Foto: Lisbeth Salas.
Adalber Salas Hernández es un poeta, traductor y ensayista nacido en Caracas, Venezuela, en 1987. Es autor de libros de poemas como Salvoconducto (XXXVI Premio de Poesía Arcipreste de Hita; Pre-Textos, 2015), La ciencia de las despedidas (Pre-Textos, 2018), Nuevas cartas náuticas (Pre-Textos, 2022), Las fuerzas débiles (Vaso Roto, 2024; escrito junto con Elisa Díaz Castelo) y Breve vocabulario del exilio (Elefanta, 2025), así como los volúmenes de ensayo Clarice Lispector: El lugar de la poesía (Ril Editores, 2019), Palabras sin dueño: Variaciones sobre la traducción literaria (UNAM, 2019), Isolario (Pre-Textos, 2023) y Retrato del traductor con cabeza de perro (Libros de la resistencia, 2023). Ha traducido obras de Marguerite Duras, Antonin Artaud, Charles Wright, Pascal Quignard, Mark Strand, Lorna Goodison, Yusef Komunyakaa, Anne Boyer, Roger Robinson, René Depestre, Li-Young Lee, Gerald Murnane, Georges Bataille, Jamaica Kincaid, Safiya Sinclair, Patrick Chamoiseau, Édouard Glissant, Edwidge Danticat, Suzanne Césaire, Kamau Brathwaite y Frankétienne. Presentamos una selección de poemas de su último libro, El sermón de las cosas mudas, publicado en 2026 por la editorial Pre-Textos.
***
Mateo 5:1
Hay un hombre hablando sobre la montaña.
Su voz se mece, su voz merodea
como un lince entre quienes se han
reunido a escucharlo, voz oleosa,
a pesar del calor y el cansancio.
La montaña no dice nada.
Sólo espera, del mismo modo
que siempre ha esperado.
Así es como han crecido sobre ella
zarzas y yerbajos y unos pocos árboles
que el viento ha retorcido en puños.
Así es como han hecho su hogar en ella
coyotes y topos y liebres y gavilanes
y alguna que otra serpiente.
Esta montaña nunca fue un dios
ni la base cansada de un templo.
No fue un lugar de peregrinación
ni en su cima se oficiaron sacrificios
o misterios. Nadie purgó sus pecados
subiendo o bajando de rodillas
la piedra tartamuda de su lomo.
A sus pies no ocurrió una batalla célebre,
bajo ella no hay ningún héroe sepultado.
No oculta en su entraña venas encendidas,
la alegría sanguinaria del oro. No guarda
dentro de sí un corazón incandescente,
un sol sin paz.
Se conforma con ser sólo montaña,
escarpada y oscura,
diente cariado de la tierra.
Montaña sin más señas, sin apellido,
patria de polvo detenida.
No trae consigo una nueva ley
ni pretende abolir la antigua:
si tiene un sermón,
es un sermón mudo;
si tiene una prédica,
es una prédica sin testigos.
Podríamos escucharla, quizás,
si contáramos con siglos, si oyéramos
con paciencia insoportable, quietos
con la quietud de las casas vacías.
Entonces, tal vez, escucharíamos
algo así como:
bienaventurados los lentos de espíritu
o los que no tienen ninguno.
***
Buey desollado
(Chaïm Soutine, 1925)
Carne cóncava, carne cauce
para la sangre, carne cuenco
como mano extendida, presta
a recibir los dones. Carne, el pan
más difícil. Carne pozo y charca
donde se juntan las heces del recuerdo.
Carne: granada, músculo enguayabado,
fruto sin tregua. Carne oxidada como
hierro viejo. Carne cansada, carne
vencida por el hacha del carnicero
y el misterio cruel de la gravedad.
Carne sin aguja ni hilo, sin anestesia,
sin suturas: llaga despierta. Carne,
argamasa donde los huesos quedan
sepultados. Carne empantanada,
tajeada, acanalada:
un meridiano rojo la recorre.
Las vísceras ya no están,
pero casi podría olerlas, casi.
Carne, último sol de los testigos.
Las pezuñas se adivinan
como manchas negras. La cabeza
torcida aún conserva los ojos.
Cada vez tiene
menos sangre y menos
pero más
roja.
***
1 Corintios 15:13
Al cuarto minuto comienza la descomposición.
Ya nada respira allí adentro, ya
se aquieta el océano minucioso de la sangre.
