Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Lunes, 23 de marzo de 1936: Los Primo de Rivera hablan en la Cárcel Modelo
¿Qué tal has pasado el día, José Antonio?
José Antonio ya iba con uniforme de preso. Los dos hermanos callaron un momento. Resultaba raro hablar de un lado a otro de una reja. En el locutorio estaba, además de Miguel Primo de Rivera, una mujer que se quedó a la entrada, en la penumbra, y que ahora se acercaba.
—Es Pilar… Ha insistido en venir.
La aristocrática Pilar Azlor de Aragón había sido el gran amor de José Antonio. Se conocieron mientras Miguel Primo de Rivera, el padre, el dictador hoy fallecido, aún regía España. Ella tenía diecinueve años y él veinticuatro. Solían citarse en el palacio de Villahermosa, cuando no estaba el padre. Paseaban por el Prado y subían juntos al Retiro. Había sido un amor tormentoso, dada la personalidad de ambos. La oposición del padre de Pilar dio al traste con la relación. Ella se acababa de casar con otro. Era la primera vez que se veían desde entonces y a José Antonio le impactó tenerla delante, sonriendo con ternura medrosa, escondiendo su cabellera rubia bajo un modesto sombrero.
—¿Por qué has tenido que hacer esto, José Antonio? ¿Por qué te dedicas a la política, si tú eres un hombre de letras, un poeta? No van contigo esas voces que das y esos gestos con los que te retratan en los diarios. Tú no eres Hitler, José Antonio. Ni Mussolini…
—¡Pero creo en la patria, Pilar! Y los tiempos lo exigen. Alguien tiene que hacerlo.
José Antonio Primo de Rivera calló. Luego añadió:
—La literatura tiene belleza, Pilar. Pero el valor de la Falange es superior a cualquier poema.
José Antonio había sido detenido en la sede de su Falange y conducido a los calabozos de la Dirección General de Seguridad hacía casi diez días. Había entrado entonando con voz rotunda el “Cara al sol”, consiguiendo que los estudiantes falangistas detenidos por lo de Jiménez de Asúa contestasen con gritos de entusiasmo y brazo en alto.
Como un guarda le trató de chulo, respondió: «Eso me lo dice aquí, con ese uniforme y esa pistola. Fuera de aquí no sería capaz de decírmelo, cobarde». Pero, pese a sus bravuconadas, sabía bien que al no haber sacado su acta de diputado y quedarse sin inmunidad parlamentaria, la situación era difícil. Ahora mismo, toda la acción de su grupo se orientaba a sacarlo de la cárcel.
—De todas formas, tú ya no tienes nada que decir, Pilar…
El golpe bajo hizo que Pilar se levantara. Sin más, abandonó el locutorio. Así había sido su relación siempre, pensó José Antonio. Y Miguel ni siquiera se lo reprochó.
—Vamos a lo práctico, José Antonio. Formalmente estás detenido por quebrantamiento de la clausura gubernativa de la sede de Falange. Habéis roto el sello de la puerta principal del local y el fiscal, que es nada menos que Eduardo Ortega y Gasset, no parece muy predispuesto a reconsiderar lo sucedido.
—¿Y no se le podría sugerir al fiscal que cambie de opinión? —preguntó José Antonio.
Había que empezar a tomar medidas antes de que la situación se complicase todavía más. Todavía tenía bazas que jugar, incluso desde la cárcel.


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