Las ortigas son plantas perennes que tienden a picar, pero su simbolismo invita a pensar que ese dolor es, en ocasiones, necesario para fortalecernos frente al envite de los acontecimientos. Algo similar sucede en Hay quien prefiere las ortigas (Satori, 2025), de Tanizaki Junichirō: una novela que convierte la incomodidad, la indecisión y la herida emocional en una forma de mirar el mundo. En un espectro opuesto estaría la lavanda, asociada al equilibrio y la calma; o el lirio rojo araña, también llamado flor del infierno, símbolo de despedida y muerte. Elegir entre unas y otras no es trivial. Tampoco lo es escoger entre modos de vida, afectos o tradiciones.
La obra pertenece a un periodo de tránsito en la trayectoria de Tanizaki, algo que se percibe tanto en su temática como en su tono. El lector se adentra en los entresijos de un matrimonio en decadencia, el de Kaname y Misako, que avanza hacia un divorcio continuamente postergado. No es la falta de motivos lo que impide la separación, sino una mezcla de inseguridad, pasividad y miedo a las consecuencias. Ambos esperan que sea el otro quien tome la decisión, y esa espera se convierte en una forma de desgaste.
Hay quien prefiere las ortigas es también una novela de contrastes culturales. Tanizaki sitúa el conflicto entre Oriente y Occidente en un espacio muy concreto: el Japón de entreguerras, con Tokio como emblema de la modernidad occidentalizada y Kioto/Osaka como refugios de la tradición.
En este juego de tensiones destaca la figura del suegro de Kaname, firme defensor de las costumbres clásicas japonesas. A su lado aparece Ohisa, joven concubina que encarna un ideal femenino heredado del pasado. Frente a ellos se sitúa Misako, que aspira a una vida más cercana al modelo de las moga, mujeres modernas influenciadas por los usos occidentales. Kaname, atrapado entre ambos polos, observa más de lo que actúa, desea más de lo que decide. Así, la novela retrata con precisión quirúrgica esa pasividad masculina que Tanizaki no excusa ni condena abiertamente, pero sí expone con ironía. Mientras Misako inicia una relación con otro hombre, Kaname se refugia en casas de placer y en la fascinación por mujeres extranjeras —véase la sensual Louise—, como si el deseo pudiera sustituir al compromiso. En este sentido, la figura de Takanatsu, primo de Kaname, funciona como contrapunto: empresario viajero, divorciado y resuelto, representa la capacidad de tomar decisiones sin renunciar por ello a la inteligencia emocional.
Tal como señala Carlos Rubio, la novela dialoga de forma evidente con la vida del propio Tanizaki, marcada por conflictos sentimentales similares y por un progresivo alejamiento de su inicial fascinación por Occidente para abrazar la cultura clásica japonesa a finales de los años veinte. Esta transición personal se va filtrando en cada página del texto.
A su vez, uno de los elementos más sugerentes de la obra es la presencia del bunraku, el teatro de títeres japonés. A través de él, Kaname comienza a experimentar una atracción creciente por lo clásico: la delicadeza de los movimientos, el parpadeo casi humano de las figuras, la música del shamisen y la voz de los narradores ejercen sobre él un efecto hipnótico. Tanizaki consigue que algo que podría resultar ajeno o pesado para el lector se transforme en una experiencia estética fascinante, especialmente en su exposición del bunraku en la isla de Awaji. Obras como Diario de una campanilla o Los amantes Oshun y Denbei no solo se describen, sino que parecen cobrar vida ante nuestros ojos con el pasar de las páginas.
Otro de los valores de Hay quien prefiere las ortigas radica en la manera en que presenta una situación fácilmente extrapolable al presente: el miedo a decidir, la parálisis emocional y la huida hacia formas de deseo que evitan el conflicto. Al mismo tiempo, ofrece el retrato de un Japón en plena transformación, donde conviven la megalópolis y la aldea, la modernidad y la nostalgia. Una mirada que dialoga con la narrativa de Natsume Sōseki y Mori Ōgai, autores representativos de una literatura atravesada por la tensión entre lo tradicional y lo moderno.
De esta forma, Tanizaki no ofrece respuestas claras ni soluciones reconfortantes. Ofrece, más bien, ortigas: elecciones que pican, relaciones incómodas y una belleza que no siempre es amable. Quizá por eso su literatura sigue escociendo. Por eso sigue siendo necesaria, y esta novela lo demuestra.
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Autor: Tanizaki Junichirō. Título: Hay quien prefiere las ortigas. Traducción: Rumi Sato. Editorial: Satori. Venta: Todos tus libros.


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