“No queda más que obedecer”, fue la célebre respuesta del general Seydlitz cuando Paulus le mostró la orden de Hitler de resistencia a ultranza. No menos célebre fue la promesa que le hizo Manstein de enviar “ayuda para sacarte”. Desenlace en Stalingrado: La derrota del Sexto Ejército, cuarto y último volumen de la monumental tetralogía de David Glantz sobre la batalla, aborda el trasfondo que subyace a estas dos aseveraciones con su habitual maestría y manejo de fuentes soviéticas inaccesibles hoy en día a los investigadores. El último periodo de la batalla de Stalingrado, el fin de los hombres del Sexto Ejército en la ciudad del Volga en los meses de diciembre y enero, es trascendido, pese a su épica, por una pugna de los dos bandos por el control de la iniciativa estratégica. Una vez que se cerraron las pinzas de la Operación Urano, tratadas en el anterior, la batalla por la ciudad y un ejército y medio de la Wehrmacht pasaron a un segundo plano militar ante los decisivos movimientos operacionales que empezaban a desarrollarse a su alrededor. Nada más cerrar la bolsa, las prioridades del alto mando soviético fueron consolidar el frente lo antes posible, de modo que la línea del Don sirviese de trampolín para la siguiente ofensiva, que, de acuerdo con la doctrina de las operaciones sucesivas del Ejército Rojo, debía lanzarse con el objetivo de llegar a las riberas del Dniéper. Para conseguirlo, era preciso dar un salto cualitativo, del nivel operacional (Urano) al nivel estratégico, una gran ofensiva contra el Grupo de Ejércitos B conformada por una operación de ruptura del frente al norte (Pequeño Saturno) y otra al sur, todavía por concentrar, y para la que se creó un segundo cinturón de formaciones alrededor de la bolsa de Stalingrado. La premura del tiempo y la etapa, todavía de reaprendizaje, en la que estaba el Ejército Rojo, hizo que, tras el esfuerzo de Urano y los sucesivos despliegues, empezasen a crujirle las cuadernas: la Operación Saturno, al norte, quedó reducida a Pequeño Saturno y la concentración de tropas en el Don no pasó del mero “cinturón exterior” del Kessel. Al otro lado de la colina, la lucha desesperada por la iniciativa estratégica, tras el mazazo del Sexto Ejército y de parte del Cuarto Ejército Panzer, presentaba unas perspectivas más sombrías. El mariscal Erich von Manstein, recién aterrizado en el Grupo de Ejércitos del Don, se enfrentaba a dos tareas casi sobrehumanas: cerrar una brecha de 500 km en el teatro meridional del frente oriental, que amenazaba con aislar al Grupo de Ejércitos A en el Cáucaso y al propio Grupo de Ejércitos del Don contra el mar Negro, y socorrer a las formaciones alemanas de Paulus atrapadas en Stalingrado sin apenas recursos. Mientras trabajaba febrilmente para taponar la brecha, organizó dos operaciones de socorro de la bolsa, una en el río Chir, el camino más corto, que fue rápidamente desbaratada, y otra desde el sur, dirigida por el general Erhard Raus, recién llegado de Francia con la 6.ª División Panzer, que daría lugar a la Operación Tormenta de Invierno. El riesgo de que el desenlace en Stalingrado se convirtiese en el desenlace de los Grupos de Ejércitos B y del Don, del frente oriental y de la guerra era real. Durante aquellos días de mediados de diciembre de 1942, el duelo en la cumbre, la pugna por la iniciativa estratégica en el flanco sur del frente oriental vendría determinado por la lucha entre dos púgiles sonados: un ambicioso Ejército Rojo sobreextendido y agotado que se agarrotaba, pese a aniquilar al Octavo Ejército italiano en la ofensiva fulgurante de Pequeño Saturno, y un Grupo de Ejércitos del Don que se debatía en el dilema de la liberación de las formaciones de Paulus o renunciar a ello y convertirlas en el último bastión defensivo a cambio de evitar la caída de todo el frente. Puede que en retrospectiva parezcan opciones claras, pero Glantz consigue transmitir al lector la incertidumbre de aquellas horas y de aquellos días, en los que las opciones se difuminaban en la niebla de la guerra y la esperanza cambiaba continuamente de bando. Una de las grandes aportaciones de Glantz es el análisis del comportamiento de Paulus, que, como perdedor, fue blanco de todas las culpas. En ese sentido, resulta de gran interés su determinación por organizar una retirada y la actitud ambigua de Manstein, que tenía otras grandes preocupaciones que atender. En este tambaleo estratégico de gigantes tuvo lugar la debacle última en las ruinas de Stalingrado. Las tropas alemanas, abandonadas, hambrientas y faltas de munición, fueron perdiendo la cohesión y las comunicaciones hasta convertirse en grupos de combatientes que luchaban y se rendían a discreción, barrio a barrio y calle a calle, como sería el caso del cuartel general de Paulus, en un goteo que llevaría a la extinción definitiva del Sexto Ejército a primeros de febrero de 1943.
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Autores: David Glantz y Jonathan House. Título: Desenlace en Stalingrado II: La derrota del Sexto Ejército. Traducción: Hugo A. Cañete. Editorial: Desperta Ferro. Venta: Todos tus libros.


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