Siguiendo la estela de autores como James Baldwin o Angela Davis, Ta-Nehisi Coates (Baltimore, 1975) elabora su proyecto literario con una clara intención política: «Pero soy escritor y abanderado. Soy escritor y representante». Preocupado por lo que le atormenta y por qué le atormenta, así como por el sonido y el ritmo de las palabras, sabe que el trabajo de un escritor que pretende dar voz a quien no la tiene, herederos de quienes no la han tenido, es el de esclarecer. No pretende deslumbrar, sino encontrar y transmitir las explicaciones, y oponerse a los embusteros. El mensaje nace bajo el auspicio de unos encuentros con alumnos de periodismo a los que habla en términos literarios, planteando que todos los recursos narrativos y estilísticos están en función de la necesidad, de la historia tormentosa, de afectar al lector con la importancia de lo que nos estamos jugando. Coates es un activista, como lo eran Baldwin y Davis, y además nos demuestra en la transcripción de estos tres viajes un autor de garantías, con potencia, con sobriedad, con recursos. Procede, confiesa él, de una estirpe de escritores autodidactas que sintieron que alguna verdad se les imponía y creyeron su deber atestiguarla.
El primero de los viajes le lleva a Dakar, el puerto desde el que salieron tantísimos barcos cargados de esclavos, de los que desciende él. Es una estancia breve, pero en la que va tomando conciencia de dónde procede y desde donde llegaron los que sufrieron la injusticia de la esclavitud. Hay un trasfondo de inseguridad en su relato, que proviene del hecho de mostrarse como un ser sensible, como alguien que ha ido allí para sentir el lugar y para sentir a la gente. Y después de visitar los lugares principales y encontrarse con el tipo de gente con el que se encuentra el viajero, terminar por hallar al tipo de gente que le enamora, activistas que luchan contra la corrupción del Estado o ahondan en la homofobia.
El segundo viaje le lleva a Carolina del Sur, donde defenderá su posición antirracista en un lugar donde se dieron las leyes más terribles contra ciertas razas. Mientras tanto, nos habla de su educación, formal o no, defendiendo que esta debe de producirse mediante el asombro y no utilizando la fuerza. Y enuncia los principios sobre los que se centra su proyecto como escritor, que tienen que ver con utilizar la palabra contra cualquier movimiento opresor, defender valores éticos que considera absolutos, como los defendía bell hooks, que es otro de sus referentes.
Finalmente, Coates llega a Israel cargado de unos principios intensos acerca del sufrimiento del pueblo judío y una necesidad que hay que reparar, pues con la redención no basta. Todo esto está muy bien, pero se da de bruces con la perpetración salvaje de otra injusticia, esta vez sobre el pueblo palestino: «se me ocurrió que seguía habiendo un sitio en el planeta —bajo patrocinio estadounidense— que se parecía al mundo en el que habían nacido mis padres». Su alegato será contra el colonialismo, su conversación con todos los que le salen al paso, en la que destacan los arrepentidos; su investigación se centrará, al margen de en lo vivido, en el relato que ha ido amparando al sionismo, y sobre éste lanza palabras enérgicas, pero el punto justo de cordialidad como para pensar que no le faltan razones: «Quiero deciros que vuestra opresión no va a salvaros, que ser víctima no os iluminará, que pude engañaros igual de fácilmente (…). Así pues, esta es otra historia sobre la escritura, el poder, los ajustes de cuentas; una historia no de redención, sino de reparación». Coates da una lección de periodismo y literatura a un grupo de alumnos, y una lección de defensa del que padece la injusticia a cualquier lector que se acerque, que ojalá sean muchos.
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Autor: Ta-Nehisi Coates. Título: El mensaje. Traducción: Paula Zumalacárregui. Editorial: Capitán Swing. Venta: Todos tus libros.


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