Los días de viento son los peores. Son impredecibles. No por desconocimiento de los expertos meteorólogos, sino porque no es asunto del clima, sino de los silfos y las sílfides que revolotean por aquí y por allá, con su piel azulada casi transparente y sus voces como murmullos susurrados entre las corrientes. Se aprovechan del levante y traen hasta casa el sonido de la espuma de las olas mientras rompe contra la orilla. Es un siseo suave, de arena contra guijarros. Se imaginan una vida como humanos y lanzan sus dedos, largos lazos infinitos, hacia las nubes: las atrapan y las subyugan como en un rodeo de potros salvajes. Solo que los cumulonimbos no se dejan dominar tan fácilmente y estrujan los cielos con sus truenos y sus rayos y se hinchan como sapos antes de descargar toda esa rabia en forma de lluvia. Una lluvia violenta que va encadenando una borrasca tras otra mientras esas criaturas se ríen a carcajadas en mitad de su juego.
En ese estado zombificado, de lerdo no pensante y boca abierta, no me había dado cuenta hasta ayer. La borrasca —esta última— nos dio una tregua. El frío, aunque puede que hoy o mañana arremeta con mayor ímpetu, remitió hasta dejarnos una temperatura cálida, casi de fingida primavera. De falsa seguridad. Al caer la noche, los grillos y algunas ranas de los charcos del descampado se animaron a cantar y las estrellas se asomaron entre las pocas nubes que navegaban por la oscuridad azul del cielo. Titilaban siguiendo el ritmo, o quizás fuera al revés. No lo sé. Sigo sin poder ver nada claro. Lo que sí sé es que no están. Los de siempre. Ni ayer ni hoy. Y no es que tenga un don para encontrarme con ellos; es solo que, cuando salgo con las perras para darles su habitual paseo antes de la cena y aprovecho para sacar la basura, suelen estar allí, metidos hasta la cintura en el contenedor, rebuscando con un palo largo mientras sujetan la tapa con una caja de cartón. La vara lleva un gancho en uno de los extremos. Con él tiran de las asas y también rompen las bolsas. Hace un tiempo apenas se les veía. Ahora es a diario. Por eso me extrañó no ver a nadie.
No sé si se trata de algún tipo de organización. Si se reparten los contenedores o el botín que encuentran. Lo cierto es que no siempre se trata de la misma persona. Hay veces en que veo al joven, un hombre delgado de no más de treinta años, en su destartalada bicicleta, vieja y oxidada. Tiene un abismo en la mirada. Es oscura. Hay cierta avidez en ella. La bici es de señora y chirría. También tiene un portaequipajes sobre el que hay una caja de plástico verde, sucia, de las que se usan en el campo para la recogida. La tiene atada de cualquier manera, con pulpos elásticos y ganchos deslucidos. Si ha tenido la suerte de encontrar algo «de valor», lo lleva allí, como un preso de camino a la horca. Si no es así, la caja está vacía. Y sus ojos también. En esos casos abre el contenedor con una furia mal contenida y rebusca sin siquiera poner la caja. Sujeta la tapa con un brazo en alto y clava y tira y desgarra. No le importa que lo vean. Hunde una y otra vez su gancho sin mirar a su alrededor, concentrado en su tarea, rabioso. Luego, en uno o dos minutos, retira el pedal de la acera, toma impulso y pedalea hasta su siguiente objetivo. Casi siempre se va de vacío. Los otros dos van en furgoneta. Uno en un monovolumen de cristales empañados por la mugre a través de los cuales se ven muebles, electrodomésticos y otros trastos más grandes, desechados por los nuevos vecinos que anticipan el estreno de sus casas para el verano o por aquellos que han decidido que ya es hora de renovar el mobiliario. Los del punto limpio, en ocasiones, no llegan a tiempo. El otro va en una Mercedes Vito casi nueva. El procedimiento, en cualquier caso, es el mismo todos los días al caer el sol: aparcan a un lado, hurgan dentro, rescatan cualquier cosa que les parezca de valor, la cargan y se largan. Con suerte no dejan la acera llena de basura desperdigada. La suerte, durante las últimas semanas, no está de nuestra parte. Al parecer, tampoco de la suya. Huelga decir que los de los contenedores no tienen nada que ver con la horda de buscadores que aguardan en la parte trasera del supermercado del centro comercial. Los de los contenedores no saben lo que se van a encontrar al abrir la tapa; los otros, sí. Más o menos. Los del supermercado también saben que, a veces, tendrán que pelearlo.
Anoche, al pasar junto al contenedor de la esquina, estaba la bici tirada a un lado. También el gancho. Sin embargo, no había rastro de ningún buscador de tesoros. La monovolumen y la Mercedes también estaban allí, aparcadas la una detrás de la otra. Miré al cielo y creí ver la sombra de esos silfos. Me pareció escuchar el murmullo de sus carcajadas silentes. Más abajo, se percibía otro rumor a ras del suelo. Era un ruido rítmico que provenía del contenedor. Las perras se pusieron en guardia y lo esquivaron. Tiraron de mí hacia atrás por precaución. Yo me acerqué como pude, pulsé la barra para levantar la tapa y lancé la bolsa de basura dentro. Casi pierdo la mano. Unos dientes afilados se lanzaron hacia mi brazo justo cuando lo retiraba. En los bordes había restos de sangre y puede que algo más. Corrí con las perras ladrando como locas tras de mí, con las correas tirantes, instándolas a no detenerse por miedo a que esa cosa nos devorara a los tres.
Me acordé de Dungeons & Dragons. Aquello era un Mímico, un Mimeto, un Mimic. Una criatura cambiaformas, una aberración que se camuflaba como un objeto inanimado a la espera de sus víctimas. Los Mimic son depredadores solitarios que pueden cambiar de textura y color y protegen tesoros. Me pregunté si acaso, al igual que los monstruos de la ficción, el contenedor lanzaría esa sustancia pegajosa para inmovilizarnos o, si tal vez, intentaría atraparnos con sus pseudópodos para devorarnos como —no me cabía la menor duda— habría hecho con los buscadores. Nos siguió un buen trecho dando bandazos a uno y otro lado, golpeándose las esquinas inferiores. A lo lejos vi otros contenedores —los de reciclaje— avanzar junto a este como un ejército. El viento comenzó de nuevo. El murmullo de los silfos se hizo más cercano hasta que casi se me metió dentro. Los cuervos de mis cuencas graznaron. Las estrellas se escondieron detrás de las nubes. Y la lluvia cayó con estrépito sobre el asfalto y los tejados. Los mímicos se desviaron, persiguiendo el rumor etéreo de los entes voladores, y supe que estábamos a salvo. Así y todo, un frío gélido me encogió el espinazo cuando entré en casa, cerré la puerta y apoyé la espalda, jadeando y con los ojos cerrados.
Esta mañana, al salir a la calle —prudente y con un paraguas largo por si acaso—, la bicicleta y los coches seguían allí, pero no había ningún contenedor. Una ráfaga de aire me rozó la cara. Oí las risas: no se trataba del viento. Di las gracias en silencio y regresé por donde había venido.


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