Hay silencios que no son ausencia, sino contenido. Que no niegan la experiencia, sino que la protegen. En ese sentido, el autor del Quijote me asombra todavía. Llevo leyéndolo desde el colegio —aquella excelente edición escolar de la editorial Edelvives—, y cada vez se asienta más la evidencia: el autor del Quijote estaba más orgulloso de haber combatido en Lepanto que de haber escrito su obra inmortal. Por eso es tan significativo, más que lo que cuenta, lo mucho que calla. A diferencia de su experiencia como cautivo en Argel, expresa y detallada, la del joven soldado en «la más alta ocasión que vieron los siglos» apenas aparece en su obra.
Creo que fue por respeto a sí mismo. La literatura ordena el caos, le da sentido, limpieza; belleza, incluso. Pero el mozo que combatió en el lugar más peligroso de la galera Marquesa, pagándolo con sangre, sabía de sobra que aquello no fue un cuadro heroico sino atrocidad, confusión, miedo y decisiones tomadas en instantes que no admiten vuelta atrás. Contarlo bien, según las maneras narrativas de la época, habría sido probablemente contarlo mal. Convertirlo en algo que nunca fue.
Por eso sospecho que el silencio casi absoluto de Cervantes sobre Lepanto no es pudor, sino desconfianza hacia la retórica de su tiempo: certeza de que cierta clase de gloria existe, pero no es la que cuentan los libros; de que el heroísmo se limita a un instante breve, oscuro, íntimo, sin tiempo para sentirse héroe. Cuando has vivido eso ya nunca puedes leer ni escribir igual, pues la épica deja de ser inocente: se vuelve sospechosa, incluso peligrosa, porque inspira sueños de grandeza en quienes no olieron la pólvora de cerca. Y ahí es donde aparece Don Quijote de la Mancha, que no es sólo parodia aunque lo parezca, sino ajuste de cuentas con todo eso.
Con el hidalgo loco —siempre sostuve que no tan loco en realidad— y su fiel escudero, Cervantes no usa la literatura para engrandecer la propia vida. Al contrario, utiliza su vida para corregir la literatura, consciente de que no todo se puede o debe contar. En realidad aquel antiguo soldado no dejó Lepanto fuera de su obra, sino que lo escondió en su forma de mirar, en la ironía, en la compasión, en ese equilibrio prodigioso entre sueño y realidad que recorre toda su novela. Como si dijera: yo he visto cómo chocan el ideal y el mundo; ahora me toca contároslo.
Si lo pensamos bien, el Quijote entero puede entenderse como un videojuego moderno, campo de pruebas donde Cervantes tritura los relatos que vocean grandeza fácil. El caballero de papel, alimentado por libros, sale al mundo a buscar y confirmar un sentido heroico, y el mundo lo devuelve a la realidad con golpes, con hambre, con burlas, con miserias… ¿Qué es eso sino la puesta en escena de una conciencia que sabe de sobra que la vida no obedece a la épica?
Don Quijote cree en la literatura como mapa del mundo, pero su autor sabe que el mundo no cabe en mapas literarios. Es el contraste entre quien imagina la guerra y quien estuvo dentro. Por eso el libro es tan moderno, pues no se limita a parodiar géneros; disecciona el mecanismo mental que confunde relato con realidad. Y eso, en alguien que combatió por una patria ingrata con él, muestra una amarga lucidez. Quizá Cervantes silencia Lepanto porque entiende que el heroísmo, cuando se narra como espectáculo, se vuelve mentira. Que la excesiva exposición del hecho, por noble que sea, acaba destruyendo el concepto.
Eso es otro de los elementos que hacen tan grande el Quijote. En su novela, el autor no dice «mi vida fue heroica», sino algo mejor: «bondad, honradez y valentía hacen digna la vida». No es que esconda la memoria de soldado; es que la convierte en condición secreta, en clave oculta. De ese modo magistral, sin contar Lepanto de forma explícita, el Quijote se escribe desde su sombra. Miguel de Cervantes no quiso estropear con literatura el recuerdo del joven que fue. Pero no pudo evitar que su portentosa narración fuese, también, la mirada silenciosa de lo que un soldado español aprendió peleando por su patria y por su vida.
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Publicado el 15 de mayo de 2026 en XL Semanal.


