Arletty, Corrine Luchaire, incluso Danielle Darrieux, que se vio obligada a realizar una gira por Alemania en aras de la liberación de su segundo marido, el, entre otras cosas, diplomático dominicano Porfirio Rubirosa, retenido por las autoridades nazis en 1942, fue señalada entonces. Cuando Francia fue liberada y empezaron las depuraciones de los colaboracionistas (1944-1945) con los invasores, aquella tournée en la Alemania del Reich que iba a durar mil años bastó para acarrear problemas a la futura musa del gran Max Ophüls.
El prototipo de Mireille fue lo que, en aquella sazón, a este lado de los Pirineos, en aquellos documentales del Sindicato de Espectáculos de la CNT, que se proyectaban constantemente en la Barcelona libertaria, sobre los comedores colectivizados de los grandes hoteles, se llamaban “damiselas”. Damiselas, que, hasta unos meses antes de la Barcelona del Comité Central de Milicias Antifascistas, decían los libertarios a las mantenidas por los burgueses. Lo hacían en esos espléndidos documentales —con trazas de ese realismo poético al servicio del Frente Popular francés— puestos en marcha por la CNT. Unas secuencias en las que daban cuenta de haberlas echado de los grandes salones de Barcelona para montar en ellos comedores populares.
Conocida y deseada como un mito sexual de su tiempo, Mireille tuvo historias con el cantante Tino Rossi, el político izquierdista Raymond Patenôtre, Jean Gabin, por supuesto, y un teniente de la Wehrmacht de quien, al parecer, estaba enamorada, Aloïs Deissböck: de los otros novietes no tanto. El caso fue que el 13 de septiembre de 1944, mientras esperaba la llegada de los americanos, la pareja fue encontrada en un apartamento de Mónaco, donde les había dado refugio una mujer del maquis, a la que Mireille había ayudado en su momento. Allí estaban los dos amantes cuando fueron descubiertos por una tropa de la resistencia, once desaprensivos que ultrajaron salvajemente a la actriz por turnos mientras su novio miraba, después de haberlos robado y golpeado brutalmente. Unos años antes, Mireille Balin ya había intentado la aventura estadounidense, con resultados lamentables: volvió a Francia sin haber hecho ni una sola película. Estaba escrito que no habría de volver a cruzar el Atlántico. Permítaseme una digresión antes de entrar en materia.
El gran Louis-Ferdinand Céline, en Viaje al fin de la noche (1932), una de las novelas fundamentales del Siglo XX, en líneas generales, nos habla con magistral cinismo de cuán miserable es la condición humana. Todo parece indicar que, durante su etapa de médico en Clichy, un suburbio del París de entonces, practicó abortos clandestinos y gratuitos a las mujeres pobres. Y ya hablando del Céline criminalizado por su colaboración con los alemanes durante la ocupación, lo que se le puede reprochar es su virulento antisemitismo, aunque no lo fue más que el de la izquierda internacional, especialmente la española. Desde mucho antes de la fundación del estado de Israel (1948), ya había círculos socialistas y comunistas que veían a los judíos como dirigentes de la élite financiera. Aquellos eran los días en que los enemigos del capital querían poner en marcha un genocidio de clase —el primer paso de la revolución consistía en el exterminio físico de toda la burguesía— y muchos socialistas y comunistas tenían meridianamente claro quiénes habrían de ser los primeros cuando empezasen los paseos y las sacas de las prisiones, donde “los ricos” debían aguardar su suerte.
Lo de Robert Brasillach fue mucho peor, aunque también es cierto que su germanofilia durante la ocupación fue mucho mayor que el antisemitismo de Céline. Responsable de la sección de Libros de Action Française, la revista auspiciada por Charles Maurras, referente ideológico de la Francia ultranacionalista, autoritaria, antirrevolucionaria y antisemita, que tras la ocupación del país por parte de la Wehrmacht juró lealtad a Alemania, Brasillach —como Lucien Rebatet, otro que tal bailaba—, fue un celebrado crítico de cine, poeta, ensayista y novelista. Aún tenía cara de niño —repeinado, engominado, pulcro, con gafas redondas—, de joven facha pero aún bisoño el gesto, cuando tras la liberación fue pasado por las armas. Antes de ser convertido en el joven trágico del colaboracionismo francés con la Alemania nazi —fue fusilado con 36 años—, Brasillach había escrito mucho sobre nuestra última guerra civil. Para empezar, alumbró una de las primeras historias del conflicto en el mismo año 39 en que había acabado. Ardiente admirador de los franquistas, aquella crónica era totalmente ajena a las de los hispanistas angloparlantes, mucho más recientes.
Unos años antes, en los días que sucedieron al golpe de estado —entonces “el Alzamiento”— había escrito una novela cuyo título, que no dejaba lugar a dudas —Los cadetes del Alcázar (1936)— nos permite calibrar la trascendencia que tuvo el asedio del Alcázar de Toledo en toda esa Europa que tenía auténtico pavor al terror rojo y estaba convencida de que si el ejército de África no se hubiera levantado contra la República lo hubieran hecho los comunistas, como hicieron los bolcheviques durante la revolución de Octubre contra el gobierno provisional de Kerensky.