Las células empiezan a romperse,
derraman sus enzimas: se digieren desde el interior.
Las bacterias, abandonadas a su suerte
devorarán los intestinos,
su nudo interminable, su abrazo piel adentro.
Son la podredumbre y sus oficios.
Entonces llegan las primeras exploradoras
con su ansia turbia y nombres sonoros:
calliphoridæ, muscidæ, sarcophagidæ,
moscardones, moscardas, con sus ojos abruptos
sus patas rápidas, enloquecidas por el olor a grasa
y los azúcares que bullen bajo la piel, los tesoros
lípidos, la saliva derramada de lo vivo.
Vienen cargadas: ponen sus huevos en los orificios
más prósperos: la nariz, la boca, los oídos, el ano,
las heridas que dan paso franco tras la piel.
Allí abajo, los tejidos se desanudan de a poco,
los músculos se desdicen. Llegan también las hormigas
y los escarabajos: fundan allí un país lento. El interior
se filtra tenue, se desbordan los ríos del cuerpo.
Mientras, las larvas comienzan su vida tubular.
Y cuántas bocas,
cuánta hambre sin ojos ni patas, arrastrándose
por los pasadizos del cuerpo con amor meticuloso,
en comulga terca, comiéndose esa carne que es ahora
de su carne resurrecta. Los tendones se descorren,
los huesos quedan a la vista.
El muerto está menos muerto cada vez: llegan
las cucarachas, los ciempiés, alguna rata,
atraídos todos por el olor lujoso de esos frutos.
Es el edén idiota del cuerpo que se ofrece.
Todo en él mastica, todo chupa y digiere y defeca,
todo es entraña laboriosa. Allí se escribe al revés
el libro de la vida, con mandíbulas y patas muchas,
con caligrafía tuerta. Y ya los gusanos
son pupas y las pupas moscas que pronto saldrán volando.
Moscas, así, hijas de una sangre tosca,
como lo son también los ángeles y los planetas.
***
Lázaro
Fue breve su tiempo en esta tierra.
De pequeño, mamó de la ubre
de su madre una leche amarga
a nuestra boca. De mayor, olisqueó
a sus pares, se revolcó en el lodo,
comió con fruición granos, trigo, maíz
y las sobras que por ahí le dejaban.
Sus chillidos hubieran podido confundirse
con los de un niño.
Vivió cinco años, veintidós
menos de los que hubiera podido.
Copuló exactamente
treintaitrés veces y procreó seis lechones,
de los cuales uno no ha sido cocinado
todavía. Si hubiera sido sometido
a alguna prueba de inteligencia,
la habría pasado. Si alguien
hubiera puesto un espejo frente a él,
se habría reconocido.
Era capaz de responder a su nombre.
Chancho, cerdo, puerco feliz,
nunca supo que las palabras
con que lo nombramos
son nuestros insultos predilectos.
Tampoco le habría importado.
La piara era el paraíso: suficiente.
Sobre su cerviz cayó dos veces
el machete. El primer golpe fue tosco,
ineficaz. Luego manó el abrazo
de sangre rota por su cuello.
Cuatro horas tras haber sido sacrificado,
científicos de la Escuela de Medicina
de la Universidad de Yale
le administraron a su cerebro una solución
rica en nutrientes y oxígeno.
Algo en él se activó de nuevo, las células
volvieron a responder, casi
como si estuvieran dentro del cráneo.
Incluso ocurrieron algunos fogonazos, destellos,
una o dos sinapsis —con ellas sus neuronas
hablaban en el vacío.
Atrás tenía ya
su nacimiento y su muerte,
monótonos y encendidos
como dos lámparas idénticas.
El resto de su cuerpo fue desangrado,
despedazado, empacado y vendido:
cosa rasgada y fin de mundo.
Un observador despistado habría
podido confundir su esqueleto
con el de un perro: la misma postura,
el hocico proyectado hacia adelante,
la mínima catedral de las costillas
sin relicario. Pero un examen preciso
revelaría los dientes planos como escalones,
la frente inusualmente proyectada, los dedos
de las patas casi humanos.
Los huesos sobrantes fueron
molidos y dispersados
como sal vieja.
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Autor: Adalber Salas Hernández. Título: El sermón de las cosas mudas. Editorial: Pre-Textos. Venta: Todos tus libros.



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