Cuando todo era sólido. Me fascina este título. Nos evoca un antes y un después, algo melancólico, quizás como ese chocar del ideal y del mundo. Cervantes también pasa esa página caballeresca imperante, creando dela novela moderna, cómica y realista.
Ahora también a alguien le tocaría contárnos el cambio en el que vivimos y del que no somos ni queremos ser conscientes. Nuestra épica serían las pantallas, la fascinación tecnológica y del consumo sin freno d4 sucedáneos; nuesto escenario, un adosado a 30 minutos en coche de cualquier destino. Nuestro quijote no estaría transtornado por lecturas sobre tiempos pasados, sino por lecturas de tiempos venideros y se consagraría a la regeneración, la permacultura, la circularidad, a acercarse a la gente y crear comunidad, sin nostalgia y con ilusión… ¡Cosa de locos, vamos!
Hasta aquí llega mi tiempo de transporte y mi escritura con los pulgares. ; )
Gracias siempre por compartir cada jueves.
No puedo estar más de acuerdo. Creo en conceptos y realidades muy altas, o mejor dicho, muy profundas. Llevo una vida tratando de separar el grano de la paja (con perdón) y aún no he empezado. Cuando veo la prostitución a la que se somete todo cuanto es bueno me da ganas de irme a vivir a otro planeta.
Rocinante
Don Quijote me abandonó,
Cambió su lanza por un tractor, harto ya… (Asfalto)
Combatiendo en La Marquesa
Escapé, aunque herido,
Mas luego me hicieron presa
Junto a un lugar conocido.
En esta vida penosa
Siempre acecha algún revés…
Y quien la encuentre dichosa
Desconoce cómo es.
Regresé en mala hora…
Apresado en Cadaqués
Por una flotilla Mora
Me vi cautivo en Argel.
¿Cómo voy a hablar de hazañas,
O de fragor en batalla,
Si luego las alimañas
Dirán que no di la talla?
Rocinante, eres tú
Mi más leal personaje,
Se refleja en tu virtud
La casta de mi linaje.
Si llegué a ser hidalgo,
O reconocido, al fin,
A mí me sirvió de algo
Que fuese antes rocín.
Pues lo mejor de mis letras,
No tiene mucho misterio,
A pesar de las afrentas
Surgió tras un cautiverio.
¿Sería El Quijote una manera de sublimar una especie de estrés postraumático?
Se ha hablado mucho y se ha escrito más, sobre el tema de Cervantes en Lepanto. Se ve la vida de Cervantes, un tipo que nació y vivió en el siglo de oro, con ojos del siglo XXI, y cada uno que lo hace, lo hace según su ideología en este absurdo siglo. Si es carca, lo hará elogiando la gesta heroica del bueno de don Miguel, resaltando su resolución y su patriotismo, aclamando su compromiso con la cristiandad en su batalla contra el turco otomano, musulmán, hereje y levantisco. Si por el contrario el visualizador contemporáneo es progre, verá a Cervantes como un fascista, matamoros, autoritario, meapilas, enemigo de la alianza civilizatoria y del ecumenismo más chachi. Si el progre es además provocador, te dirá que Cervantes en realidad era gay, y que durante su cautiverio sobrevivió a base de vender sus favores al visir de turno, que también entendía, y le faltará poco para ponerlo al frente de la defensa del colectivo lgtbi+ del siglo de oro.
Yo pienso que en realidad Cervantes callaba, porque no tenía nada que decir, o a lo mejor habló pero no lo entendimos, o unos lo entendieron y actuaron en consecuencia contra él, y otros no.
Cervantes camufla una visión de España en sus escritos, y más concretamente en el Quijote: el amo y señor del pequeño reino que era aquel lugar de la Mancha de cuyo nombre no quería acordarse, sale en busca de aventuras, para deshacer entuertos, para repartir justicia, enloquecido y empoderado. Bien podía representar al monarca. El buen Sancho, servil y avaricioso, y al mismo tiempo cuerdo y sufriente, podría representar al pueblo, y luego la iglesia y la nobleza, van apareciendo en el desarrollo de la novela.
Yo creo que Cervantes, que tenía mucha mala leche, hizo una crítica de la sociedad de su tiempo, al igual que la hizo el autor del Lazarillo, este, ni se atrevió a dar su nombre, y por ello, fue más explícito; o Calderón o Lope, o Quevedo, o Góngora.
