Siempre que leo en las cajetillas de cigarrillos el contundente aviso de “FUMAR MATA”, no puedo evitar acordarme del brillante escritor británico Hector Hugh Munro, que fue una víctima fulminante, aunque indirecta, de ese pernicioso vicio. Más adelante lo explicaré, pero adelanto que con este arranque pretendía ser sarcástico, intentando rendir un modesto homenaje al autor al que dedico estas líneas.
Nacido el 18 de diciembre de 1870 en la ciudad birmana de Akyab (actualmente Sittwe), donde su padre estaba destinado, era el menor de tres hermanos. Cuando tenía dos años, su madre, estando embarazada, fue corneada por una vaca, que le provocó un aborto y posteriormente la muerte. A pesar de eso, su hijo siempre amó a los animales y fueron a menudo protagonistas de sus cuentos. Su padre era inspector de Policía en Birmania y, al enviudar, decidió mandar a sus hijos de vuelta a Inglaterra para que se criaran en un hogar inglés en la campiña junto a su abuela y sus tías.
Según Ethel Munro, hermana del escritor y autora de una breve biografía familiar, ni el ambiente de la casa ni el carácter de sus tías resultaban los más recomendables para criar a tres niños pequeños. Al parecer, la abuela estaba totalmente dominada por sus hijas, dos mujeres de fuerte temperamento que, además, se odiaban mutuamente “con una ferocidad e intensidad merecedoras de una causa mejor”.
Su tía Tom (su nombre era Charlotte, pero nadie la llamaba así) debía de ser una mujer excepcionalmente fuerte, tanto física como de carácter. Poco inclinada a la delicadeza y carente de escrúpulos, no le preocupaba demasiado herir a los demás con sus comentarios. Poseía, además, una energía inagotable y, según recordaba Ethel, jamás enfermaba. Aunque carente de sentido del humor, podía ser una excelente contadora de historias, con una inventiva prodigiosa para adornar dramáticamente los acontecimientos más triviales.
Pero quien de verdad debía mandar era la tía Augusta, la autócrata de la casa, descrita despiadadamente por Ethel como “una mujer de temperamento incontrolable, de gustos y aversiones feroces, tiránica, moralmente cobarde, sin inteligencia digna de mención y de carácter primitivo”.
En un hogar de disciplina escocesa y con esas tías como adultas responsables, la infancia de Saki y sus hermanos no fue precisamente feliz. Cuenta Ethel que mientras ellos deberían haber disfrutado de la vida al aire libre y de los paseos por el campo, que tan a mano les quedaba, su tía Augusta, temerosa de las vacas (no le faltaban motivos, la verdad) y obsesionada con evitar las corrientes de aire, les privaba arbitrariamente de esos sanos esparcimientos. Prefería, en cambio, llevarlos de compras, pues en las tiendas podía cotillear a gusto con las vecinas, lo que constituía su afición predilecta.
Sin perjuicio del desagradable carácter de ambas hermanas, lo que verdaderamente enturbiaba y enrarecía el ambiente de la casa eran los continuos pleitos y disputas entre las dos tías. Al parecer, el odio mutuo que las dominaba tenía su origen, cómo no, en los celos. Cuando la tía Tom, quince años mayor que Augusta, regresó de una larga estancia en Escocia, donde había sido muy admirada y mimada, descubrió que su encantadora hermana pequeña había crecido y le robaba el protagonismo. Desde entonces le tomó unos celos feroces que, con el tiempo, se fueron enconando hasta terminar por enquistar por completo la relación entre ambas.
Ethel acusa a sus tías de arbitrariedad en la crianza, de someterlos a privaciones innecesarias, de severidad emocional e incluso de crueldad mental. Queda claro que la hermana del escritor no guardaba un buen recuerdo de su infancia ni de sus tías, pero quizá ese ambiente estuviera algo exagerado por ella, y es posible que el carácter opresivo y el excesivo proteccionismo de las tías tuviera algún fundamento y no fuera solo fruto de la crueldad. Al fin y al cabo, el médico de confianza de la familia había pronosticado una muerte temprana para los niños y asegurado que no llegarían a la edad adulta. La propia Ethel admite que la tía Tom sentía predilección por Héctor y lo adoraba, y él mantuvo siempre una buena relación con ella cuando se hizo adulto, lo que no encaja del todo con el infierno que su hermana describe.
