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16 de marzo de 1936: Las nuevas Cortes

16 de marzo de 1936: Las nuevas Cortes

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Lunes, 16 de marzo de 1936: Las nuevas Cortes

Los nuevos diputados ocuparon sus escaños. Las sesiones comenzaban a las cuatro. Hasta que terminaran, habría policía montada y a pie patrullando la carrera de San Jerónimo. Muchos diputados llegaron con antelación, para compadrear con sus pares, y solo entraron cuando sonaron timbres por los pasillos. Entonces lo hicieron entre risas, como escolares después del recreo.

La sesión preparatoria del día anterior fue movida, y terminó con los del Frente Popular en pie, cantando la Internacional. Hoy los ánimos parecían más calmados. En la tribuna, al embajador estadounidense, Claude Bowers, le impresionó la ausencia de rostros familiares. Alejandro Lerroux no estaba. Y José María Gil-Robles, el líder de las derechas, parecía encogido. A Santiago Alba, empequeñecido en medio de los cuatro miembros que sobrevivían a la hecatombe del Partido Radical, se le veía triste, desilusionado. En cambio, Largo Caballero, Indalecio Prieto y la Pasionaria, la combativa dirigente comunista, mostraban rostros resplandecientes.

"El salón de sesiones estaba atestado. Había más diputados que escaños"

A las siete, para escuchar el discurso de Diego Martínez Barrio, presidente interino de las Cortes, Azaña recuperó su sitio en el extremo del banco azul. La última vez que habló desde allí fue días antes de la crisis de septiembre del 33. Hoy lo hacía con la sensación de que fuese ayer mismo. Esta vez todos parecían conformes con que el sitio le pertenecía. Lo ocupó con su mejor cara de póquer y no sin satisfacción. Desde la tribuna diplomática, los embajadores de Francia y de Estados Unidos le saludaron cordialmente. El salón de sesiones estaba atestado. Había más diputados que escaños.

—…No defraudemos esas esperanzas. Recordemos que todos podemos ayudar al bien público poniendo en alto el pensamiento y la voluntad rendida y dispuesta a defender los altos intereses que nos son comunes —concluyó Martínez Barrio.

Se sucedieron los aplausos y Azaña, viendo tan nutridos sus batallones, pensó: esto ya es otra cosa. Después de un mes de disputas en torno a las actas y a falta de los resultados de la segunda vuelta en algunas circunscripciones, quedaba establecida una primera Cámara en la que Izquierda Republicana tenía casi ochenta diputados en el seno de una amplia mayoría del Frente Popular, si se contaba a los catalanes.

¡El idiota de Portela!, pensó. El Centro Democrático no llegaba a veinte escaños. Portela había creído de verdad que podía controlar las elecciones. Pero al final los resultados eran los que eran. Aun así los diputados de las derechas, entre monárquicos y tradicionalistas, los casi noventa representantes de la CEDA, agrarios, mauristas, los republicanos de Melquíades y los cuatro radicales de Alba, sumaban cerca de doscientos escaños. Si no los hubiera debilitado Portela con su estrategia, reflexionó, habrían ganado las elecciones.

—Y ahora, si me permiten ejercer mi función —dijo Martínez Barrio, cogiendo la maza—, se cierra la primera sesión de estas nuevas Cortes de la Segunda República española.

En el pasillo, se vio cierta conllevancia entre los diputados que contrastaba con la beligerancia en el interior del hemiciclo. El periodista Josep Pla, bajando de la tribuna de prensa, comprobó que a ciertos parlamentarios de derechas se les permitía escuchar lo que se decían en los corros de izquierdas. Eso contrastaba con el incidente de por la tarde, cuando un diputado del PSOE se negó a dar el viva a la República y fue escoltado fuera por dos ujieres, entre abucheos republicanos.

—Me alegro de verle. Me habían dicho que estaba usted desaparecido y en el extranjero —le dijo a Gil-Robles, cuando vio que pasaba cerca el orondo político salmantino.

"Ya no eran solo los medios de izquierdas quienes le atizaban por su fracaso. Don José María Gil-Robles se acarició la corbata. Resultaba imposible saber en qué podía estar pensando"

—Ya ve que son rumores. Lo único que hago es alternar mis estancias en la capital con pequeñas escapadas a Salamanca, por cuestiones de seguridad. Pero sigo ejerciendo mis funciones y no reniego de ninguna responsabilidad —contestó el jefe de la CEDA, que ya iba digiriendo la sangrante derrota.

Ya no eran solo los medios de izquierdas quienes le atizaban por su fracaso. Don José María Gil-Robles se acarició la corbata y clavó su vista, pensativo, en la espesa alfombra bajo sus pies. Resultaba imposible saber en qué podía estar pensando, concluyó Josep Pla.

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