Hágase cargo, de que era común en la época, el que los literatos, o pasarán un tiempo en prisión, o en el destierro, porque siempre hay a alguien que le tocarían la fibra autoritaria con lo aparecido en sus escritos, y se verían reflejados en según que personajes.
Pobre del escritor que no sea perseguido, señal de no haber hecho bien su trabajo.
Saludos.
La gloria de quien no se vanagloria. Un héroe nos dejó en su obra un legado de valentía y honor, de humildad y honradez. Don Quijote se enfrenta a la vida buscando la gloria y encuentra un choque de realidad, donde la mayor honra es la dignidad de vivir con valores a pesar de la adversidad. Cervantes, efectivamente, no quiso estropear con literatura el recuerdo del joven que fue; ojalá no se estropee su recuerdo con relatos en los cuales, como le pasaba a Don Quijote, se confundan con la realidad. Ojalá sea recordado siempre Cervantes como el máximo exponente de la literatura española y el héroe que fue en Lepanto. Un placer leerle como siempre, don Arturo.
Este comentario de hoy va de héroes silenciosos -que no sean un grupo musical- y lo son dado que esa valentía aparentemente irracional es actuar de una determinada forma ante una situación de riesgo, peligrosa y muy incómoda normalmente para quien la practica, bien de forma inmediata o bien de forma casi permanente y continuada (como cuidar a familiares enfermos a lo largo de años y años, oponerse abiertamente a los dictados ilegales de un político poderoso y corrupto, o ayudar a una persona desconocida objeto de malos tratos en la calle). Heroismo de batalla bélica o social y de exposición a una dura prueba sin huir, escurrir el bulto y muy lejos de la habitual zona de confort.
Como admirablemente señala don Arturo “la épica deja de ser inocente: se vuelve sospechosa, incluso peligrosa, porque inspira sueños de grandeza en quienes no olieron la pólvora de cerca”.
Te echamos de menos, amigo Ricarrob.
Me uno al extrañamiento del amigo Ricarrob.
Me sumo al llamamiento, salvemos al soldado Ricarrob de la horda sumarísima.
¿Me perdí de algo? ¿Qué pasó con Ricarrob?
En la semana anterior ya le echamos en falta. Espero que esté de vacaciones y pronto lo tengamos por aquí.
Otro atinado escrito de don Arturo. Que me ha hecho pensar y se me queda dando vueltas, con eso de lo del silencio de Cervantes como respeto a la verdad de lo vivido. No contar Lepanto para no traicionarlo; callar para no convertir la herida en espectáculo. Y de ese silencio nace, paradójicamente, la novela más actual de todos los tiempos.
Pero leyéndole me preguntaba si hoy sabríamos guardar ese silencio. Vivimos en una época que penaliza no contarlo todo, que exige explicarse, exponerse, e incluso rentabilizar hasta la última cicatriz. Quizá por eso el Quijote sigue siendo tan rabiosamente moderno, porque lo escribió alguien que supo callar lo más importante. Y eso, hoy, resulta casi contracultural.
A Juan A. le diría que su Quijote de la permacultura me ha hecho sonreír, y lo celebro, porque toda causa noble necesita soñadores. Pero el de Cervantes no luchaba por un mundo mejor, sino por uno que ya no existía, atrapado en libros que le secaron el seso. No miraba al futuro, sino a un pasado imaginado. Ahí reside la diferencia, y no en la nobleza de lo que se persigue.
¿No creen ustedes que el verdadero Quijote contemporáneo no sería tanto quien sueña un mundo sostenible como quien insiste en buscar la verdad en un mundo que ya no la considera necesaria? Ahí lo dejo…
Este quijote que esbozo (y que probablemente nunca verá la luz) no se batirá por un pasado idealizado, cual desfacedor de agravios frente a lo mundano, porque este es un presente insensato, enajenado y con fecha de caducidad, sino por un porvenir inevitablemente menguante en recursos, pero cuajado de sentido y disfrute, cual hacedor de reconstrucciones apetecibles.
Aviado va nuestro personaje con su destino. Quijotesco sin duda.
Me ha gustado mucho su réplica, Juan A. Su Quijote hacedor de reconstrucciones apetecibles tiene algo que escasea hoy, sentido común y esperanza a partes iguales. Agradezco el intercambio y ojalá ese personaje encuentre algún día la luz que usted dice que probablemente no verá.
