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Literatura y narcisismo

La escritura que habla de uno mismo es un invento bien antiguo, tanto como para haber aportado a la historia de las letras uno de sus más notables documentos, las Confesiones de san Agustín. También Cervantes se refirió a cuestiones personales en algunos pasajes de Don Quijote. Viniendo a tiempos menos alejados, Unamuno era el motivo de que hablaba con frecuencia el narcisista torturado Unamuno. Y los poetas de cualquier época, por eso de que el género lírico apela con frecuencia a la subjetividad, se han pintado a sí mismos en sus poemas, según hizo tantas veces, quizás las mejores, José Hierro.

Lo novedoso está no en requerir al yo, sino en haberlo convertido en moda, tanto en la escritura en la que es fundamental —memorias y diarios— como en aquella otra que requiere la invención. Una moda, o una plaga, según quién valore el hecho, ha llegado con la autoficción, ese contradiós que mezcla autobiografía y ficción, ese pacto híbrido, tal como lo califica algún teórico, en el que se asocian hechos biográficos ciertos y dosis de fabulación.

"Repara Clavería en la tendencia reciente de los escritores a contarnos su vida, y de ahí le surgen las inevitables preguntas. Por qué ocurre esto y qué consecuencias literarias tiene serían las dos fundamentales"

Ya cuenta la autoficción con abundante bibliografía, siempre sesuda y por lo común alambicada, porque los narratólogos no pecan de simplismos. Un nuevo estudio acerca de este fenómeno solo vendría a sumarse a un incesante repertorio, pero he aquí que ha aparecido un ensayo que desde su mismo título reclama atención y advierte de su novedad, No me cuentes tu vida. Recurriendo a su experiencia de editor y socorriéndose de un impresionante arsenal de referencias literarias, españolas y extranjeras, muchas italianas, territorio cultural que conoce muy bien, Carlos Clavería lleva a cabo la incisiva incursión en la literatura del yo (en los límites y excesos no solo narrativos sino también editoriales, según especifica el subtítulo) que acoge bajo esa expresiva frase hecha.

Repara Clavería en la tendencia reciente de los escritores a contarnos su vida, y de ahí le surgen las inevitables preguntas. Por qué ocurre esto y qué consecuencias literarias tiene serían las dos fundamentales. Constata los muchos nombres que, con matizaciones, amparan el egocentrismo hecho relato: biografía, autobiografía, cuaderno, autoficción, novela de formación. Y pone el dedo en la llaga de la escritura del yo. Con apoyo externo de la veterana escritora, periodista y editora Grazia Cherchi, plantea en crudo el problema capital: el pecado no es que alguien, una dependienta o un taxista, quiera escribir, sino que considere su vida “hecho literario por el simple hecho de ser su vida”. Ese impulso lo ejemplifica con una cita de Cherchi: “Soy arquitecto, pero me he hartado. Me he tomado dos años sabáticos y he escrito una novela”.

"El libro se va llenando de apuntes y observaciones agudas sobre la autoficción, pero no se olvida de que, además, la prosa del yo forma parte de un entramado que la rodea y envuelve"

Está bien traída la referencia, porque a partir de ella Clavería reflexiona sobre los requisitos literarios mínimos, en particular los dos fundamentales, originalidad e interés. Por regla general, señala, una novela debe construir un mundo, un lenguaje para expresarlo y unos personajes que le den vida con credibilidad. Este criterio sabio, que algunos tacharán de tradicional, le sirve para confrontar la realidad común en la literatura del yo. Dicho con sus atinadas palabras: “La sensación es que el yo personal ha dejado sumergidos los valores literarios exigibles en la ficción, aunque sea ficción híbrida y de baja intensidad: verosimilitud, arco temporal, estructura, redacción […]”. O sea, que el problema que acecha a la literatura del yo es que no es literatura, o lo es de forma precaria e insuficiente. Porque —parafraseo otra certera descripción de Clavería— necesita un empaquetado gramatical y literario de primerísima calidad y fresco.

Observaciones acertadas menudean en el ensayo. A veces en enunciados expeditivos del propio autor. A veces en reflexiones calmadas como esta que se toma de Dostoievski: “Ver las cosas en primera persona no garantiza que lo contado sea igual a lo visto; por otro lado, vivir las cosas no garantiza que se sepan contar; en tercer lugar, confiar en la empatía del lector para que entienda con buena voluntad la relación entre lo vivido y lo contado es dejar el mecanismo de la novela en manos de extraños”. O como el arranque de esta explicación de la escritora desdoblada en teórica del arte narrativo Edith Wharton: “Hay otro detalle que distingue al novelista nato de los autores de confesiones íntimas en forma de novela: la ausencia de la facultad objetiva en estos últimos”.

En suma, el libro se va llenando de apuntes y observaciones agudas sobre la autoficción, pero no se olvida de que, además, la prosa del yo forma parte de un entramado que la rodea y envuelve. Es un producto comercial que alguien publica con el propósito de venderlo. Y aquí entra una nueva dimensión del fenómeno de la autoficción. No solo para esta modalidad, sino para cualquier otra, el editor lanza el señuelo de la “novedad”. Con ello quiere hacer apetecible la mercancía que ha puesto en circulación.

"Creo que un déficit de fuerza inventiva, tan lejos de la creación de mundos complejos de los galdoses y clarines de antaño, ha espoleado ahora la moda de la autoficción"

Para lograrlo, el editor recurre a todas las tretas que se le ocurran. Las cuales suelen residir, sobre todo, en los textos que anuncian el libro, o lo explican, o lo celebran; en la prosa encomiástica que se utiliza en lo que se denomina paratextos, en especial las explicaciones que figuran en las solapas o en la última cubierta del libro (que la gente del oficio llama cuarta de cubierta). Por un lado, están “las obviedades sobre la prosa del autor y sobre el papel que ocupa en el panorama literario universal”. Por otra las apelaciones a que tal libro es un “acontecimiento literario”, o que cambiará nuestras vidas. O, también el latiguillo en el que Clavería no hace hincapié y que es, me parece, el más reiterado de todos: el libro que hojeamos es imprescindible, sin que nunca se aclare por qué. Con palabras de Clavería, “las “obras capitales” y las “prosas cautivadoras” caen sobre las solapas como la sal en las ensaladas”.

Creo que un déficit de fuerza inventiva, tan lejos de la creación de mundos complejos de los galdoses y clarines de antaño, ha espoleado ahora la moda de la autoficción. Así como la creencia de alguna gente en que su vida es tan apasionante que merece ser narrada. Carlos Clavería le da un buen repaso a este asunto y lo hace con una prosa flexible, sin envaramientos universitarios y salpicada con muy jugosos coloquialismos (“castañas pilongas”, “dar gato por liebre”, “un hombre de armas tomar”, “una sandez”). Es su libro un trabajo beligerante que se lee con mucho gusto, resulta muy ameno, por no decir divertido, y magistral en el empleo del sarcasmo. Solo un punto más allá pertenecería al noble género del libelo. No me cuentes tu vida es un ensayo modélico, de los que escasean. Y aunque esto suene a frase publicitaria, de esas fustigadas en el libro, solo persigue hacerle la debida justicia a una obra que no merece seguir pasando sin pena ni gloria.

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Autor: Carlos Clavería Laguarda. Título: No me cuentes tu vida: Límites y excesos del yo narrativo y editorial. Editorial: Altamarea. Venta: Todos tus libros.

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