En los últimos años, la literatura en castellano se ha visto impregnada por una cierta mala conciencia respecto al mundo que vive en paralelo a la cotidianidad de la mayoría, lejos de las urgencias urbanas. La llamada España vacía (o vaciada), el universo, en gran parte desconocido, que respira en el ámbito rural, han cobrado un protagonismo de cierto relieve. No hace tanto tiempo, en 2018, Pedro M. Domene preparó una antología poética, hoy inencontrable, titulada Neorrurales. Poetas del campo (Berenice, 2018) en la que se destacaban ocho autores que habían hecho de la comunión con el mundo rural parte esencial de sus obras. Allí estaban Alejandro López Andrada, Fermín Herrero, Josep M. Rodríguez o Hasier Larretetxea, entre otros.
El libro se sustenta en una afirmación, hecha poema, que es un canto al vínculo del ser humano (expresado en el núcleo básico de su socialización: la familia) con el entorno, algo que en el conjunto del poemario está en las antípodas del “desprecio de corte y alabanza de aldea”: “Levantar una familia / no es ninguna figura literaria. / Es un trabajo que solo puede hacerse con las manos, / con los pies en la tierra, / ofreciéndose al cuerpo”. Así concluye el que cabe ser calificado como poema prólogo.
La estructura del libro es sencilla: dos bloques de poemas, “Merecer los topónimos” y “Lograr el fuego”. Las dos fases de una ficción (una existencia) o de un mundo construido en un lugar de montaña en el que el sujeto poético comparte protagonismo y experiencia con dos personajes: la compañera y el hijo. Así, cotidianidad y naturaleza se funden en una vía de salvación frente a una amenaza dejada atrás: “a veces la ciudad / solo tiene fatigas / para sus hijos pródigos”. La primera parte de libro, “Merecer los topónimos”, es una suma de descubrimientos, una indagación en el lugar elegido para edificar una vida distinta. La palabra, vieja y nueva a la vez, que nombra y a la vez revela, es el camino. El poeta dialoga consigo mismo y con el hijo, se sumerge en una cotidianidad amparada por los ciclos de la naturaleza y por el aislamiento voluntario entre los montes. No es casual que las dos referencias inspiradoras sean de autores seducidos, en su obra, por lo rural, por el reverso del mundo urbano. De un lado, la premio Nobel Louise Glück y la apacible sombra de su libro Una vida de pueblo (Pre-Textos, 2020); de otro, versos de Manuel Domínguez, de La Ronda de Boltaña, un grupo musical aragonés comprometido con el mundo rural y sus valores. Hay en la mirada de Gairín un fondo de placer, de gozosa fusión con el medio que se evidencia en la muestra de una “verdad de vida” relacionada con momentos especiales de su condición de vecino de una aldea de montaña: la llegada diaria a la casa (“huele a leña y cuero, / a almizcle de animales invisibles, / a la boca gastada de los árboles”), la caída de la bici del hijo por un golpe de viento o la inmersión en el otoño en un gran poema que alude a la muerte y a la conciencia paterno filial con un sutil homenaje al Francisco Umbral de Mortal y rosa (“el hijo del escritor que murió a los cuatro años / y le dictó su libro verdadero”) son algunas de las bases anecdóticas de sus poemas. Las verdades que estos revelan completan el catálogo de descubrimientos del primer tramo del volumen.
Los cerezos, el bosque, el momento de sacar la basura, la vuelta al calor de la casa, abren paso al segundo bloque, “Lograr el fuego”, que tiene rasgos de familiarización con el lugar elegido creando una cotidianidad nueva, hecha de ritos ancestrales en unos casos, adquiridos en otros, como “los dulces frutos del verano”, la nieve derritiéndose, el descubrimiento, entre listas de la compra, apuntes diversos y notas de regalos, de “versos de amor”, ritos que normalizan la existencia, la integran en “los estratos / de cotidianidad apelmazados” que se suceden en la nueva realidad. Los poemas hablan del entrañamiento en la tierra de quienes componen el núcleo familiar, ya habitantes, con todas las consecuencias, de la aldea y sus parajes y al fin liberado el sujeto poético de las grandes obsesiones de artista que le marcaron en otro tiempo: “Ya no me apremian / los libros pendientes de escribir”, señala). Apremian labores domésticas sencillas (“la ropa por planchar”, por ejemplo) y la conciencia de resignación, que no siempre asume un escritor, ante una realidad probable: “A fin de cuentas / hay dos cosas seguras, / que no haré ni un rasguño / en la historia de la literatura”.
Leña, fuego, encina, nieve, humo, ventisca… son términos que dan entidad y sentido a poemas que, en el fondo, construyen una meditación de rasgos machadianos sobre el tiempo, sobre la intimidad compartida y sobre la zona de intersección en que la tierra y el ser humano conviven y se funden.
La lírica de Gairín, musical, sostenida en la familia endecasilábica de verso blanco (un verso a la vez transparente y rotundo) y en un lenguaje vivo y rico, maleable y a veces sorprendente, acaba certificando el valor poético de un libro que nos ofrece una enriquecedora fusión de emoción, memoria y pensamiento. Un poemario que merece atención. Por su valor literario y por el testimonio vivido (o imaginado) que nos ofrece, lo que supone, además, una crítica sutil a las inhumanidades que hoy nos acechan y a los peligros que se ciernen sobre el medio natural en tiempos de cambio climático.
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Autor: Ramiro Gairín. Título: Carreteras que brillan en el bosque. Editorial: Reino de Cordelia. Venta: Todos tus libros.


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