Un saludo cordial.
Qué pregunta tan directa, Amanda. ¿Qué es la verdad? Ésa es la pregunta que se hizo a sí mismo Poncio Pilato cuando escuchó a un Reo decir “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. Es la pregunta de alguien que está de vuelta de todo, que ha visto a sus sueños y ambiciones desmoronarse y quedar en nada, o de alguien que ha visto que la verdad cotiza bajo y ha aceptado las reglas de ese juego en el que quien gana, pierde. Sé que quien busca la verdad, la encuentra, pero no es un camino de rosas. Sin embargo, es la única manera de vivir que merece la pena.
John, gracias por tu reflexión. Has llevado la pregunta a las alturas, al plano teológico-existencial donde descansa la VERDAD con mayúsculas, y lo respeto. Quizá me expliqué mal o no supe formularla con precisión, lo admito. Mi pregunta era más modesta, más torpe, pero también más incómoda. No preguntaba por esa Verdad metafísica, sino por la verdad como gesto contracultural en un mundo dominado por la exhibición, la superficialidad y la indiferencia. Cervantes calló Lepanto. Hoy, quien calla su herida sin rentabilizarla, ¿está loco o está más cuerdo que nadie? Y más aún, ¿cómo se busca la verdad en un tiempo que ni siquiera la echa de menos? Ahí lo dejo, de nuevo, y me alegra mucho que me des siempre pie a seguir preguntándome.
No creo que la verdad, con mayúsculas o no, a la que me refiero esté en las alturas o en el plano metafísico o teológico, pero reconozco que el ejemplo induce a pensarlo. Voy a decirlo de otra manera: sabemos que quien antepone sus principios a todo lo tiene crudo para conseguir lo que el mundo llama ‘éxito’. Puede tener cosas que no se compran, pero en esa competición siempre estará en desventaja frente al que no vive buscando la verdad. Para colmo, como está sujeto a error y no es un ser estático, aunque busque la verdad, va a tener que ir modificando, no el principio rector de su vida, sino lo que podríamos llamar la aplicación práctica de lo que busca. Otra cosa es quien busca objetos que cree verdades inconmovibles a las que aspira, despreciando la verdad en sí misma. Quien busca el éxito o la riqueza porque cree que es la única verdad posible, por ejemplo. A eso me refiero.
Podemos hacer hipótesis de por qué Cervantes no habló más de Lepanto. Dudo mucho que en su interior abominara de la necesidad de aquella carnicería. Los otomanos no eran misioneros, entraban en territorio cristiano como Pedro por su casa y todo europeo tenía el olor a quemado en las narices. Cervantes no era un iluso pacifista ni un hombre de principios intercambiables. Pudo haber evitado el horror del cautiverio convirtiéndose al islam y no lo hizo. A los soldados les puede gustar la vida militar, pero la guerra no le gusta a nadie con dos dedos de frente. Puede que fuera un hombre que se respetaba demasiado a sí mismo como para sacar provecho de esa experiencia, o que pensaba que hay cosas que son demasiado graves como para traicionarlas al reducirlas a un relato. No lo sé, pero no le veo haciéndose selfies con un mar teñido de rojo. En Rorke’s Drift, después de la lucha, le preguntó un oficial a otro: ¿Es la primera vez? Y el otro le respondió: ¿Quién podría soportar esto por segunda vez?
Apreciado John:
Gracias por matizar y por ese cierre tan tuyo con Rorke’s Drift.
Lo de Cervantes no haciéndose selfies con el mar teñido de rojo condensa, probablemente mejor que cualquier sesuda reflexión, todo lo que intentaba preguntar sin acertar a formularlo del todo.
Qué difícil es respetarse a uno mismo en un tiempo que te exige exponerte para existir. Y qué fácil, sin embargo, parece equivocarse y no rectificar.
Con esta nueva perspectiva, y desde Alcalá de Henares, casi puedo asegurar que Cervantes eludió relatar la Batalla de Lepanto por ser otra novela más de caballería, esta vez acuática: otra verdadera locura.
Y un Quijote contemporáneo, tan realista como el de las magistrales novelas, diría posiblemente que “mundo sostenible” es… una marca de lencería.
Saludos sin mancha.
