Tras ganar un Premio Goya en 2020, Natalia Moreno se aleja momentáneamente de la imagen proyectada para centrarse en la palabra escrita. Y lo hace con una novela sobre una mujer que tiene que recordar su pasado para, de este modo, tener un presente.
En este making of Natalia Moreno cuenta cómo escribió Madonna no nació en Wisconsin (Galaxia Gutenberg).
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YOGURES DE LIM-ON.
Una siempre piensa que un día tendrá un despertar de consciencia típico de las películas de Moisés. Que una nube se abrirá como un foco cenital, dibujará un haz de luz entre el cielo y el asfalto del parking del Consum, y levitará con el carro de la compra incluido, para entender lo terreno y lo divino de un jetazo.
Una mañana, como tantas otras, me vi mirando con envidia las migas sobre el mantel de las tostadas de masa madre y aguacate que alguien había devorado. Mientras yo me comía un frío y ácido yogur de limón. De limón, tú.
Caducaban en dos días. Nadie los quería. Ni mi hijo, ni el perro, que comía hasta pimientos crudos, ni probablemente una ONG en África.
Y sin embargo, allí estaba yo, adulta, autónoma, contribuyente, mujer de bien, desayunando un yogur, siendo que los lácteos me sientan como una patada en el culo. Con cuchara grande. En silencio. A las ocho de la mañana. Como un trámite que hay que quitarse de encima sin pestañear. Como si esa fuera la vida que había venido a vivir.
¿En qué momento me había convertido en la persona que se comía lo que nadie quería? ¿Dónde estaba la otra?
La que cogió dos mudas y un cortaúñas en el pueblo y se fue a la capital a romper moldes. La que pensaba que la vida iba a ser peligrosa, sexy, excesiva y glamurosa. La que no tenía miedo al ridículo porque todavía no sabía que el ridículo iba a ser crónico en su vida.
Escribí Madonna no nació en Wisconsin para ir a buscarla. A ver dónde carajo se había perdido. Igual con unas gildas en la tasca de la vuelta de la esquina, o en una fiesta de críos pegada a los toboganes. Pero perdida estaba.
La respuesta no estaba en la ciudad, ni siquiera en la mujer del presente. Estaba mucho más atrás. En un verano concreto. En el pueblo de las cabras. Con mi abuela, mi tía, mi prima Lapili y el polvo pegado a las piernas como una segunda piel.
Ese verano del primer beso. De las ganas de desaparecer. De la certeza de que los adultos eran criaturas profundamente sospechosas. El verano en el que descubrí a Bowie como si fuera un extraterrestre que me hablaba solo a mí. A Kurt Cobain, como si alguien hubiera puesto voz a todos los enfados que yo no sabía nombrar. A Nick Drake, con el que llorábamos juntos en los atardeceres de mis montes.
Y fue ahí, entre las cabras, las siestas obligatorias y las hormigas cruzando la sandía, donde la niña tomó una decisión crucial. Llamarse Madonna.
Entonces apareció Madonna. No la de los conciertos ni los sujetadores cónicos, sino la idea de Madonna, una mujer que se inventa a sí misma como quien cambia de chaqueta. Una mujer que, cuando el molde le aprieta, no se adapta. Lo quema y se hace un vestido con las cenizas.
Así que senté mi cuerpo en una silla y, con retazos de mis veranos, los olores del pueblo y la necesidad de creer en algo, escribí esta novela.
No como un proyecto literario respetable, sino como un acto de sabotaje personal. Como quien se secuestra a sí misma de una vida demasiado ordenada. Como quien decide que, antes que convertirse en una señora sensata con miedo a que el aire acondicionado la resfríe y con la nevera llena de tuppers de lentejas, cervezas sin alcohol y yogures de sacrificio, prefiere ser un pequeño escándalo andante e insomne a ratos.
Porque la identidad no es un lugar de nacimiento. Es un relato. Y cada una decide si ese relato es una lista de la compra o un número musical con ventiladores, sudor, mala leche y un final con crimen.
Madonna no nació en Wisconsin es la historia de ese gesto. El de una niña que decide ponerse un nombre nuevo porque el suyo le queda pequeño para saltar fuera de su realidad dolorosísima. El gesto de una mujer que decide elegir. Es la historia de toda una generación de mujeres de los 80 que hicimos malabares para decidir si queríamos seguir en el sitio que se nos había asignado.
Porque nadie nace siendo Madonna.
Pero casi todas, en algún momento, nos susurramos un nombre secreto.
Un nombre para cuando la vida empiece a apretar como un corsé isabelino.
Un nombre que no quepa en los formularios del banco, ni en los buzones de la casa del campo, pero sí en tu corazón y en los tacones que te ponías para ligar.
Luego crecemos.
Pagamos facturas.
Firmamos con el nombre correcto en la reunión del AMPA de los hijos.
Pero ese nombre secreto se queda tatuado en tu porcentaje vital de aventurera. Ese nombre, el que tenía música, polvo en las rodillas y sabor a cereza. Ojalá te acuerdes del tuyo al leer Madonna no nació en Wisconsin y lo saques del armario.
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Autora: Natalia Moreno. Título: Madonna no nació en Wisconsin. Editorial: Galaxia Gutenberg. Venta: Todos tus libros.


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