Conozco a Ferrer Lerín desde hace más de quince años. Creo que puedo afirmar que no le gusta la literatura, o más específicamente, no le gusta hablar de literatura, o, siendo aún más preciso, no le gusta hablar de su literatura.
Una vez en Torredonjimeno, su patria chica del sur, estuvo recabando historias del pueblo y los apodos, que le parecían dignos de protagonizar algunos de sus textos, pero nada de literatura. Piturda, mítico cartonero, y Paco Meriendas, por ejemplo, ahora un potentado dueño de restaurantes españoles en Inglaterra. El amor a las palabras lo caracteriza, a los topónimos, y principalmente a los animales, a todos, desde el lagarto a la tortuga, desde el camaleón al pájaro muerto encontrado por la calle.
“¿Vosotros pensáis que va a pasar algo de lo que no ha pasado todavía?” (Nos soltó esa tautología, claro, entonces yo no lo conocía mucho).
Reconoció en otra ocasión que cómo no iba a gustarle Jaca y su comarca, con todos los nombres que tiene esa región para investigar: Javierrelatre, Gracionepel, Ascara, Embún, Sinués, Urdués, Acín, y tantos otros nombres de localidades que rodean su patria del norte. Porque Lerín es un niño de ciudad que se vino a vivir al campo. Y ahí sigue. Más o menos.
Lerín es más que un escritor, un lector curioso al que la literatura, tal y como se entiende, le da igual. O le da igual como pueda entenderse en el término tradicional, de vida literaria.
En otra ocasión, en la antigua Facultad de Medicina de Granada, en el Festival de Poesía, dio una pequeña conferencia sobre las aves y su vuelo en las estribaciones prepirenaicas. Y lo que tenía que hacer era leer su poesía en dicho acto. Y escribir un soneto. El caso es que el público lo agradeció y acabó riendo las ocurrencias del ornitólogo de campo que es Ferrer Lerín, pero no hay ni rastro de literatura, o de su literatura: es como si hubiera decidido pasar a la historia literaria como un científico especializado en aves. No hace mucho, de hecho, redescubrió un tipo de lagartija: “Expansión hacia el norte de la lagartija colirroja, (Acandodacthylus erythurus)”, en Boletín de la Asociación de Herpetología de España, (2019).
Y es que lo que hace con pasión Lerín es salir al campo, pero no como la gente ahora, a dar vueltas por dar vueltas, sino a investigar, a ver fauna, y es cuando se le ocurren sus ideas más creativas, el Arte Casual, allá por los ochenta, o una lagartija en un sitio que no le correspondía, o a apaniaguar a los buitres, porque Lerín es un pastor de buitres, sobre todo. Y escribe.
Y es que antes de ornitólogo fue herpetólogo, y estudió Ciencias Ambientales en Barcelona. De literatura aún nada.
Creo que tuvo que esperar para darse cuenta, muchos años después, hasta que se lo dijeron algunos amigos y críticos literarios, que lo que él hacía era literatura, pero nada de hablar de ella. Le cansaba esa perorata absurda, a veces, sobre la creación y sus vicisitudes, que tanto gusta a algunos, pero que a Lerín, y a Borges, tanto le aburrían.
Según he leído, a Borges le ofrecieron para leer una tesis doctoral sobre su obra, y él afirmó que no le interesaba en absoluto esa persona, el otro que escribía, ni tampoco cómo lo hacía. Se consideraba el argentino una especie de Jekyll y Hyde: el que escribe no sabe nada de la persona que sostiene la pluma, y viceversa.
Algo parecido le ocurre a Lerín, desde joven fue así. Los naipes, la erotofilia, el cine, de literatura nada.
Al principio recuerdo que le gustaban los naipes, pero no diré más sobre ello porque ya se ha escrito mucho de esto. Y como sus amigos eran poetas, él se dejó llevar por esa acción, pero lo que le gustaba era el cine, e iba nada menos que con Gimferrer, en la juventud, a las largas sesiones de westerns y cine italiano, y a las librerías, y de ahí lo de escribir, como un pasatiempo lúdico, pero inquietantemente moderno en los comienzos de los sesenta: ese uso de los adjetivos, o esa disposición versal tan extensa, como una letanía de una nueva poesía que aún no había sido creada, ni siquiera por los novísimos. A él no le hizo falta pertenecer a esa escuela, ya que, como dijo Ferlosio, “¿qué sabe el lagarto de Historia natural?”.
Por este rechazo a lo literario, a él tuvieron que explicárselo después, estuvo treinta y tres años sin escribir, o sin publicar libros literarios, tanto le daba. Ese lapsus temporal hubiese acabado con cualquier escritor normal, pero a Lerín lo definió. Su primera etapa había sido una prueba, y una definitiva, porque cuando los críticos leyeron esos libros, mucho después, tenían más de treinta años, se leían de una vez, y quedaban ajenos a modas y modelos preconcebidos. Por lo tanto, hubo que crear de nuevo a Lerín, y ahí estaba, publicando, ahora sí, textos que poco tenían que ver con los cánones poéticos y sí mucho con la literatura científica, con el buitre y su aspecto, con el cuervo y su morfología, con las carroñadas y los montes cercanos. Lugares donde anidan los arrendajos, mechinales donde reposan del vuelo los aviones y tantas otras cosas que no tienen que ver con lo literario, pero sí con su literatura radical.