Apreciado Ángel:
¡Qué guay! Me has regalado dos perlas en un solo día. Lo de Lepanto como novela de caballería acuática es de un cervantismo tan puro que casi puedo imaginarlo escribiendo el capítulo con ironía.
Y lo de la marca de lencería me ha hecho soltar una carcajada. Pero debajo de la broma, algo serio asoma, me parece. Porque si la verdad es como el tiempo perdido, inasible, ¿no será que lo único que nos queda es precisamente buscarla? O como diría un Quijote contemporáneo, ¿no será esa búsqueda nuestra única marca de autenticidad? Ahí te lo dejo.
Me has convencido ilustre Veranea. Parto raudo en mi corcel Despanpanánte, alimentado con forraje de litio y tierras raras, a forjar leyendas con templadas lanzadas de caballero Jedi, contra esos molinos eólicos que invaden los dulces paisajes de nuestra ínsula baterária, y posiblemente culpables, como manifiestan los dóciles alguaciles y escribanos, del mayor apagón que conoció la cristiandad desde los tiempos pretéritos. Aunque esa verdad, tal vez, nunca la conoceremos del todo. ¡A fé mía!
¡Ah! se me olvidaba: la triste figura ya la llevo puesta, al no practicar mamarrachadas de gimnasio con nombres de más allá de los acantilados de Dover, nuestro Lepanto inconcluso.
Ángel, con ese corcel «Despanpanánte» y esas lanzadas de caballero Jedi te acabo de imaginar cabalgando por la Mancha interestelar, esquivando molinos eólicos y apagones. Lo del Lepanto inconcluso del gimnasio es de un ingenio cervantino que ya lo quisieran para sí muchos escritores y escritoras que viven de la escritura. Mis reverencias a tan ilustre caballero de la triste figura, que de triste no tiene nada.
¡Ah! (segunda contestación) en mi opinión, la búsqueda de esa verdad que menciones es, filosóficamente también, como la búsqueda del tiempo perdido: imposible
Por qué te parece imposible? Palabra que no voy a entrar en controversia. Solamente me gustaría que explicaras esa idea. Tal vez tenga que recalcular mi ubicación.
Hola John, en mi opinión la verdad es un concepto imposible de aprehender, al ser siempre subjetiva, que depende de un montón de factores e imponderables: historia personal, ideologías, prejuicios, familia, educación, intereses profesionales, lecturas, amistades. Ello forma un crisol con tantos matices y facetas que hace casi imposible que exista una absoluta y objetiva misma verdad para dos personas diferentes. No es casual, por ejemplo, que un gran sociólogo como Max Weber indicase que, a la hora de realizar un informe sobre cualquier cuestión, el sociólogo debería iniciarlo enunciando los posibles prejuicios, intereses y resto de cuestiones personales que pudieron influir en el informe y análisis mismo. Yo eso lo extiendo a todas las ciencias sociales, como el derecho y la misma historia. Un saludo.
La verdad incuestionable es que los “supervisores de nubes” pasan más tiempo contando euros, gracias a sus viajes contaminantes en avión rozando “los objetos que pretenden supervisar”, que tirándose a la bartola.
La verdad, querido Aguijón, es que a los susodichos supervisores murieron para mi causa desde lo de los tapones inseparables de botellas de plástico; fuente de innumerables mojaduras y manchas en la ropa de la ciudadanìa, por lo que creo que fue una medida impulsada por dueños de tiendas de lavandería y de fabricantes de lavadoras domésticas. Escuché, tal vez una leyenda urbana, que pensaban hacer lo mismo con los corchos de botellas de vinos de todo tipo y calidad.
Totalmente de acuerdo. ¿Y no crees que una cosa es la verdad objetiva, efectivamente imposible de aprehender en su integridad por un sujeto dinámico, finito y falible como el hombre, y otra cosa es la percepción y representación de la verdad por ese sujeto? ¿No crees que aunque haya diferentes cámaras, fotógrafos y fotografías, el objeto fotografiado es real?
Un saludo.
Puede que tengas razón, pero si seguimos los postulados de la física cuántica. La mera existencia del observador del objeto ya está modificando al objeto en sí. Todo esto me parece muy cercano también al mito de la caverna griego.
Pero si puedo apostar a que existe, al menos, un “sustrato” de realidad común a todos los observadores. Hasta ahí puedo llegar.
Otro gran saludo.
Me inclino ante esa respuesta.
Hasta el próximo jueves.
