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Chiki Fabregat: “Anhelamos una inmortalidad que no disfrutaríamos”

Chiki Fabregat: “Anhelamos una inmortalidad que no disfrutaríamos”

Foto de portada: Isabel Wagemann

Contamos historias, noche tras noche, como Sherezade, para intentar alargar nuestra vida hasta el infinito. Nacemos con la necesidad de la inmortalidad, pero es éste un deseo que puede convertirse en el mayor de los castigos. Y a pesar de que ya nos lo advirtió Borges: “no hay cosa que no esté como perdida entre infatigables espejos”, insistimos en alcanzar la vida eterna, aunque sea convertidos en struldbrugs, los personajes inmortales de Los viajes de Gulliver, que, a diferencia de los siempre jóvenes vampiros de Anne Rice, son ancianos de ochenta años que se resisten a obedecer a la parca. Sobre personajes inmortales escribe Chiki Fabregat (1967) en su nueva novela, Tama Puia. Los hijos del volcán (Siruela), una historia de fantasía urbana, ambientada en el Rastro de Madrid, pensada para jóvenes de 14 a infinitos años.

Hablamos con Chiki Fabregat de superar el miedo a la muerte, sobre aceptar la llegada de una literatura hecha por la inteligencia artificial y acerca del motor del mundo, el amor.

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—Explíquenos quiénes son los Tama Puia.

—Los Tama Puia son unos seres inmortales que han nacido del fuego de un volcán, flotan en lava cuando hay una erupción y son inmortales, con todo lo bueno y lo malo que significa ser inmortal. Para mí eso es una condena. Estar toda la eternidad enfrentándote a las mismas situaciones me parece una condena terrible. Me resulta gracioso que la humanidad siempre lucha por esa inmortalidad. Hay una tradición que nos impulsa a querer vivir para siempre.

—Hay mucha mitología de la Polinesia.

—Es algo que surgió al buscar la información para crear este mundo y estos personajes. Allí los volcanes son muy importantes. Estuve buscando nombres traducidos del samoano o directamente copiados. Desde que empecé con la investigación, me apasionó la posibilidad de conocer la Polinesia.

—Y también se adivina al principio del libro un guiño al Popol Vuh, ¿no?

"La inmortalidad es algo que está en toda la mitología a lo ancho y largo del mundo"

—Antes de esta novela he trabajado en varios libros de leyendas, tanto de España como del resto del mundo. Al hacerlo me di cuenta de que esas leyendas de diferentes partes de la Tierra se basaban en arquetipos muy similares. En muchas tradiciones culturales la formación del mundo se asocia a diferentes elementos como la tierra, el viento, el fuego y el agua. Y la inmortalidad es algo que está en toda la mitología, a lo ancho y largo del mundo. Me apasiona la mitología y me encanta mezclar leyendas que he buscado y que he oído, y las combino con otras que me invento.

—Los mitos son un prólogo a la globalización cultural. Hay muchos vasos comunicantes en esas historias de la antigüedad que explican nuestro mundo.

—Sí, totalmente. Ese mito de la formación del mundo está en todas las culturas y no es tan diferente. Una serpiente que nace del centro de la tierra, que duerme en su interior. Y luego están todos los mitos religiosos con los que hemos crecido en Occidente. Hay un componente que se repite, y esto me parece maravilloso: que hayamos sido capaces, durante todo el tiempo que llevamos habitando este planeta, de ir creando mitos diferentes que en el fondo se parecen tanto.

—Esa oscuridad nos enfrenta a nuestros miedos más atávicos.

—Ese miedo a la muerte ha existido siempre y hay culturas que consiguen superarlo. Las que logran hacer de la muerte un elemento más de la vida, no algo a lo que temes, sino un capítulo más integrado en su historia, nos llevan mucho tiempo de ventaja. Como te decía, esa inmortalidad que anhelamos creo que no la disfrutaríamos para nada.

—¿Por qué ha elegido el Rastro de Madrid para un relato de fantasía?

"Con el Rastro de Madrid me pasa una cosa muy curiosa: está en casi todas las novelas que he escrito, de una manera u otra"

—Con el Rastro de Madrid me pasa una cosa muy curiosa: está en casi todas las novelas que he escrito, de una manera u otra; aparece una calle, un bar, aunque no cite su nombre… Vi ese patio que sale en el libro cuando estaba comenzando la historia. Ahí me imaginé a esos dos inmortales. Voy mucho al Rastro porque está cerca de mi casa. Tuve muy claro que la novela iba a ser ahí.

—Los mitos nos siguen sirviendo para explicar el mundo, sobre todo en tiempos tan inciertos como los que afrontamos. Ahí puede estar la explicación al gran éxito de ventas de los libros de fantasía.

—Es que la fantasía es un lugar maravilloso que hay que descubrir, al que escapar, donde escondernos o en el que encontrarnos. Cuando todo lo que tienes alrededor te inquieta, te preocupa, no te gusta, buscas ese mundo fantástico, al estilo de Bastián. Me voy a otro mundo y dejo éste. La literatura fantástica está relacionada con ese concepto. Además, las mentes juveniles son muy propensas a viajar a esos lugares alternativos.

 

—En el libro hay mucha magia y muchas historias fantásticas, pero por encima de todo está el amor.

