Quienes visiten estos días el Museo del Prado echarán de menos, al entrar en las salas dedicadas a Velázquez, un cuadro que no está dónde ha estado muchos años. Me refiero al retrato de cuerpo entero de “Pablo de Valladolid”, que se encuentra en el taller de restauración. En realidad no le ha pasado nada. Sencillamente le ha llegado la hora de “la iteuve” para quitarle la capa de polvo adherido y entrar en las pinceladas dadas por el propio Diego Velázquez (su verdadero nombre era Diego Rodríguez de Silva y Velázquez) para trasladarlo al lienzo y darle así una vida más allá de su propia vida. De añadidura sería bueno que llegara a descubrirse lo que se sospecha: que Pablo posó para el cuadro de “El geógrafo” que Velázquez pintó por aquellos años y los franceses conservan en el Museo de Bellas Artes de Rouen.
Es posible que el nombre que le puso al retrato, “Pablo de Valladolid”, tuviera algo que ver con que ese apelativo de origen se le podía poner al propio Felipe IV, que también era “de Valladolid”, donde nació el 8 de abril de 1605.
“Pablo de Valladolid” era “un hombre de placer”, según la categoría que se daba a los actores. A una actriz no se la calificaba de igual modo, porque cambiaría mucho eso que ahora tanto se maneja: el concepto. Ser un hombre de placer significaba que era un personaje dedicado a divertir a la familia real. De ahí que se ha creído que se trata de un actor independiente, sin compañía (por esa razón, el cuadro se titularía en cierta ocasión “El cómico”). Los actores de teatro en nuestros días, especializados en actuaciones de sí mismos, esto es, monologuistas, deberían tener a “Pablo de Valladolid” como un ilustre antecesor, pues este actor ―evidentemente nacido a orillas del Pisuerga― debía actuar en palacio como un monologuista, él solo y a cuerpo limpio. Su actitud en el cuadro de Velázquez lo sitúa declamando, con seriedad de actor dramático, algún relato (que me disculpen los juristas por invadir en este renglón su terreno).
En un inventario de 1701 del Palacio del Buen Retiro, de donde procede esta obra, se describe del siguiente modo: “Retrato de un bufón con golilla que se llamó Pablillos de Valladolid”. Después se cambió este largo título por el de “Retrato de un bufón” y más tarde aún tuvo otro nombre, “Retrato de un alcalde”, que no sé cómo se lo tomarán los alcaldes… Y cuando ingresó en la colección del Museo del Prado, el primer nombre que se le puso fue “Retrato desconocido” (que es una renuncia, aunque sea una falsedad manifiesta). Esto ocurría en 1828. En aquel catálogo se destacaba especialmente lo que el espectador observa, y le sorprende grandemente, al comprobar que, por primera vez, Velázquez renunció a situar al personaje retratado en una estancia o ante un paisaje. Y lo dejó en el aire, como suspendido, si hacemos caso omiso de las pequeñas sombras de sus pies. Pablo de Valladolid está en ninguna parte.
Esta decisión del pintor sevillano, añadida a su calidad pictórica, fue lo que hizo que otro pintor, precursor del Impresionismo, Edouard Manet, le escribiera a su colega Henry Fantin-Latour, en 1865, después de visitar el Museo de El Prado, que este cuadro «quizá es el trozo de pintura más asombroso que se haya realizado jamás en el cuadro que se titula “Retrato de un actor célebre en tiempos de Felipe IV” (otro nombre más)».
En 1637 se sabe que a Pablo, el de Valladolid, se le concede o regala o autoriza a vestir “un traje de terciopelo o de paño”. Quizá el que vistió el día que Velázquez le llamó a su estudio para posar. Obsérvese que viste, además, una capa terciada, golilla lisa y cuerpo y mangas acuchilladas, el traje discreto de los caballeros.
Desde luego un bufón no era, pues no vivía en el Alcázar Real, como acostumbraban los servidores de la corte. Quizá sí fue un actor de categoría superior al bufón, contador de historias ciertas o inventadas, aunque sin compañía teatral, independiente. O sea, un monologuista. Un precursor.


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