Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Viernes, 20 de marzo de 1936: El teatro Español
Pepe Mañas no era muy de teatro. Pero no cabía desaprovechar que el jefe, Anasagasti, le regalase entradas. Así que esa noche se acercó él solo al teatro Español, donde se celebraba el centenario de El trovador, de Antonio García Gutiérrez, un dramón donde moría hasta el apuntador, y pronto tuvo ocasión de lamentarlo.
Pero aquello era bochornoso. La representación no solo no había podido tener lugar hasta ahora, casi veinte días después del centenario auténtico, sino que arrancaba con un retraso insoportable. Don Niceto se revolvía en su asiento y no sabía hacia dónde mirar. La gente se reía, de lo esperpéntico de la situación, y hubo mucho alboroto en el gallinero. Al poco, un par de poetastros intentaron calmarlos leyendo composiciones románticas, de esas con mucha rima aguda afrancesada: café, corsé, moaré, canapé, rapé. Pero nadie hacía caso. Se protestaba cada vez más alto.
Y poco a poco empezó a saberse que el nuevo ministro había agotado los fondos con que debía pagar la representación, se decía que en subvenciones a sus paniaguados. Al parecer, se pretendía que los actores trabajasen gratis. Y los encargados del teatro, entre bastidores, estaban lidiando con quienes debían representar la primera escena, que se habían encerrado en un camerino.
—Les amenazan con llamar a un cerrajero y a la policía, pero los actores se niegan a actuar sin recibir paga. Y ha tenido que ir el director del teatro a deslizar por debajo de la puerta una especie de pagaré, comprometiéndose a pagarles de su propio bolsillo.
Por fin, se descorrió el telón y aparecieron los actores para explicar de mala gana que actuaban por pundonor, «y ahora sí que van a poder asistir ustedes a la representación». Al oírlo, la gente aplaudió, aunque Mañas vio que la cara de Alcalá-Zamora era un poema. Seguramente temía que, en vez de un drama romántico, se contara lo del Ministerio y el dinero desaparecido.
Y una vez sorteado el escollo apareció doña Leonor, que, de lo contrariada, parecía que fuera a suicidarse desde su primer diálogo. A los actores se les veía tan a disgusto que, en el desafío, de puro nervioso, el doncel Manrique hirió a don Nuño. Este lanzaba dardos por los ojos, con la mano colgando y sangrando. Y cuando desde el foso el apuntador le sopló: «¿Qué más espera el verdugo?», contestó con tan mal talante que la gente se rio.
Al poco, un recadero ministerial se acercó al palco presidencial a susurrarle algo en el oído a don Niceto y por la escalerilla del palco apareció el director de la obra, con quien don Niceto estuvo hablando un rato y que, según se supo más tarde, le indicó que fuera a verle al día siguiente mismo a su despacho, que le iba a dar mil duros de su propio presupuesto para pagar a los actores.
—Así funciona la República —pensó Mañas, disgustado.


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