Me estaba afeitando para tomar un café con la chica de la que anduve enamorado en el instituto cuando mi madre entró en el baño y se quedó mirándome. Después fue al salón y oí que, con una desaforada emoción, le decía a mi padre:
Supuse que aquel comentario desembocaría en: “…a ti cuando eras joven”. Pero, para mi sorpresa, fue mi padre el que completó la frase:
—A Barış.
Lo dijo con el tono de quien ya ha tenido demasiadas veces esa misma conversación. Y mi madre confirmó entusiasmada:
—Sí, a Barış.
Yo pensé que se referían a Varys, el eunuco gordo y calvón de Juego de tronos, y salí a medio afeitar para salvaguardar mi honor.
—¿Qué estáis diciendo de que me parezco a Varys?
Luego resultó que se trataba de un tal Barış Arduç, el protagonista de Kiralık Aşk, la serie turca que ocupa actualmente el puesto número uno en el corazón de mi madre. Digo “actualmente” porque mi madre ya tiene un largo historial como espectadora de series turcas y como devota admiradora de los galanes que las interpretan.
Cuando mi hermana me contó, hace unos años, que mi madre se había aficionado a las series turcas, creí que era una coña. ¿Desde cuándo había series turcas en España? ¿Y desde cuándo había gente que las veía? Y lo más preocupante de todo: ¿qué hacía mi madre metida en ese mundo?
Más tarde, como la fiebre no remitía, me atreví a comentar el asunto con gente de mi entorno:
—Mi madre se ha hecho adicta a las series turcas.
Lo dije con vergüenza, como si les estuviera confesando: “Mi hijo se ha hecho adicto a la heroína”.
Sucedió entonces que todos mis amigos reconocieron que sus madres se encontraban en el mismo pozo que la mía, que habían empezado con un capítulo, solo para probar, y que habían acabado desarrollando una dependencia extrema por este estupefaciente audiovisual turco.
—Tendrías que verla cuando habla del actor de la serie —me dijo uno—. Me da miedo cómo le brilla la mirada. No parece la misma.
Aquel día comprendí que el virus de las series turcas no se limitaba a un caso aislado, sino que estaba provocando los estragos de una epidemia. “Mi pobre Bovary sin duda sufre y llora, en este mismo instante, en veinte pueblos de Francia”, escribió Flaubert. Y yo me pregunto: ¿Cuántas madres suspiran por un galán de serie turca en un sinfín de pueblos, aldeas y pedanías de esta España nuestra? ¿Cuantísimas se han puesto el retrato de ese mismo galán como fondo de pantalla del móvil cual adolescentes de los 80 que forraban sus carpetas con las fotos del Súper Pop?
Es tal la magnitud de esta plaga que la única certeza de nuestros días, cuando todas las demás se están yendo al carajo, es el triunfo inapelable de las series turcas. Se desvanecerán las pensiones, la democracia y la fe de nuestros mayores, y en ese mundo en cenizas tan solo quedarán las series turcas y una legión de madres groupies coreando el nombre de sus galanes.
La primera de estas series que mi madre vio fue Sen Çal Kapımı, con Kerem Bürsin en el papel principal masculino. Este galán fue el verdadero responsable de que mi madre se convirtiese en una turcoadicta, pero su imperio llegó a su fin con la llegada de Alp Navruz, protagonista de Ada Masalı, quien a su vez fue derrocado por Can Yaman (de la serie Bay Yanlış), que acabó cediendo el trono a Barış Arduç (de Kiralık Aşk), actual monarca absoluto en el turcouniverso de mi madre. Me desconcierta la ligereza con la que mi madre cambia de galán de serie turca favorito.
—Te pareces a Kerem Bürsin —me dijo mi madre cuando se enganchó a la primera de las series.
Luego me fue diciendo lo mismo con cada nuevo galán que sustituía al anterior. Esta similitud sucesiva es harto improbable porque Kerem Bürsin, Alp Navruz, Can Yaman y Barış Arduç no se parecen en nada. En lo único en lo que se parecen es en que todos se parecen a mí.