Sea como fuere, lo cierto es que las tías sí fueron permisivas respecto a las mascotas de sus sobrinos y les dejaron tener prácticamente todos los animales que quisieran: gatos, gallos, gallinas, tortugas, conejos, palomas, ratones, cobayas… El jardín de la casa debía de parecer un pequeño zoológico. Ethel admite que sus tías no interferían con sus animales y que ellos los adoraban, pues “eran las únicas criaturas jóvenes con las que podían jugar”.
Si me detengo en los detalles biográficos de la infancia del escritor es porque esta etapa lo marcaría profundamente y algunos de sus relatos más brillantes están influidos por aquella niñez infeliz, que alimentó en el escritor en ciernes una imaginación fecunda y una fuente inagotable de inspiración, así como, quizá, una mirada irónica y aguda sobre la raza humana en general y sobre los adultos en particular y, en cambio, una abierta simpatía por los animales.
Cuando su padre se retiró de la policía y volvió a Inglaterra, puso fin a aquella rígida “reclusión”, llevándose a sus hijos a vivir con él en una casa situada a unas cuatro millas de la de sus tías. Una vez concluidos sus estudios, Héctor, siguiendo una tradición familiar, se enroló en la policía birmana, pero apenas duró un año en su puesto. Los ataques periódicos de fiebre palúdica que padecía lo obligaron a abandonarlo y regresar a Inglaterra.
Se instaló en Londres con la intención de dedicarse al periodismo y a la literatura. En la Westminster Gazette empezaron a publicarse sus sátiras políticas con bastante éxito. Ideológicamente, Saki fue siempre un conservador recalcitrante, aunque no se casaba con ningún partido a la hora de repartir candela en sus crónicas. Fue entonces cuando comenzó a firmarlas con el seudónimo Saki, que en persa significa copero, inspirado por las Rubaiyat de Omar Jayyam:
Esa Luna naciente que nos busca de nuevo…
¡Cuántas veces en adelante crecerá y menguará;
cuántas veces surgirá buscándonos
a través de este mismo jardín… y por uno en vano!
Y cuando tú también, oh Saki, pases
entre los Huéspedes, esparcidos como estrellas en la hierba,
y en tu alegre tarea llegues al lugar
donde yo fui uno… inclina entonces un vaso vacío.
Posteriormente empezó su carrera de corresponsal y el Morning Post lo envío a los Balcanes, después a Varsovia y finalmente a San Petersburgo, donde tuvo la oportunidad de presenciar en primera línea el llamado “domingo sangriento” (el primer domingo sangriento de la historia de una larga lista de domingos sangrientos) donde los soldados zaristas abrieron fuego sobre una marcha de obreros, ocasionando cientos de muertos y obligando al zar Nicolás II a hacer concesiones políticas.
Regresó a Londres en 1908 y se instaló en un piso de la calle Mortimer Street, en el barrio de Fitzrovia. Refiere Rothay Reynolds sobre sus hábitos de escritura en aquella inocente época: “Tenía la costumbre de pasar la mañana escribiendo en bata. Su bloc de notas solía estar inclinado sobre un libro y escribía despacio con una letra muy clara, rara vez borraba una palabra o hacía una corrección. Su porte y el movimiento de su mano daban la impresión de que no escribía, sino que dibujaba.”
Sobre los relatos de Saki, el poeta y editor J. C. Esquire decía que, aunque su objetivo era principalmente entretener, tenía como logro incidental la virtud de ridiculizar a la raza humana. Al escribir sus breves relatos para un periódico vespertino, ponía extremo cuidado en la estructura de sus párrafos, pulía sus frases lentamente y elegía sus palabras como el más atildado de los dandis elegiría sus corbatas.
Para apreciar la cuidadosa arquitectura que Saki ponía en sus relatos, baste citar uno cualquiera de los maravillosos párrafos con los que suelen arrancar sus historias (extraído de “El Parlamento Infernal”):
En una época en la que cada vez es más difícil lograr algo nuevo u original, Barton Bidderdale despertó el interés de su generación al morir de una nueva enfermedad. «Siempre supimos que algún día haría algo extraordinario», comentaron sus tías; «ha justificado nuestra fe en él». Pero siempre hay un sector de la humanidad dispuesto a negar el reconocimiento de los logros meritorios, y una numerosa e influyente escuela de médicos afirmó su creencia de que Bidderdale no estaba realmente muerto. Los preparativos para el funeral tuvieron que aplazarse hasta que se resolviera el asunto de una forma u otra, y las tías entraron provisionalmente en medio luto.”
