La primera vez que fui a las jornadas sobre los maquis en Santa Cruz de Moya no tuve la sensación de estar aprendiendo nada. Años después supe por qué.
Íbamos en mi coche, un Citroën AX ya cansado que subía las emes con dificultad. La carretera se enroscaba entre montañas ásperas y barrancos hondísimos; abajo, muy abajo, el Turia avanzaba despacio, casi escondido.
Entre Casas Bajas (Valencia) y Santa Cruz de Moya (Cuenca) apenas hay doce kilómetros, pero son doce kilómetros quebrados, sobre todo ya en terreno conquense. Aparecen los túneles, la carretera se estrecha y el paisaje obliga a bajar la voz. En esos momentos mi padre y mi tío se quedaban mirando hacia fuera, sin señalar nada. No hacía falta. Aquella era su tierra.
En las laderas aparecían bancales sostenidos por piedras en lugares inverosímiles, como si alguien hubiera decidido quedarse allí contra toda lógica.
Yo todavía no sabía que lo importante de aquel viaje no iba a estar en las ponencias.
Recuerdo una mesa larga, micrófonos, nombres repetidos con seguridad. Se hablaba de estrategias, movimientos, fechas, del asalto al campamento guerrillero de Cerro Moreno, de la Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón, de monumentos y sacrificios, de nombres repetidos como si todo hubiera quedado ya fijado en un relato definitivo. Todo parecía ordenado, explicado, cerrado.
Mi padre escuchaba en silencio. Mi tío asentía de vez en cuando. Yo asentía también, con una mezcla de respeto y de una épica que entonces necesitaba, y tomaba notas sin saber muy bien para qué.
Al terminar la charla nos acercamos un momento. Mi padre intentó explicar algo. No recuerdo exactamente qué. Las palabras no terminaban de encajar. Hablábamos de lo mismo, pero no en el mismo idioma.
No era la primera vez que me ocurría algo parecido. Tiempo atrás, junto a dos coterráneos —un chico de una aldea de Castielfabib y una chica de Ademuz— habíamos recogido testimonios como estudiantes en el instituto de Ademuz. Pensaba que yo iba a recoger más testimonios que ellos. Me equivocaba.
Teníamos la ilusión de estar salvando una verdad que se perdía, convencidos de que las historias encajaban si se reunían las suficientes voces.
Poco a poco fui viendo que cada voz salvaba una historia distinta, y que ninguna terminaba de coincidir con la otra. Por mi parte, intenté entrevistar sin éxito a un hombre manco de mi pueblo, Casas Bajas. Murió hace muchos años y hoy ya no sé si se llamaba Eulogio o Máximo. La memoria también pierde los nombres antes que las historias.
Quise creer que aquel hombre había perdido el brazo por ser maqui, por una paliza, por defender su dignidad. La historia encajaba. Daba sentido al silencio, al miedo, incluso al paisaje.
Luego supe que no fue así. Que el brazo lo había perdido en la guerra, como tantos otros, sin épica ni explicación.
Cuando llegó la cita dijo que prefería no hablar. Había cambiado de opinión. No me iba a contar nada.
Entonces me pareció una decepción. Hoy creo que fue una forma de proteger algo que no necesitaba ser contado por mí.
Tardé mucho en entenderlo.
Algo empezó a incomodarme: no solo las instituciones ordenan el pasado. También nosotros necesitamos ordenarlo. Yo necesitaba historias más claras, con verdugos y víctimas reconocibles, donde fuera fácil saber quién era quién. Era más fácil así.
Fui viendo algo que entonces no alcanzaba a comprender: muchos de los guardias civiles destinados a aquellos montes venían de la misma pobreza que los hombres a los que perseguían. No hacía las historias más justas, pero sí menos limpias.
Aun así, en aquellos montes el miedo no había sido igual para todos, y eso también lo sabíamos. Algunos tuvieron que esconderse; otros no.
A la salida, mi padre no comentó nada. Caminaba despacio, mirando el monte. Sabía cosas que allí no se habían dicho. No porque fueran más verdaderas, sino porque pertenecían a otro lugar.
Terminé aceptando que algunas historias no se pierden cuando no se cuentan. Permanecen ahí, como el paisaje, esperando a que alguien deje de intentar ordenarlas.


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