D.m. El Supremo observador tiene siempre la última Palabra.
《El verdadero Quijote contemporáneo, no sería tanto quien sueña un mundo sostenible como quien insiste en buscar la verdad en un mundo que ya no la considera necesaria.》
La verdad más incómoda hoy en día y que insistimos en desdeñar es la caducidad de nuestra civilización.
Y no me refiero a la occidental, la heredera de Grecia, sino a la fósil y sus derivadas.
Roma, Grecia, Egipto, los mayas, la China mandarina… entonces todo era sostenible ambientalmente. Qué remedio! La Naturaleza (o Dios) impone. Las energías, renovables: el río que corre, el viento que sopla, el sol que calienta y que hace crecer los árboles que ofrecen leña y las plantas que alimentan, etc. No hay basura, todo participa de la circularidad (polvo eres). Así hasta muy recientes fechas.
Las grandes civilizaciones se sostenían por los recursos naturales y por la abundante mano de obra esclava.
El sostén de nuestra época (nuestro wonder bra, diría, recogiendo la chanza del amigo) siguen siendo los recursos naturales y la mano de obra.
La explotación de los recursos naturales fósiles, carbón primero, petróleo después y luego el gas, siguiendo una línea histórica de acumulación de recursos, no de sustitución. Seguidos por la nuclear y las renovables eléctricas, que son perfectamente inviables sin una minería necesitada de combustibles fósiles.
Estos recursos, que tardaron millones de años en formarse geológicamente, son enormes, pero no infinitos. Cada vez se encuentran más profundos, más lejos (offshore) y son menos “convencionales”… más escasos. Los yacimientos siguen curvas de producción conocidas y llega el día en que no compensa la energía invertida para la obtenida. Ahí estamos, cuesta abajo y sin frenos… y acelerando.
La mano de obra que nos sirve. De los esclavos de los imperios de entonces, pasando por las manos infantiles de la preindustrialización, hasta la externalización de la producción a países pobres, todo es humano. Se añade a esto la máquina, o sea el esclavo energético. Tenemos a nuestro alcance la potencia (medible en W) de cien a doscientos humanos, gracias a los “convertidores de energía” que nos sirven, desde el horno que produce el acero o el cemento, hasta la batidora de la cocina… son hoy necesarios e irremplazables, poco importa el sistema de capital aplicado.
Visto de lejos, es como un “pulso” de la historia, un momento de aceleración y expansión (de la población, la producción, el conocimiento, la polución…), que habrá de encontrar su equilibrio (frenazo y contracción, ya lo vemos venis) una vez consumida.
La verdad, esta verdad, tan incómoda, que nos revuelve, que socaba lo cotidiano, que negamos por inconveniente, ignorada y atacada a la vez, espejo de nuestras debilidades, origen de ansiedades, convenientemente adulterada y edulcorada en los disursos interesados o hipócritas… pero no por ello menos verdad, es objeto de estudio, divulgación y publicación.
Quien quiera saber, que lea. Negar la verdad no la cambia. Transitar las cinco fases del duelo, debería hacer emerger una conciencia que lleve a la acción, pero en tiempo juega en contra. Tenemos al alcance autores de primer nivel (y también demasiada paja y desatinos por doquier).
….
Y tras estas líneas ve la luz el quijote que soy, enajenado por las incontables lecturas sobre un mundo que se apaga, por las horas insomnes sobre un mundo por regenerar, aguafiestas en el erial de la complacencia; a fin de cuentas, un hacedor en ciernes de reconstrucciones apetecibles.
Hete la verdad, ya necesaria, que insistimos en buscar.
Magnífico. Me ha encantado lo de “aguafiestas en el erial de la complacencia”. Tal vez todos y todas, en especial los y las que tienen descendencia y, por ello, un mínimo afán de trascender de alguna forma, hayan visto también el ocaso y la decadencia al que parecemos destinados. Pero prefieren ocultar la cabeza cual avestrúz en una casi suicida huida hacia delante. La posibilidad del final y el caos sobrevenido sea demasiado aterrador si no se conjuga con la fe. Alguna fe.
Felicidades por sus certezas. Harían falta muchas más. Saludos.
Se agradece la lucidez escéptica, el distanciamiento de las demagogias, que Pérez-Reverte nos ofrece, nada menos que sobre la mejor novela de todos los tiempos.