—Al final siempre acabo hablando de amor en todas mis novelas. Creo que soy una romántica de tapadillo. (Ríe) Y sí, hay mucho amor en este libro. El amor es el motor del mundo. Creo que nos movemos por amor: a la familia, a los hijos, a los padres… Casi todo lo que hacemos está relacionado con el amor.

—Las críticas de su novela señalan que los personajes femeninos son muy fuertes. A esa cualidad se le da un barniz de sorpresa. ¿Por qué seguimos viendo a la mujer fuerte como una excepcionalidad?

"Los personajes diversos no tienen que justificar que lo son; no tienen que pedir permiso para serlo"

—Siempre digo que mientras siga siendo excepcional es que hace falta. Recuerdo cuando escribí El cofre de nadie (SM, 2021), que tiene una protagonista negra, y en todas las entrevistas me preguntaban por qué. Si nos asombra este hecho, es que es necesario. Y lo mismo pasa con los personajes femeninos fuertes. Los personajes diversos no tienen que justificar que lo son; no tienen que pedir permiso para serlo. Nadie tiene que juzgarlos por ser diversos ni autorizarlos a serlo. Y mientras esto nos llame la atención, significará que es necesario.

—¿Nos cuesta más a los adultos o a los jóvenes aceptar esa diversidad?

—Los adolescentes y los niños tienen menos prejuicios para asumir lo que hay a su alrededor. Para ellos es más fácil entender esa diversidad; no tienen que aceptarla, es que está ahí. Muchos adultos venimos de una tradición llena de prejuicios; nos hemos tenido que cuestionar aquello en lo que hemos creído durante mucho tiempo, todo lo que nos han enseñado. Sí que es cierto que hay una parte de la adolescencia que está comenzando a cuestionar esa diversidad. Y eso es muy preocupante.

—Quizás ahí se ve la intervención de los adultos.

—La intervención de los adultos, de la sociedad, el miedo… Este es un debate enorme en el que deberíamos hablar de las redes sociales y de los medios de comunicación. Hay muchos mensajes de miedo a lo diferente que están calando: ten cuidado con el que viene a quitarte tu sitio, tus privilegios, a robarte tu trabajo, tu novia, tu vida… Pero yo soy muy optimista y además tengo una fe ciega en la inteligencia de los adolescentes; creo que no son tan fáciles de manipular como pensamos.

—¿Ha cambiado la forma de escribir para los adolescentes con las transformaciones en la forma de comunicarse que se están experimentando?

"La suerte que tenemos quienes escribimos para niños y adolescentes es que estamos en contacto con ellos"

—Totalmente. En mi caso, he tenido que aprender mucho de ellos. De hecho, si me pongo a revisar los primeros libros que escribí, cambiaría muchas cosas con las que ahora no estoy de acuerdo. La suerte que tenemos quienes escribimos para niños y adolescentes es que estamos en contacto con ellos; aprendemos mucho de los chavales en cada encuentro. Eso lo reflejo luego en mi literatura y afecta también a mi forma de pensar.

—La inteligencia artificial ya está en todas las capas de la sociedad. Los jóvenes son los primeros que la han validado, sobre todo en el ámbito educativo. ¿Crees que ellos serán los primeros que empiecen a aceptar la existencia de una literatura de IA como algo normal?

—Lamentablemente creo que sí. La literatura de IA va a tener su hueco. Lo que espero es que esté muy diferenciado. Quien la quiera consumir, perfecto, pero que siga siendo diferente de la que hacemos otros autores, una literatura emocional. Soy optimista, pero tengo muy claro que va a llegar una literatura hecha por inteligencia artificial. Igual que veremos producciones hechas por IA en todas las artes: en la ilustración, en el cine, en un montón de campos.

—¿Le parece adecuado prohibir las redes sociales a los menores de dieciséis años?

"Las prohibiciones tajantes me cuestan mucho, pero creo que tiene que haber un control sobre las redes sociales"

—Todo tiene cara A y su cara B, y es muy difícil hacer normas generales. Las redes sociales hacen mucho daño a la gente muy joven; pienso que esa influencia hay que controlarla muchísimo, pero también es verdad que a veces han sido un refugio para adolescentes que se han encontrado en un instituto en el que, por ser diferentes, todo el mundo los trata fatal, y gracias a ellas han encontrado a gente que les ha hecho ese proceso más fácil. Las prohibiciones tajantes me cuestan mucho, pero creo que tiene que haber un control sobre las redes sociales: no puede ser que niños de doce y trece años se estén exponiendo de esa manera.

—Entiendo que este libro tendrá más entregas.

—Esto mismo me lo preguntó Nando López el día de la presentación en la librería Alberti (Madrid). Él estaba seguro de que iba a ver más entregas. No he escrito esta novela con vocación de serie, pero sí que estoy segura de que ese mundo da para más historias. No descarto que haya más libros.

—Y aparte de esa posible continuación, ¿tiene más proyectos en marcha?

—Dentro de poco saldrá una novelita infantil que me parece maravillosa, con la que me lo he pasado muy bien. Además, estoy escribiendo un libro de no ficción sobre creatividad y trabajando en otra novela juvenil. Siempre tengo proyectos en marcha.

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