de curso

Antonio Gala y un viaje de fin de curso

A Javier Díez de Revenga

Desde hace algún tiempo pienso en escribir unas memorias, o bien de toda mi vida, que no es todavía larga, o bien de mi infancia. No lo sé. Como no veo muy comercial el proyecto no lo he afrontado hasta ahora, pero como también pienso que lo comercial quizá sea, de entrada, lo más opuesto a la literatura, quizá tal y como la entiendo yo, tal vez ideal (¿es otra cosa la literatura?), me he decidido a emprender un experimento. Me gustan los experimentos en la escritura.

Como Zenda es una revista de libros he pensado unir las dos cosas —quizá más cosas— y mi proyecto de memorias y la condición de Zenda de revista de libros, porque me he dado cuenta de que cuando leo un libro, a menudo, recuerdo. Entonces he pensado en traer a colación, en cada etapa, un libro como acicate para el recuerdo, como trampolín para la memoria. Así, por ejemplo, ahora estoy leyendo Andaluz, de Antonio Gala, antología de textos sobre Andalucía del escritor, realizada por Carmen Díaz Castañón, que por cierto me está gustando mucho.

Leyendo este libro me he dado cuenta de que recuerdo con él imágenes, sensaciones, recuerdos en general de un viaje de fin de curso, un viaje con mi colegio el San Pablo C.E.U. de Montepríncipe a Andalucía, viaje en el que disfruté mucho y que me dejó honda huella. Fue en octavo de EGB, viaje de fin de etapa.

Creo que no lo quería hacer, como me pasa con casi todos los viajes, pero felizmente lo hice, y como suele ocurrir con muchos viajes, recuerdo un poco de todo de él: amigos, amor, diversión, arte, historias, monumentos, catedrales, historia, literatura… La Alhambra, la Mezquita, maravillosas catedrales… Preciosas ciudades: Granada, Córdoba, Sevilla.

Los viajes dejan honda huella.

Recuerdo, por ejemplo, que entré en una librería de Cádiz y compré un ejemplar del Cantar de Mio Cid, personaje que luego estudiaría tanto y que tanto escribiría sobre él.

De este viaje recuerdo mucho. Yo debía de tener 13 años, pero llama la atención, yo que soy memorialista novato, cómo al ponerme a escribir vienen los recuerdos prácticamente solos, se enlazan unos con otros y unos llaman a los otros. Me acuerdo que Fernando Sánchez Dragó me decía, al escribir sus memorias, que los recuerdos eran como las cerezas, que cogías una y salían otras, varias, o muchas. Y así es.

Supongo que así se hace un libro de memorias. En primer lugar con voluntad de hacerlo, luego con cierto trabajo, poniéndose a ello, después dejándote llevar por el placer de la propia memoria, algo eminentemente literario, en mi opinión.

Imagino que lo difícil es darle cierta coherencia al conjunto, cierta narración o apariencia narrativa, porque ya veo que los recuerdos aparecen un poco a su aire, sin orden ni concierto, o con más concierto que orden, mejor dicho.

Tengo un gran recuerdo, en mi viaje andaluz, del Puerto de Santa María, del hotel al lado de la playa que compartí con mis compañeros. Era todo muy divertido porque viajamos prácticamente el curso entero, todos los grupos, mucha gente, y en este caso, pienso yo, cuanta más gente más divertido.

Una noche fuimos a jugar a los bolos. Yo he jugado muy poco a los bolos. Me parece que una o dos veces más en Inglaterra, si no recuerdo mal. Guardo un gran recuerdo de esos bolos. Creo que aquel día me enamoré, al menos un poco. Quizá sea yo enamoradizo, lo ignoro. Desde luego creo que para escribir el amor es muy bueno —quizá, en parte, no tan bueno para vivir—, al igual que son muy buenas otras emociones, como la tristeza, incluso la depresión, siempre que ésta te permita coger la pluma. Todo lo que exacerba la sensibilidad, que al final estimula la creatividad, es bueno para escribir. Ésa es mi experiencia. Yo he escrito muy bien enamorado, y también muy bien triste. Ahora que lo pienso feliz no he escrito tan bien, me parece.

