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La infancia, la religión, Taizé

La infancia, la religión, Taizé

El padre José Miguel de Haro, buen amigo, redentorista, me regaló un libro maravilloso no hace mucho, Alegría, sencillez, misericordia, los diarios del hermano Roger, fundador de la comunidad de Taizé, con fama en el mundo entero, valiosa para tantos. He pensado que podría utilizar este magnífico libro, publicado en 2025 por la editorial Perpetuo Socorro, para continuar mis Memorias, o Recuerdos, pero enfocado el tema en este caso en su vertiente religiosa, y sobre todo en su vertiente de la infancia, pues con la infancia estoy de momento, al menos de momento.

Mis padres son católicos, y bastante religiosos, por cierto (quizá habría que decir muy religiosos); mi familia es religiosa, católica, y me eduqué en un colegio que yo diría que era religioso, aunque de forma bastante desahogada, libre, en mi opinión. Es decir, en el San Pablo CEU de Montepríncipe estudiábamos religión, con sacerdotes, y recibíamos la primera Comunión, así como la confirmación, recorríamos un camino religioso, los que querían recorrerlo.

Luego, yo he tenido dos tíos sacerdotes y una tía monja. La religión es importante en mi vida. Leo la Biblia y otros libros religiosos, de vez en cuando, y me gustan, disfruto con ellos. Es verdad que dejé de ir a misa hace años, de forma asidua, y que ahora sólo voy a misa en bodas, funerales, entierros, bautizos, etc. Sin embargo me sigo considerando religioso, aunque suelo decir, o decía, que soy más cristiano que católico. En realidad cada vez me gustan menos las etiquetas y quisiera ser un hombre de bien. Ojalá lo consiga.

Tengo un gran recuerdo de mis profesores sacerdotes, y siempre me entendí bien muy bien con ellos. Recuerdo que cuando era muy niño, en el patio de segundo de Preescolar, jugaba a casar a mis compañeros. Creo que esto es influencia de mi tío Paco, primo de mi padre y sacerdote, al que siempre admiré. Me gustaban sus misas, aunque me parece que no las entendía muy bien (sus homilías); luego supe por mis padres que eran bastante complicadas, que te perdías, por elevadas, y es cierto que eso me pasaba a mí. Pero me gustaban, tenían un tono, una música peculiar.

Más adelante, en quinto de EGB, recuerdo, con unos diez años, hice un trabajo para Ciencias Naturales en el que yo oía por dentro, como una inspiración, la voz y la forma de hablar de mi tío sacerdote, el tono y la palabra, que me ayudaban mucho para escribir. Ya entonces me gustaba escribir, yo creo que desde antes, desde bastante antes, quizá desde que aprendí a leer, y aún antes, desde que descubrí los libros gracias a mi madre. Quizá se pueda decir que el español es mi lengua materna, pero de verdad, y que la literatura también lo es, porque en un principio me vino de mi madre.

Lo cierto es que he leído muchos libros que me han ayudado o inspirado para escribir, pero creo que ésta que he contado ahora es la única vez que una voz y un discurso oral me servían de pauta o inspiración para escribir. Recuerdo aquello como algo muy agradable, y nunca se lo conté a mi tío Paco. No se me ocurrió hacerlo.

Los Diarios del hermano Roger me han servido para recordar mi vida religiosa, si se puede llamar así, sobre todo en la infancia. Empiezan en el año 1945, prácticamente desde que llega a Taizé, y alcanzan hasta el final, hasta que le escribe una carta al papa Benedicto XVI el 13 de agosto de 2005, una carta que éste leerá en un encuentro con la juventud, ya muerto el hermano Roger.

Es un libro espléndido, de un lenguaje religioso muy elevado, de gran sensibilidad, muy profundo, con mensaje. Creo que no es un libro para todo el mundo, pero sin duda para mucha gente, pues tanta gente acude a Taizé a rezar y encontrarse, en el sentido más hondo. A ellos y a muchos más, gente como yo, y por supuesto más comprometida que yo, les encantará este libro, les “hará bien”, como diría mi querida tía Ángeles, escritora y misionera de la Compañía de María, que tiene dos libros preciosos, A mis padres y En salida… Raíces y alas, aparte de muchas publicaciones religiosas.