El escritor argentino Jorge Luis Borges lo sabía apreciar y decía sobre él: “Con una suerte de pudor, Saki da un tono de trivialidad a relatos cuya íntima trama es amarga y cruel. Esa delicadeza, esa levedad, esa ausencia de énfasis puede recordar las deliciosas comedias de Wilde”. Efectivamente, Saki puede recordar a Oscar Wilde y alguna de sus ocurrencias no le van a la zaga de las genialidades de su ilustre antecesor irlandés.
Por otro lado, la crueldad que sus comentaristas suelen destacar en Saki se hace especialmente patente en uno de los mejores (y más autobiográfico) de sus relatos, Sredni Vashtar. El niño Conradin vive bajo la tutela de una pariente severa y represora, que le prohíbe cualquier forma de diversión. A escondidas mantiene en un cobertizo del jardín a una gallina y a un hurón. En su imaginación, el hurón se convierte en una divinidad violenta y vengativa a la que rinde culto, y a la que da el nombre de Sredni Vashtar (nótese la similitud fonética con bastard). Cuando su tía descubre la gallina, se deshace de ella sin miramientos, y Conradin clama venganza a su mustélida divinidad. Finalmente, la mujer decide entrar en el cobertizo para inspeccionarlo, pero no vuelve a salir. Quien sale es el hurón, con las fauces manchadas de sangre, que se escapa y se escabulle entre la maleza. La sed de venganza ha sido sangrientamente saciada.
Pero lo habitual es que sus relatos o sketches suelan ser puramente humorísticos (aunque algunos se condimentaran con un poco de crueldad) y casi siempre protagonizados por niños sin remordimientos o jóvenes ociosos. Entre los más hilarantes de sus relatos podemos citar La cura de agitación, La huida de Lady Bastable, Tobermory, El alma de Laploshka, El método Schartz-Metterklume, El tigre de la señora Packletide… El reconocido relato La ventana abierta, sobre una niña que improvisa una historia para aterrorizar a una visita indeseada, contiene uno de sus finales más citados: “La fabulación instantánea era su especialidad”. Curiosamente, con ese mismo don también fue bendecido uno de mis primos, a quien le he visto improvisar de la nada historias loquísimas ante sus hermanas, que le escuchaban atónitas.
Su bohemia y tranquila vida en Londres, escribiendo por las mañanas, comiendo en los mejores restaurantes de la ciudad y jugando al bridge por las tardes en su club, Cocoa Tree, fue bruscamente interrumpida por el estallido de la Primera Guerra Mundial.
Aunque tenía más de cuarenta años, su patriotismo le exigía defender a su país y finalmente consiguió alistarse, primero en la caballería y después en la infantería. A pesar de que le ofrecieron un puesto de oficial y retirarlo a la retaguardia, Saki prefirió servir como simple soldado raso y permanecer en las trincheras junto a sus camaradas, quienes, al parecer, lo adoraban.
Saki murió en la batalla de Beaumont-Hamel, en la oscura y fría noche del 12 de noviembre de 1916. Estaba refugiado con algunos compañeros en el cráter creado por un proyectil de artillería. Uno de los soldados encendió un pitillo cuya brasa roja, en mitad de la noche, podía delatar su posición y atraer el fuego enemigo. Saki le gritó «¡apaga ese maldito cigarro!» e inmediatamente se oyó el disparo de un rifle. Un francotirador alemán le voló la cabeza y murió al instante. La sustancia gris que había creado cientos de hilarantes historias, y que quizá contenía el germen de cientos más, quedó estérilmente desparramada sobre el embarrado suelo francés.
Hago una humilde recomendación a las autoridades sanitarias para que incluyan en las cajetillas de tabaco el imperativo «¡apaga ese maldito cigarro!», acompañado de la foto de una masa de sesos sanguinolentos desparramados; debería servir de severa advertencia a los fumadores empedernidos, ¿no les parece?
Según su hermana Ethel, el escritor sostenía que lo único que hacía la vida soportable era reírse de ella. Para hacer más soportable la vida les recomiendo (esta vez, en serio) que lean a Saki.


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