Inicio > Firmas > Textos de autor > La doctora no me cree, lo veo

La doctora no me cree, lo veo

La doctora no me cree, lo veo

A la puerta de la consulta de la doctora uno se siente, se sabe, vulnerable. Todo son dudas y respuestas ensayadas en las que te mientes a ti mismo con la absurda e inútil esperanza de engañarla a ella y a sus inquisitoriales preguntas: ¿comes lo que toca?, ¿haces los ejercicios? Frente a esa puerta, cada año, repaso mentalmente todo lo que prometí hacer y no hice, convencido —pánfilo— de que ya empezaré el próximo mes. Y los meses pasan. Y los años. Y uno sigue llegando con el mismo zurrón de excusas, pastor de sus fantasmas.

Ya en la puerta notas síntomas que quizá no sean más que la traducción de uno solo: el parraque. La angustia de creer que estás peor que la última vez, que tu cuerpo se deshace lentamente por la enfermedad, el desgaste y la edad. Ese temblor invisible, hecho solo de pensamientos, es lo que tecleo mientras espero. Porque ahora, además de sudar por puro nervio, escribo. He aprendido que poner palabras al miedo lo vuelve un poco más manejable.

Los días previos a la revisión los tengo bastante domesticados. Son ya unos cuantos años de chequeos y he aprendido a retrasar el canguelo hasta el último momento. Este. Justo aquí. Ahora. Antes me torturaba durante semanas; hoy administro mejor la ansiedad. No porque sea más valiente, sino porque me he cansado de sufrir por adelantado.

También he aprendido a aprovechar mejor el tiempo. Escribir lo que siento justo aquí, mientras aguardo a cruzar ese umbral, me sirve para ordenar la danza de espejos de lo que soy, lo que aparento, lo que me creo y lo que en realidad muestro: un yo que se hace el fuerte; otro que dramatiza cada pinchazo mientras sonríe a la enfermera.

A solas en el sarcófago, con los cascos y el líquido espeso iluminando tu cuerpo por dentro, uno aprende más sobre sí mismo que en muchos divanes de Instagram. Observas a los demás, inventas historias, te reconoces en sus gestos. Supongo que todos compartimos el mismo desasosiego: que el cuerpo decida un día declararse en huelga. Nadie te enseña a convivir con la incertidumbre cotidiana, con el valor de sentarte y esperar el diagnóstico, ese que te convoca cada año ante una doctora que es una crack y no te oculta ni dulcifica nada.

Lo que en realidad espero no es muy cuerdo: mejorar sin esfuerzo. Salir con buenas noticias sin haber hecho los deberes. Como cuando iba al examen confiando en el compañero y pensaba, medio en broma, medio en serio: «Déjame mirar el tuyo y así me entero». Con la salud hacemos lo mismo: queremos resultados sin disciplina, milagros sin constancia.

A la puerta de la consulta me aferro a la cara sin reproche de Teresa. Ella no juzga mis retrasos ni mis olvidos. No enumera mis fracasos. Me mira como quien sostiene una linterna en un túnel. Es el báculo cuando flaqueo, la voz serena que traduce datos en esperanza y límites en posibilidades. Gracias a ella entiendo que cuidarse no es una penitencia, sino un pacto silencioso con el futuro. Y entonces respiro, llamo a la puerta y entro.

—Hola, Pery, ¿cómo vas?

—Todo en orden, Celia, todo en orden.

—Sal al pasillo y vemos cómo estás de equilibrio.

—Claro.

¿Han navegado alguna vez? ¿Cruzado de popa a proa de un barco? Pues en el Clínico un día sacarán entradas para cruzar apuestas y ver si llego entero al final del pasillo. Son unos jodidos metros, pero zigzagueo como si estuviera cruzando el Cabo de Hornos en un velero. Celia me observa seria. Sospecho que se ha dado cuenta —cómo no hacerlo ante mi bamboleo— de que le he contado un cuento con más fábula que las aventuras del barón Munchausen. Celia, que se formó en Alemania, quizá piense para sus adentros qué esperpento de paciente es este cincuentón que le dice una cosa y le muestra en el pasillo otra muy distinta.

Es verdad. Pero me aferro al mal de muchos y me declaro absolutamente bobo. ¿O acaso no han mentido más de una vez ante el batín blanco? Seguro. Somos tan tontos como cobardes y creemos que, driblando al galeno, con suerte nos aligerará la mochila de prescripciones que todo diagnóstico acarrea.

Lo malo es cuando, como yo —el más idiota de todo el firmamento—, pretendo mentir no a una sino a las dos mujeres de mi vida: Celia, mi doctora; Teresa, mi mujer. Con ella la cosa es más complicada. No hace falta discutir: basta ver esa mueca de decepción cruzar su rostro para verme como realmente soy: trilero, egoísta, inconstante, pueril e indolente.

Así que, de nuevo ante la puerta de mi doctora, pienso que esta vez, al primer zigzagueo, me pondré de rodillas, entonaré un salmo y pediré perdón como un penitente. Mucho me temo que resultará huero. Como cuando de crío juraba haber terminado unos deberes que ni había abierto. Un trimestre después, la galerna en casa me hacía naufragar entre tanto suspenso.

Será que no aprendo.

Les dejo, que entro. Otro día les cuento cómo van mis balanceos.

2.5/5 (2 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios