Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Viernes, 13 de marzo de 1936: Un viernes movidito
La víspera tocó atentado contra el diputado socialista Jiménez de Asúa, uno de los padres de la Constitución republicana. Fue en la puerta de su casa de la calle de Goya. Lo tirotearon desde un coche. Resultó muerto el escolta encargado de protegerlo. La policía detuvo por la mañana a varios estudiantes falangistas y, bajo órdenes dictadas por el propio Azaña, se clausuró la sede de Falange. Pero a medida que pasaba el día se temía otra noche movidita.
La indignación por el atentado contra alguien tan emblemático como Jiménez de Asúa, que entre otras cosas había defendido a Largo Caballero en su proceso, todavía se notaba. Muchos seguidores del Frente Popular se iban congregando en diferentes puntos de la ciudad, con la idea de «cazar señoritos», para dar réplica.
A los estudiantes católicos y fascistas, presuntos autores del atentado, los interrogaron en el juzgado de instrucción. El juez de guardia volvió a suspirar con tristeza al constatar el encendido odio con que aquellos jóvenes bien trajeados justificaban sus acciones. Ni siquiera lo negaban. Los dos se jactaban de haber estado en el coche que tiroteó al que fuera, no hacía tanto, su profesor de Derecho Penal en la Universidad Central.
—Usted es un hombre de orden, usted tiene que estar con nosotros contra esa morralla revolucionaria que pretende adueñarse del país. ¡Son los de la revolución de Asturias, que vuelven a estar sueltos y nos atacan desde las Casas del Pueblo, solo que esta vez nos tendrán a nosotros, a la Falange, enfrente!
El juez procuró calmar los ánimos, pero no había manera. Se sentían agraviados, justificados. En sus ojos llameantes relucía un febril fanatismo. La luz eléctrica de una pequeña lámpara sobre la mesa acuchilló sus rostros.
—Ningún golpe quedará sin contragolpe, y ustedes no podrán evitarlo. Y no nos hable de las fuerzas de seguridad. ¿Dónde estaban hacía dos días, en la calle de Luis Sagasti? ¿Dónde están los asesinos? —Se referían a dos milicianos que, tras pedir los carnés a unos estudiantes, se los devolvieron y luego les dispararon por la espalda—. El Gobierno los ampara. Los suelta, nada más cogerlos. Y a nosotros, en cambio, nos detienen en cualquier lugar. Pero no conseguirán pararnos. Esto es una guerra y todo el mundo tiene que tomar partido, o con ellos o con nosotros. ¿Con quién está usted, señor juez?
—Por el momento, con la justicia.
Aquello no calmó a los falangistas, que ya volvían a la carga cuando, de repente, entró un secretario con la cara lívida.
—¡Está ardiendo la iglesia de San Luis, en la Montera!
El magistrado salió disparado hacia la sala adyacente. Allí se concentraban funcionarios. Todos se apelotonaban delante de las ventanas. Se puso de puntillas para ver lo que ocurría fuera.
Desde allí vio efectivamente las volutas de humo negro que se levantaban, emborronando el cielo encima de la calle Montera. La gente comentó el suceso, asustada. Alguien dijo que había muerto un bombero y que a punto habían estado de linchar a un militar.
—¿Lo ven? —exclamaron los falangistas—. Esto es una guerra y hay que tomar partido. ¿De qué lado van a ponerse ustedes? ¿De los que queman iglesias o del nuestro?


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