Recuerdo el Toledo de cuando era un niño, en la España de hace 60 años: aquel mazapán que se compraba en la plaza de Zocodover, antes de regresar a Madrid. Deliciosamente intempestivo, porque aquellas figuritas eran una delicia entre los manjares navideños, y la visita a la Ciudad Imperial, perfectamente, podía haberse producido en pleno verano; recuerdo el museo del Greco, aunque El entierro del conde Orgaz (1586-1588), el más célebre de los lienzos de Doménikos Theotokópoulos, siempre ha estado en la iglesia de Santo Tomé, con lo que iba a admirarse allí a modo de añadido; y la Catedral, y el Monasterio de San Juan de los Reyes…
Pero aquellas visitas a Toledo en la España de entonces, inexorablemente empezaban en el Alcázar, cuyo asedio en los primeros días de la Guerra había sido convertido por el franquismo en una de las primeras referencias de su épica, el mayor ejemplo de sacrificio y entrega a su “cruzada”. Recuerdo que los visitantes del despacho del coronel Moscardó —conservado tal y como quedó tras el asedio— descolgábamos un teléfono, en el que se oía la conversación del entonces comandante en jefe de la fortificación con su hijo, preso de los leales a la legalidad vigente, en la que el joven advertía a su padre de que “los rojos me van a fusilar si el Alcázar no se rinde”. A lo que el coronel, con aquel coraje, que, a decir del franquismo, destacaba entre las virtudes patrias, respondía: “Pues da un viva España y encomiéndate a Dios, porque el Alcázar no se rinde”.
Hasta los más agudos de los hispanistas británicos y estadounidenses especifican que Luis Moscardó no fue asesinado porque su padre se negase a rendir el Alcázar, que lo fue con posterioridad, en una de las sacas que llevaban a cabo los matarifes de los partidos y sindicatos afectos a la República —crímenes que al parecer no son equidistantes a los asesinatos perpetrados por los fachas en idénticas circunstancias, porque no es igual atacar que defenderse, como tampoco lo es dar muerte en nombre de la patria que hacerlo en nombre del pueblo—. Mis mayores decían que la guerra se prolongó tanto porque Franco decidió desviar la columna del general Varela para la “liberación” del Alcázar, con lo que se retrasó la llegada a Madrid del ejército de África, dando así tiempo a los republicanos a fortificar mi amada ciudad, bombardeada sin piedad —“ya no hay inocentes en Madrid”, dijo en un momento dado Franco— desde el comienzo hasta el final de las hostilidades. ¡Honor y gloria a los heroicos defensores del Puente de los Franceses y la Ciudad Universitaria! Y vamos al tema que nos ocupa.
Lo del Alcázar se vio en las actualidades —noticiarios— del mundo entero, y Mussolini, fascinado con el coraje de sus camaradas españoles, quiso rendirles un tributo. De modo que confió a Augusto Genina la realización de Sin novedad en el Alcázar (1939), frase, por cierto, que pronunció el coronel Moscardó al primer oficial franquista que le pidió las novedades tras romper el cerco del asedio. Rodada entre Cinecittà y las ruinas de la entonces Academia de Infantería, el filme —ni que decir tiene— es una exaltación del franquismo —se escuchan los compases del “Cara al sol” en la música no diegética, mientras los sitiados organizan su resistencia y todo es heroísmo. Y entre el tableteo de los naranjeros —ametralladoras— y las explosiones de las peladillas, surge el amor entre el capitán Vela —Fosco Giachetti— y Carmen Herrera, una bella franquista recreada por Mireille. Pues bien, ese personaje precisamente, el de Carmen Herrera, la llevaría frente a uno de los tribunales que, en la Francia del 44, comenzaron a depurar a los colaboracionistas.
Nació en Mónaco en 1909 y, adolescente aún, comenzó a destacar por su asombrosa belleza. Algo muy de aquí debían de ver en ella los grandes realizadores del cine de entreguerras: el gran Georg Wilhem Pabst le confió el papel de una sobrina de don Quijote en su espléndida versión de las andanzas del Caballero de la Triste figura estrenada en 1933. Ese mismo año se puso a las órdenes del gran Robert Siodmak durante el rodaje de El sexo débil. Su filmografía no fue muy extensa. Poco más de catorce títulos entre los que destacan sus colaboraciones con Jean Delannoy —Macao, infierno del juego (1942), L’assassin a peur la nuit (1942)— y con Jacques Becker —El último en todo (1942)—.
Tras la brutal violación colectiva que sufrió por los antifascistas, fue condenada a unos meses de trabajos forzados: estuvo remendando guerreras de soldados. Al menos pudo ver cómo todos sus agresores fueron condenados a 18 años de cárcel. Pero cuando quedó en libertad, a los pocos meses del juicio seguido contra ella, su tiempo ya había pasado. Su única culpa fue amar a un nazi, quien, por cierto, volvió a Austria, y nunca más volvieron a verse. Por lo demás, incluso había participado en espectáculos para soldados cautivos. Pero debemos insistir: su tiempo ya había pasado. Las mujeres fatales de antes de la guerra no interesaban a nadie. Su salud se resentía aún más que su carrera y sus antiguos amigos la evitaban. Abandonó París, volvió a la Costa Azul y allí se dio al alcohol y las drogas. Cuando de nuevo regresó a París, estaba en la más absoluta indigencia, vencida por la cirrosis y la meningitis.
Quienes la conocieron en el final, destacan que aquella mujer “oscura y venenosa”, que la llamaban algunos, nunca sintió el más mínimo arrepentimiento: “Si tuviera que empezar otra vez mi vida, no querría ninguna otra”. Murió en la más absoluta indigencia. Los gastos del entierro corrieron a cargo de una asociación benéfica para actores. Nadie, ni siquiera uno de sus galanes, fue al sepelio.


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