Lo que ocurre es que mi madre cree me parezco a todos los hombres a los que admira. Incluso cuando Barack Obama estaba en el apogeo de su gloria, con todo el cariño —y la ceguera— de la que solo una madre es capaz, me llegó a decir: “Mi Obamita”.
Más allá de la diversión que le proporcionan a mi madre, las series turcas ejercen una influencia cada vez mayor en su vida. Ahora cocina platos como los que ha visto comer a los personajes, prepara infusiones con las mismas mezclas de especias y se ha aficionado a beber un ayran a media tarde. Cuando mi hermana estaba embarazada de mi sobrino Aimar y todavía no sabíamos el sexo del bebé ni cómo se iba a llamar, mi madre calculó el mes en que iba a nacer y desde entonces siempre se refirió al miembro venidero de la familia como Haziran, que es el nombre de un personaje de Ada Masalı y que significa junio.
La mayor transformación, no obstante, se operó en las habilidades informáticas de mi madre, que hasta entonces habían sido prácticamente nulas (una vez la vi mover el ratón en el aire como si fuera un mando a distancia). Desde que ve series turcas, mi madre se ha creado perfiles en redes sociales (con nombres turcos) para seguir a sus galanes y para intercambiar opiniones con otras madres; se ha abierto Spotify para hacerse una lista de reproducción de bandas sonoras turcas; se ha leído un trabajo de fin de grado que encontró en internet, de una tal Inés Aguerri Alonso, titulado Jane Austen en el Bósforo: Referentes literarios en las telenovelas turcas. Estudio del caso de “Kiralık Aşk”; y se ha metido en un canal pirata de Telegram para bajarse sus episodios favoritos. Cualquier día hackea el sistema de una productora para apoderarse de sus series.
Este fervor por las series turcas debía naturalmente culminar en un viaje a Turquía, adonde mi madre se fue con su mejor amiga. Yo estaba acojonado de que mi madre, que no habla ni papa de inglés, saliera del Espacio Schengen.
Mis temores, sin embargo, resultaron infundados porque mi madre se movió por Turquía como pez en el agua (y como ave en los aires, porque montó en globo). De aquel viaje volvió con una maleta más de la que se había llevado, repletas ambas de maravillas, como si fuesen los baúles de un mercader veneciano. Mi madre había adquirido, entre otras cosas, dos chaquetas de piel, fulares de seda, una tetera doble, bolsas de especias y un mortero con maza de ónix para triturarlas, pendientes, colgantes, amuletos con ojos turcos y perfumes deliciosos y diversos, como aconsejaba comprar Kavafis a quien emprendiese el viaje a Ítaca. Vino también con un traje de sultán para mi sobrino Aimar, con el que se vistió de rey Gaspar en el belén viviente de la guardería. A mí me trajo un anillo con una piedra preciosa de Capadocia para cuando conozca al amor de mi vida.
—Voy a escribir en Zenda sobre las series turcas —le dije a mi madre cuando acabé de afeitarme.
—¿En serio?
Mi madre estaba radiante. Nunca la había visto tan orgullosa de mi escritura como aquel día. A continuación, me empezó a hacer una lista de todas las series que debía ver.
—No puedo ver tanta serie —le dije—. De hecho, no voy a ver ninguna.
—Pero tendrás que ver episodios de varias series para que el texto parezca verídico, para que la gente piense que estás enterado del tema aunque no sepas nada.
—No, déjate, que yo ya sé cómo lo voy a orientar.
—Bueno, pero como mínimo un episodio de Kiralık Aşk sí que tendrás que ver, para conocer a Barış.
—Paso de Barış.
Mi madre pulsó entonces la única tecla capaz de despertar mi interés. Me contó que Barış interpretaba a un diseñador de calzado femenino.
—Le pasa como a ti —me dijo—: que está obsesionado con los zapatos de las mujeres.
Solo por esto di mi brazo a torcer.
—Vale, medio episodio y ya está.
—Bölüm —me corrigió mi madre—. Episodio en turco se dice bölüm.
Porque mi madre no sabe ni papa de inglés, pero podría sacarse con nota el diploma avanzado de turco.
—Pues medio bölüm —le dije—, pero no más.