Nunca he sido de mucho rezar, pero sí he rezado siempre, por personas concretas y ante tribulaciones de la vida. Lo que no me ha faltado nunca es la fe, y por eso entiendo muy bien a los que dicen que la fe es un don, aunque es verdad que yo no he hecho nada para merecerlo. Quizá los dones se definan, en parte, porque no se merecen, sólo se reciben.

Considero que la fe es un gran cosa, enorme, maravillosa, como un regalo de la vida, porque nunca te abandona, y considero que es una suerte indescriptible creer, por expresarlo de algún modo, en una instancia superior, que nos ampara en los peores momentos y que nos hace comprender, asumir, lo incomprensible, lo difícilmente asumible.

No he vuelto a tener una fe, sin embargo, como la que tenía de niño, con unos once años, por ejemplo, cuando sentía tantas ganas de unirme con Dios que no me importaba morirme, es más, deseaba morirme. Esto, supongo, es difícil de entender por alguien que no tiene fe, o aunque la tenga.

Más adelante, recuerdo, ya en la carrera, leí los Evangelios. A mi madre no le hizo mucha gracia que los leyera, porque decía que ningún joven de mi edad leía los Evangelios, aunque claro, supongo que yo he hecho muchas cosas que no hacen los jóvenes de mi edad, en cada edad, o he dejado de hacer otras que sí hacen. Si bien he hecho muchas otras que sí hacen.

Dije antes que no practicaba, que no iba a misa, pero eso tampoco es cierto. Practicaba en mi casa, leía la Biblia u otros textos religiosos, o rezaba de vez en cuando mientras caminaba, o antes de dormir, o en muchas otras circunstancias de la vida. Se puede practicar  de muchas maneras, pero es cierto que me gustan las iglesias, las catedrales, los templos, los lugares sagrados en general, dándome un poco de miedo las catedrales cuando era niño. Ese miedo luego se tornó en admiración e incluso pasión por ellas, por los templos, ahora que lo pienso.

La iglesia de mi tío Paco, la iglesia de su parroquia, la de los Santos Apóstoles de las Lomas, en Boadilla del Monte, era, es, muy bonita y muy impresionante, porque semeja una antorcha invertida. No debe de tener muchos años y tuvo que ser rompedora cuando se construyó. Allí fuimos muchos sábados y domingos a misa, y hoy han hecho, o están haciendo (según me contaron), un parque con el nombre de mi tío, Francisco Lage, Paco Lage.

Mi tío era un erudito, un sabio, sabía muchas lenguas y tenía muchos otros conocimientos; además era un hombre muy funcional, muy activo y muy capaz. Hacía de todo. Era profesor en un colegio de niños, pero también de teología en Roma. Sabía mucho, sí, y tenía un carácter socarrón muy agradable. Era una persona muy leída y muy vivida, y no era raro verlo sonreír, bromear. Mi padre, que era su primo, lo quería mucho, pero también lo admiraba mucho. Es posible que nos transmitiera a sus hijos esos dos sentimientos, porque mis hermanos y yo queríamos y admirábamos mucho a mi tío, aunque todos fuimos conscientes por nosotros mismos de su gran valía.

La verdad es que mis hermanos y yo queremos y admiramos mucho a todos nuestros tíos; sólo el ejemplo que hemos recibido de ellos ya es un tesoro. Así lo veo yo. Todos son muy diferentes entre sí, pero al mismo tiempo hay algo que los unifica y creo que es de índole moral más bien. Como dice mi madre, “todos son caballeros”, y muy inteligentes y trabajadores. A los que venimos detrás nos lo han puesto difícil, pero también nos ayudan e inspiran.

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