Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España. En los dos primeros meses cuenta con la colaboración de Íñigo Palencia.
Domingo, 23 de febrero de 1936: Santiago Carrillo se va a Rusia
La única mesa de la casa se encontraba en la cocina. Los fogones eran toda la calefacción con que contaba el piso de ese edificio en el paseo de la Dirección. Los vecinos la llamaban la Casa del Barco, por la forma. Un micromundo de ochenta pisos, en medio de grandes descampados al norte de Madrid. Por eso, en invierno, la cocina era el lugar más agradable. Las asignaciones de los dirigentes socialistas no permitían mejores viviendas, como tampoco habían permitido a su hijo Santiago estudiar el bachillerato. En torno a la humilde mesa se desarrollaban las comidas familiares, y la de aquella noche fue especial, aunque nada lo delatara. Padre e hijo, Wenceslao y Santiago Carrillo, los dos en libertad después de un largo año de cárcel, apuraron en silencio un plato de caldo. Sus miradas se cruzaban sin ninguna palabra de por medio. Wenceslao sonreía, feliz de estar de vuelta en casa, orgulloso del comportamiento de Santiago. Y el vástago bajaba los ojos hasta la sopa, evitando cualquier pregunta.
Los acontecimientos se precipitaban. Ya el domingo de las elecciones fue día de inquietud. Las noticias sobre la marcha de los comicios llegaron a la cárcel con cuentagotas. En la galería de los presos políticos circularon todo tipo de habladurías: que si los militares habían dado un golpe de Estado, que si acababan de fusilar a Largo Caballero y a Indalecio Prieto. Por la noche, los rumores de victoria de las izquierdas eran un clamor. Todos los presos esperaban la anunciada amnistía y no solo los que todavía no habían sido condenados, como ellos, que fueron los primeros en salir al día siguiente de las elecciones. Aun así, las manifestaciones fuera no cesaron hasta que el viernes veintiuno, por fin, la Diputación Permanente de las Cortes aprobó, tal como estaba previsto, el decreto de amnistía.
El decreto se hizo efectivo el sábado. Y desde primera hora de la mañana los dos, Wenceslao y Santiago Carrillo, ya en libertad, se unieron al gentío que se congregaba a la puerta de la Modelo, esperando la salida de presos. Los nervios y la urgencia provocaron algún momento de tensión. Unos se atrevían a soltarles a modo de despedida cualquier lindeza a los guardias, pero la mayoría se limitó a reunirse con los amigos y familiares. Abrazos y lágrimas se sucedieron en la calle de Blasco Ibáñez.
Asunción, o Chon, su actual novia, tampoco estuvo ese día con Santiago Carrillo. Ella era una chica sin ninguna inclinación política. Se habían conocido meses antes de la revolución de Asturias. A pesar del arresto, ella le esperaba, se habían escrito, había pasado por el locutorio. Pero como su mundo no era la política, Santiago la prefería alejada. Ya habría tiempo para estar juntos. Antes, el partido lo reclamaba y, arropado otra vez por sus camaradas, la actividad del secretario de Juventudes Socialistas era frenética. Santiago Carrillo representaba a la perfección el papel de prisionero castigado por la injusticia de las derechas y liberado por el Frente Popular, y en uno de los actos celebrados en la Casa del Pueblo, donde tenían su sede, le propusieron viajar a Moscú. El objetivo: unificar las Juventudes Socialistas y las Comunistas. Todavía no se lo había contado a su padre y evitaba mirarlo a los ojos. Tras la última cucharada de sopa, Wenceslao se levantó para lavar su plato. Como si acabara de recordar algo, de repente se volvió y preguntó a su hijo:
—¿Cuándo me dices que piensas salir para Moscú, Santiago?


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