—Tienes que ver hasta que se dan el primer beso, porque es la primera escena en la que los dos están juntos y la actriz dijo que cómo iba a darle un beso a Barış si lo acababa de conocer, pero Barış insistió y dijo que esa escena se tenía que rodar sí o sí. Ya verás qué beso.
Al sentarme a ver el primer bölüm de Kiralık Aşk, recordé que fue en aquel mismo salón, y también en compañía de mi madre, donde vi con ocho años mi primera telenovela. Se llamaba Topacio y era un culebrón venezolano protagonizado por Grecia Colmenares, de quien por supuesto me enamoré (¿cómo no te vas a enamorar de una mujer que se llama Grecia Colmenares?). El argumento de Topacio es tan extraordinario que no me resisto a contároslo.
Topacio es la hija de una familia rica, los Sandoval, pero, como nace ciega, la intercambian al nacer con un niño pobre que ha perdido a su madre en el parto, Jorge Luis. Topacio se cría entonces en una choza con Domitila, la comadrona que ha hecho el intercambio y que jamás le revela su secreto, y más tarde es acogida por el doctor Buitrago, que está enamorado de ella, pero que tiene el rostro desfigurado porque una vez salvó a Topacio de un incendio. Cuando Jorge Luis acaba sus estudios de Medicina, vuelve a la hacienda de los Sandoval y conoce a Topacio. Los dos se enamoran y se casan en secreto, pero, cuando Jorge Luis se ausenta, su padre (que en realidad es el padre de Topacio) echa a Topacio de la hacienda y la manda con el doctor Buitrago, que intenta besarla, y entonces Topacio le toca la cara y descubre sus cicatrices y le provocan tal repulsión que se desmaya. Y cuando recupera el conocimiento, el doctor Buitrago la engaña y le dice que la violó cuando estaba inconsciente, y más tarde Topacio descubre que está embarazada y cree que el hijo que lleva en su vientre, que en realidad es de Jorge Luis, es del doctor Buitrago. Y se lo cuenta a Jorge Luis, y Jorge Luis la abandona y se va a trabajar a Caracas. Y más tarde Topacio se va a Caracas a operarse de la vista, y entonces el médico se enamora de ella y le hace la operación gratis y la contrata de secretaria en el hospital, y en ese mismo hospital trabaja Jorge Luis, pero Topacio no sabe que es él porque Jorge Luis jamás habla en su presencia para que no lo reconozca, hasta que un día no tiene más remedio que hablar, y Topacio reconoce su voz. Y el doctor Buitrago va entonces a Caracas para operarse del rostro para poder seducir a Topacio, y el médico que lo opera es el mismo que operó a Topacio de la vista, pero en mitad de la operación le da un parraque y la palma, y entonces Jorge Luis tiene que acabar la operación que hará atractivo al hombre que provocó su infelicidad. Y el doctor Buitrago intenta conquistar a Topacio, pero le da un ataque al corazón y, antes de morir, le cuenta la verdad a Jorge Luis sobre el hijo de Topacio, y de la impresión Jorge Luis se queda ciego, y ahora es Topacio quien cuida de él, como él cuidó de ella cuando era ciega, y al final de todo Jorge Luis recupera la vista al tomar en brazos a su hijo, el hijo que siempre fue suyo y de Topacio, el gran amor de su vida, y ese hijo se llama Margarito José. Tremendo.
Topacio me maravilló porque, a mis ocho años, todavía no estaba familiarizado con los mecanismos más elementales de la ficción, y cada episodio —que siempre acababa en alto y con Carlos Mata cantando ¿Qué por qué te quiero?— me dejaba ardiendo en deseos de ver el siguiente. Mi fascinación llegó a tal punto que coleccionaba los resúmenes semanales de la serie que venían con la revista Teleindiscreta. Luego vi más culebrones (alguno también con Grecia Colmenares, que interpretaba a dos gemelas) y, al reconocer el patrón argumental, perdí el interés por ellos. Mi madre, sin embargo, no solo había conservado el suyo, sino que lo había agigantado con las series turcas.
