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Las urgencias que nos inventamos

Las urgencias que nos inventamos

Una mañana tuve que tirar a la basura varios años de urgencias.

Recuerdo el día en que vacié el pequeño despacho del departamento después de la jubilación de una profesora. Durante años aquella profesora había vivido cada reunión con una intensidad casi épica. Todo debía quedar registrado y firmado: informes, actas, correos, discusiones que parecían decisivas.

Tras el verano, yo ocupé su lugar en el departamento.

Una mañana de septiembre bastó para que casi todo desapareciera. Carpetas enteras fueron a la basura. Informes cuidadosamente archivados que nadie volvió a abrir. Notas de reuniones que ya no interesaban a nadie.

Años de discusiones que parecían decisivas cabían sin dificultad en una sola bolsa de basura negra.

No sentí nostalgia. Más bien una extraña sensación de alivio. 

Lo inquietante no era la cantidad de papeles que tiraba a la basura. Era la facilidad con que desaparecía todo aquello que durante años había ocupado horas, disgustos, correos, reuniones y una porción nada pequeña de la vida de alguien.

Hay urgencias que solo parecen importantes mientras alguien sigue allí para defenderlas.

Luego descubrimos que muchas de las cosas que nos robaron tiempo, paz y energía no eran importantes por sí mismas. Solo parecían necesarias mientras alguien seguía ocupándose de ellas.

Nos ocurre más de lo que nos gusta admitir.

Llenamos los días de tareas, discusiones, obligaciones y pequeños combates con un aire de necesidad absoluta. Responder, corregir, discutir, justificar, dejar constancia.

Todo parece urgente. Todo reclama una parte de nuestra atención y, con frecuencia, una parte de nuestra vida.

Pero basta con apartarse un poco —por un cambio de trabajo, una jubilación, una enfermedad o simplemente por el paso del tiempo— para comprobar que muchas de esas urgencias no eran tan sólidas como parecían.

Algunas revelaciones llegan siempre tarde. No descubrimos solo que nuestra importancia era menor de lo que creíamos. Descubrimos también que muchas de las cosas a las que entregamos tiempo, energía y preocupación tampoco lo eran. Habían ocupado el centro de nuestros días sin merecerlo. Y cuando se deshacen —cuando caben en una bolsa de basura— dejan una pregunta perturbadora: cuánta vida se nos fue en sostener lo que habría seguido igual sin nosotros.

Hay urgencias que no duran más que la presencia de quien las sostiene. Luego se deshacen con una facilidad humillante.

Los papeles cabían en la bolsa. El tiempo ya se había ido con ellos.

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