Metazoa, al cuidado de Víctor Gomollón, en la excelente editorial Jekyll and Jill, puede leerse como una novela biográfica. Una basada en los hechos que componen las teselas del mosaico Lerín: desde fuera, la imagen no se percibe bien, pero cuando se entornan los ojos se configura una imagen nítida de su vida, los lugares donde ha estado, las amistades a lo largo, las horas y horas de observación, la relación profunda con lo natural. Una especie de diario de lo natural. Notas tomadas rápidamente que van formando los diferentes capítulos de su azarosa biografía, aún por escribir, porque Lerín es, ante todo, otro de sus personajes (recuerden aquello de la máscara y de la persona), hasta llegar a confundirse o fundirse en uno mismo.
Metazoa tiene como subtítulo Presencias faunísticas y se organiza en bloques como “Amphibia”, “Aves”, “Invertebrata”, “Mammalia”, “Reptilia”. “La intrusión de la etología y la nomenclatura faunística han conformado mis relatos llevando a extremos de pura animalización del protagonista, o sea yo, que conversa, con toda naturalidad, con insectos y responsabiliza de su suerte a testudínidos de agua dulce”, afirma en una entrevista reciente en Quimera.
Literatura científica a la que tanto debe su obra.
En este caso, Metazoa ha sido montado por el propio autor. Es decir, él ha actuado como antólogo de su propia obra, entre la gran cantidad de material que van engrosando sus colaboraciones con el blog literario El Boomerang, y también con los textos de alta calidad que nutren su propio blog, ferrerlerín.blogspot.es, donde aparecen sus obsesiones más conocidas, en este caso la vida natural, que es la actividad que más ha ocupado su vida personal, y asimismo la laboral, la estrecha relación que tiene con la naturaleza. A pesar de que su aspecto físico sea más el de un urbanita, sale con frecuencia a apaniaguar buitres cerca de su casa en Jaca.
En esta colección, los relatos destacan por esa especial vinculación del autor con el entorno, verdadera preocupación del escritor, para lo que propone diferentes soluciones medioambientales.
También destaca el uso del humor en sus pequeños relatos, algo tan denostado en estos días en literatura. Porque Ferrer Lerín también tiene risa, aunque haya algunos que afirman que nunca ha sonreído.
Cuando se lee a Lerín siempre se tiene esa impresión de leer a autores clásicos de la Ilustración, como el padre Feijoo. En ocasiones remite a uno de esos textos variados de su Teatro crítico universal donde trataba todo tipo de cuestiones, con ese estilo preciso, que Lerín parece heredar del lenguaje prístino, previo a la reunificación de la ortografía, porque posee sus propias marcas lingüísticas.
El texto “Avellanas” es una maravilla narrativa, un artefacto perfecto, se mueve entre la descripción del dolor y la venta de ese dolor. Surge de la deformación, un tema predilecto en su narrativa, lo deforme: en este caso, la aparición de verrugas en el cuerpo de un hombre, y la venta de esas verrugas extirpadas que nacen y crecen como personas pequeñas con vida propia.
“Las verrugas eran cortadas con fina cuchilla. Se colocaban en grandes fuentes de porcelana sobre una capa de arena húmeda […]. Cuidadas crecían. E iban adquiriendo formas humanas. Unas de fornidos marineros, otras de encorvadas monjas de clausura. Hubo negocio.”
En “Gente armada y exégetas” está presente el tema de la reproducción humana, verdadera preocupación del autor, que siempre ha defendido que el hombre es una plaga destructora.
“Pero algo pasó y nuestros antepasados olvidaron su conducta recolectora y se convirtieron en depredadores al inventar artilugios venatorios de sílex, madera u otros metales […]. Mas el hombre no disminuyó su tasa reproductiva y, además, acompañó progresivamente los argumentos tróficos […] con otros argumentos, de porte intelectual, como las ideas, creencias y convicciones.”
Se sigue interesando por el origen de las palabras, como bíbaro, en “Vuelven los bíbaros”, y expone en un texto:
“La explicación quizá radique en que los castores, perseguidos hasta el exterminio por su carne, por su piel, y, en especial, por el castóreo, sustancia olorosa apreciada en farmacia y perfumería.”
Una poliantea tan del gusto del autor, que junto con Papur, El bestiario de Ferrer Lerín y este nuevo volumen de textos inéditos en papel, harán las delicias de los raros, de los heterodoxos, pero en definitiva son los amantes de la buena literatura quienes buscan la calidad expresiva de Ferrer Lerrín.
Ya no sé si es la literatura la que sirve de excusa para hablar de animales en Metazoa o son los animales los que permiten, como un apéndice, que Lerín transforme la literatura biológica en una especie de literatura al uso, si es que eso es posible en Lerín, a la que llega por una especie de arco hiperbólico, léxico y sintáctico.
Por el libro se pasean los avistamientos de lince en lugares septentrionales, las adivas, los crótalos, las alicantes, las turmas, las saltacabras, lobos, gecos, formando parte del abigarrado bestiario de un autor que nunca deja indiferente. Un autor al que se accede por la curiosidad lectora.
En cualquier caso, ese viaje a lo natural, a las obsesiones del Lerín naturalista, merece la pena, y comprobar, además, cómo ha ido construyendo desde la que fuera su primera novela, Familias como la mía (se rumorea que ya está terminando su siguiente novela, Vórtex), una especie de reducción del espacio narrativo, cómo ha ido acotando los márgenes y estrechando la narración hasta convertirla casi en otra cosa, en un no argumento, en un espacio diferente, jibarizado, una literatura enorme en miniatura.
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Autor: Francisco Ferrer Lerín. Título: Metazoa. Editorial: Jekyll & Jill. Venta: Todos tus libros.


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