Empecé, pues, a ver el primer bölüm de Kiralık Aşk, que trata de lo que tratan todas las series turcas: de un hombre rico que usa trajes baratos y que se liga a una Cenicienta pibón. Las series turcas son un “Pretty Woman” low cost.
Más allá de la trama, el éxito de estas series se basa en una premisa muy simple: contratar a tíos guapos (que se parezcan a mí) y ponerlos a hacer cualquier cosa, porque las madres de España se tragan lo que les echen con tal de ver a su galán, al igual que montones de hombres se comieron un episodio tras otro de Los vigilantes de la playa (cada uno calcado del anterior) solo para ver en acción a Pamela Anderson.
Lo de hacer cualquier cosa, así a lo tonto, es exactamente lo que sucede en las series turcas, pues da la impresión de que los actores están diciendo lo primero que les viene a la cabeza. Este extremo fue confirmado por Can Yaman en El hormiguero, cuando confesó que la mayor parte del tiempo los actores están improvisando (¡Ay, Can Yaman, que tu estrella se apaga! Serás todo lo guapo que quieras, pero ya has perdido el favor de mi madre).
Los actores turcos no solo dicen lo primero que se les ocurre, sino que lo acompañan de una sobreactuación que raya en la autoparodia. Entre el histrionismo turco y el azucarón venezolano, me quedo con lo segundo. “Topacio, te amo”. “Ay, Jorge Luis”. Insuperable.
Fue avanzando el bölüm y llegamos entonces a la famosa escena del beso, en este caso un beso robado que más que beso parece mordisco. “Desde la invención del beso, ha habido cinco besos que han sido calificados como los más apasionados, los más puros. Este los superó a todos”, dicen al final de La princesa prometida. Ya os digo yo que el beso de Kiralık Aşk no está en el ránking de esos cinco primeros.
—Bueno, con esto ya tengo suficiente.
—No, espera —me dijo mi madre—, que tienes que ver cuando ella llega a su casa para trabajar de asistenta personal y va vestida totalmente diferente, y le intenta decir quién es, pero él le dice: “Cuando salgas por esa puerta, no pensarás en nada que no sea tu trabajo”.
—Lo veo después —le mentí—, que ahora tengo que irme. No quiero llegar tarde.
Recordemos que había quedado a tomar café con la chica de la que había estado enamorado en el instituto.
—¿Te has puesto perfume? —me preguntó mi madre.
—No, pero da igual.
—Siempre que quedes con una mujer, tienes que ir bien perfumado.
—Solo es un café, mamá. No es nada importante.
—Nunca se sabe.
—De todas formas, me he dejado la colonia en Lisboa.
Mi madre sacó entonces un frasco de un cajón y me lo tendió.
—Esencia de Turquía —me dijo.
Tomé el frasco y me perfumé con una sonrisa (ya no solo me parecía a Barış, sino que ahora también olía como él). Al despedirme, di gracias a la vida, como hago cada día, por tener una madre tan extraordinaria.
Me encaminé entonces a la Plaza Séneca, donde me había dado cita con la chica —la mujer, debería decir— de la que me había enamorado como un perro en los dos últimos cursos del instituto.
Apenas habíamos hablado en aquellos dos años que me pasé contemplándola embobado, ni siquiera aquel día en que me armé de valor y le entregué un deplorable poema que le había compuesto (y en romance, además, que es la rima más facilona). Recuerdo que se lo di un viernes, para no tener que enfrentarme a su reacción al día siguiente, y que me limité a decirle: “Te he escrito esto”. Recuerdo que en aquella época sentía el amor como una dolencia física, y recuerdo también unas vacaciones que me pasé viviendo sin vivir en mí, desesperado de no verla y oyendo en bucle canciones de Coyote Dax.
Acabó el instituto y nuestros caminos fueron trazándose, sin cruzarse jamás, a lo largo de tres continentes, hasta que recientemente ella había descubierto mis escritos en Zenda y me había contactado por redes sociales. Y veinticinco años después de aquel poema infame, volvíamos a encontrarnos en Alicante, el punto de partida, para sentarnos por primera vez a tomar un café. La vida parece a veces una serie turca.





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