Mario Vargas Llosa decía que él escribía porque no era feliz. Se refería a la insatisfacción humana, creo yo, a la sensación de que siempre te falta algo, mucho. Cuando lo tienes todo, supongo, te dedicas a disfrutar de ello, no a escribir sobre ello. Escribir es un anhelo, una persecución. Una forma de conseguir lo que no tienes, de completarte. En fin, confieso mi ignorancia. Escribo porque me hace feliz. Tal vez si ya lo fuera, plenamente, no lo haría. Elucubraciones. ¿Por qué el pájaro canta?

Son tantas las cosas que yo puedo contar de ese viaje de fin de curso… Y la idea de empezar con él me la ha dado este precioso libro de Antonio Gala. Aunque recientemente me hayan animado a emprender mis Memorias, o Recuerdos, Andrés Trapiello e Ignacio Amestoy, este proyecto ya me rondaba desde hace tiempo. Tras releer una carta que escribí al primero en Zenda, me ha parecido que podría ser una buena idea unir los libros y las memorias, mis modestas memorias, en una serie de entregas de Zenda, si este camino prospera, por supuesto.

De todos modos, estoy pensando utilizar también, acaso, películas, discos, incluso videojuegos, todo lo que venga bien para recordar, para desarrollar un texto, lo mejor posible, lo más ameno posible —sé que será muy personal—, sobre mi vida, quizá, como digo, sólo la infancia. A lo mejor empezando con la infancia ésta me lleva a otros momentos de mi vida, y tratando de la memoria hablo de otros temas, como ya veo que está sucediendo. No sé dónde me llevará este proyecto.

Ya digo que me gusta experimentar en literatura. Me parece bueno y muy divertido, para el autor y para el lector.

En aquel viaje vimos cosas muy interesantes, muy importantes, muy hermosas. Por ejemplo la Alhambra, que sé que me impresionó, al igual que la mezquita de Córdoba. Cada vez admiro más el pasado árabe en España, y a ello me está ayudando mucho precisamente las obras de Antonio Gala. Recuerdo con gran placer la catedral de Granada y la tumba de los Reyes Católicos. Aquel recuerdo, lo que son las cosas, me ayudaría muchos años después a escribir mi novela Fernando el Católico: El destino del rey, aunque es cierto que tuve que refrescar un tanto aquellos recuerdos. Pero yo me acordaba del monumento funerario y de la cripta, donde reposan los restos de los grandes reyes.

También recuerdo muy bien la catedral de Sevilla y el monumento funerario de Cristóbal Colón. Me parece que fue allí, en Sevilla, cerca de la catedral —pero pudo ser otro lugar visitado en este viaje—, donde yo cobré conciencia de que me gustaba mucho la gente, de que me relacionaba muy bien con ella. Y me acordé de mi padre, porque a él le pasaba lo mismo. Tenía don de gentes. Me parece que yo aquí cobré conciencia de que también lo tenía. Esto es una reflexión posterior, en realidad; lo que debí de pensar entonces, más bien sentir, era eso, que me gustaba mucho tratar con las personas, que las quería, digamos, y que se me daba bien tratarlas. Un rasgo más bien de mi familia paterna. Mi familia materna tiene otras virtudes, otras muchas virtudes.

Sigo sintiendo que me gusta la gente, que aprendo mucho de ella, que me enriquece.

Fue un viaje precioso. Podía parecer, y lo parecía, que nos íbamos al lado, porque Andalucía estaba muy cerca de Madrid, nuestra casa, pero de algún modo aquello era otro mundo, y lo visitábamos como tal. Era otro mundo lleno de Historia, de Arte, de paisaje, por un lado, y por otro el que formábamos los compañeros, incluso los profesores. He viajado algunas veces con el colegio, aunque yo no iba nunca, por ejemplo, a los viajes de esquí —cosa que lamento un poco—, y la memoria me trae el mejor recuerdo de todo ello.

A menudo he pensado que la vida no es para vivirla, en cierto sentido, pues va muy rápido todo, demasiado rápido, sino para recordarla, para recrearnos en ella, casi morosamente. Algo de eso me gustaría hacer aquí con estas páginas.

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