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Un gabán lleno de lluvia

Un gabán lleno de lluvia

Cruel y desabrida en un suelo agrietado por el miedo, es posible que esta novela desgrane la violenta nostalgia de un mundo de valores perdidos. En el páramo donde Rodrigo es víctima de un nihilismo descarnado, también es verdugo en su picadero, el de la más completa descreencia. La función de esta segunda obra de Raúl Gómez-Zurdo podría ser herir, dejar una intensa sensación de catástrofe inminente. Quizá nuestra diaria hecatombe informada confirma lo peor, que no queremos vivir en la paz de ninguna tierra mortal.

La octogenaria Adelaida encarna una de las pocas islas de conmoción sensitiva. Fuera de ella, la desatada compulsión sexual de Rodrigo es la propia de un prisionero que sólo encuentra en la eyaculación clandestina una descarga que alivie su errancia. El protagonista es doctor en el ambulatorio de un barrio cualquiera, pero el estado de la humanidad en ese orbe sublunar hace que sea casi un curandero de almas. Como las personas no tienen con quien hablar, el médico ha de escuchar mil confesiones, sobre todo las de unos pobres que siempre llegan antes. A veces la piedad y la simpatía, a veces la crueldad de emporcarse más todavía en la vida de los hombres, es lo que le retiene en la consulta.

"Hasta el déficit de atención en casi todos, la depresión del protagonista, el Alzheimer de Adelaida, recuerdan una indiferencia acuática donde todo se oxida"

No es extraño que encontremos en De rabia y olvido una alianza hiriente de vanguardia formal, con una exigente voluntad de estilo, y la resolución moral de dañar nuestro nihilismo. Las minúsculas continuas, la sintaxis rota, los anacolutos refuerzan un paisaje de aguacero donde el cielo se desploma para dejar al pairo cualquier humanidad, un posible calor que nos recuerde el encuentro. Se dijo alguna vez que la música de Bach, muy presente en estas páginas, es un acto de resistencia contra la separación moderna entre lo sagrado y lo profano. Ahora, a pesar de la música, cualquier resistencia humanista parece disuelta en una lluvia que no cesa. Tan persistente como esas multitudes solitarias que sólo parecen unidas por el silencio o la cólera.

Hasta el déficit de atención en casi todos, la depresión del protagonista, el Alzheimer de Adelaida, recuerdan una indiferencia acuática donde todo se oxida. Como si un deterioro inexorable se tragase lo que podía quedar de consistencia en los días. De hecho, esas multitudes misteriosas, a veces agresivas, recuerdan a la nube bíblica de una plaga de langostas. El protagonista no entiende ni desea ya nada, vaga perdido en un paisaje donde los aguaceros se confunden con unas vidas que laten sin sentimientos reconocibles.

"El eje de esta novela es tal intensidad hiriente. No la ficción, no el hilo narrativo que se pueda seguir desde el sofá, completando el tedio con una pizca de realismo mágico"

Sin cielo protector, el agua se enseñorea. Disuelve los rostros, borra los contornos, difumina la claridad diurna de las situaciones. Norte y sur son sólo nombres en una veleta sin eje. El panorama de confusión es tal que el simple hecho de encontrar el coche e introducirse en él, empapado, se convierte en una epopeya que ha de ensayarse cien veces. La repetición de frases, de situaciones, de la forma de hacer café, recuerda a aquella leyenda de copiar cien veces lo incomprensible para que la memoria fije lo que el sentido no alcanza.

El eje de esta novela es tal intensidad hiriente. No la ficción, no el hilo narrativo que se pueda seguir desde el sofá, completando el tedio con una pizca de realismo mágico. En esta entrega de Gómez-Zurdo cierta mítica “puntuación sin texto” se convierte en el único paisaje de unos humanos sin columna vertebral ni sentimientos reconocibles. Como no es un canto al bienestar social lo que defiende este escritor, se fuerza continuamente el lenguaje: así me veo, marrón, ocre, traspasado por un dolor cobrizo. Y un gato aferrándose a él como un dios antiguo que lo sabe todo acerca de todos.

"Al haber abandonado el valor del sentimiento, la relación íntima con la incertidumbre y su pobreza, quizá hemos perdido también lo que se llamaba espíritu"

A menudo encontramos ecos de un Pessoa vagabundo de sí mismo, perdido entre un pasado borroso y un presente donde no hay sintaxis. ¿Rodrigo está simplemente deprimido? No, chapotea en una vida común en la que todos parecen estar adaptados, mientras él no se reconoce. La hostilidad que el protagonista despierta es la del extranjero que no quiere integrarse, un desarraigado que se niega a disimular su angustia. Como norma, el espectáculo nos impide ver la desolación, este genocidio antropológico sostenible: medicalización masiva, suicidio, paro… Frente a esto, al menos Rodrigo no finge que las cosas vayan bien. Incluso coquetea con la idea de desaparecer para siempre. Obsesiones, insomnio, sexo de prisionero. Y solamente contar con la eyaculación, con una asumida inmadurez onanista. En medio de una monstruosa indiferencia, al menos el protagonista elige el infierno. Derrama una desgana superior, quizá la de un aristócrata de la intemperie.

Sólo sus hijos parecen a veces establecer un punto de cordura, de humanidad, de encuentro al que ser fiel. Quizá Rodrigo se dirige sin cesar a su herencia porque no hay presente, ningún posible encuentro verosímil. Buena parte de estas páginas trascurren, como la lluvia, en la disolución de un mundo acompasado a la sospecha. Al haber abandonado el valor del sentimiento, la relación íntima con la incertidumbre y su pobreza, quizá hemos perdido también lo que se llamaba espíritu. Por eso vuelve, vengativa, una lluvia inclemente que empapa de cólera a las gentes, su antipatía sin gestos.

"Los escenarios son como las afueras de Pasolini, pero ya sin un ápice de belleza. En remotos arrabales, Rodrigo recorre acequias interminables que recuerdan un horizonte que huye"

Cierto, nuestra indiferencia es peor que el odio. “No guardo rencor, sólo bullicio”. Para escapar de él, un interminable circular bajo la llovizna. Sin descanso, sin tierra, sin amor. El cansancio llena cada momento de esta historia, el agotamiento de una vida arrojada a segundos caídos, sin minutero ni orientación. Cuando el protagonista cuelga el teléfono, interrumpiendo los absurdos hilos de contacto, no se corta en realidad nada. No hay hilo en una pesadilla continua arribando a cafés horribles en barrios destartalados, sin nadie. Los escenarios son como las afueras de Pasolini, pero ya sin un ápice de belleza. En remotos arrabales, Rodrigo recorre acequias interminables que recuerdan un horizonte que huye.

Adelaida representa en este páramo cierta dulzura, aunque rota. Oír su voz me descompone, dice el protagonista: “Siento tal nostalgia, tal bienestar: dejarme ir hacia el sueño como un potrillo hacia la madre”. Hermanos en el desamparo, ambos se tratan de usted. Incluso Cristo, cuando aparece, es la figura de un solitario que se salva en calidad de injuriado.

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Autor: Raúl Gómez-Zurdo. Título: De rabia y olvido. Editorial: Huso. Venta: Todos tus libros.

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