Hacen falta 5.682.646 viajeros en el tiempo para hundir el Titanic. Lo acabo de leer. Es el cálculo que realiza Emma Govan teniendo en cuenta un peso medio de 62 kilos por humano. Eso sin contar las toneladas que deben de pesar (no se sabe ni se puede especular si no es basándonos en lo que conocemos a través de la Ciencia Ficción) las máquinas del tiempo o el equipamiento necesario para tan largo viaje. Emma Govan es matemática. Lo he leído por ahí. En internet. Y en algún que otro libro. Porque esa es una de las más locas hipótesis que se mueven en los círculos conspiranoicos sobre el «misterioso» hundimiento del Titanic. Al parecer hay un grupo bastante arraigado de gente que lo piensa. Que el accidente del transatlántico podría deberse a la masificación de turistas temporales en la cubierta superior. En primera fila de la catástrofe que segó miles de vidas. Me los imagino apiñados, unos encima de otros, aplastándose y formando una torre —eso también lo han calculado— de 84 metros de altura. Puede que lo del Titanic sea una locura. De lo que no hay ninguna duda es de la existencia de esos viajeros.
Ayer, mientras compraba algunas manzanas y naranjas en el mercadillo, vi un numeroso grupo de esos turistas colándose entre la multitud. No sé si alguien más se percató del flash que traspasaba el entramado del iris de sus ojos, presumiblemente capturando instantes que, por algún motivo aún desconocido, resultarán relevantes. Vi, a través de esos dispositivos cercanos al corazón, las imágenes que tomaban en un parpadeo que duraba apenas una fracción de segundo antes de desaparecer en la memoria. Compraban souvenirs baratos y se deleitaban acercando la fruta a su nariz y aspirando como si quisieran arrancarle su aroma con el olfato. Los he visto también en las playas cercanas al puerto, tomando muestras de arena y agua; remojándose los pies en la orilla y bebiendo en los chiringuitos como si jamás hubieran probado nada parecido a lo que se sirve allí. Los vi reírse con cada sorbo de cerveza, disfrutando con el tintineo del hielo en sus vasos de tinto o refresco. He visto sus máquinas del tiempo. Están aparcadas cerca del parque cercano a casa. Parecen caravanas. Yo sé que no lo son.
Es probable que no sean muy tolerantes a las altas temperaturas. Imagino un futuro glacial. Tal vez por eso aprovechan las estaciones más frías (aunque aquí nunca lo son del todo). Las calles se inundan de esas máquinas. Los alrededores se colapsan. Sin embargo, rara vez se les ve a ellos en las cercanías de sus vehículos. Como si no quisieran que los relacionasen con ellos. Me pregunto si, al igual que la TARDIS, son más grandes por dentro que por fuera. Si, al acercar mi mano, me sorprendería descubriendo que esas caravanas no son más que hologramas proyectados para confundir al curioso. Por si acaso, no me he atrevido a tocarlas. Tal vez por miedo a ser absorbido por ellas. También me pregunto cómo se han vuelto tan descuidados. Su presencia aquí es tan evidente que es imposible no darse cuenta de que algo gordo está a punto de suceder. Y esa reflexión atrae la mayor pregunta de todas: ¿Qué?
Sé que caminan durante kilómetros hasta la otra punta del pueblo. Hasta el final del paseo, justo donde se encuentra la base militar abandonada. Creo que aún alberga algún museo en las instalaciones. Poco más. No hay soldados. Ni muros que la delimiten: tuvieron que derruirlos durante las últimas inundaciones para que el agua pudiera llegar hasta el mar; de todos modos las corrientes se los habrían llevado piedra a piedra. Los de las chanclas y las gorras rondan esa zona. Cerca del club náutico. Aguardan lo que sea que vaya a ocurrir. Lo que ellos saben que va a suceder de un momento a otro. Por su culpa, yo cada vez voy más lejos en mis caminatas y he doblado los kilómetros al amanecer. También he modificado la ruta de mis carreras para que me lleven hasta ese lugar. Debe tratarse de algo sutil, porque, de otro modo, estarían allí para la foto y se marcharían. No es así. Van cada día. A cada hora. Esperando. Calibrando el momento exacto del acontecimiento. Sea este cuál sea.
A veces se me olvida que existen hitos memorables que han pasado de forma silenciosa por la historia. Es evidente que no hablo de cosas como lo del Titanic, el asesinato de JFK o el atentado de las Torres Gemelas. Ni de las catástrofes naturales que se han llevado miles de vidas por delante. Hablo de los momentos que definen el nacimiento de una teoría, del descubrimiento de un germen, una bacteria o un hongo, del hallazgo inesperado de una cura o una nueva especie. Esos micromomentos que, en apariencia, no significan nada pero que lo son todo: el origen, la semilla, la chispa.
Así que puede que no estén esperando un gran evento. Que no suceda nada espectacular. Y, sin embargo, puede que lo que aguardan cambie, de nuevo, el curso de toda la existencia, del conocimiento, del mundo. Esta mañana, antes de hablar con Leo, me puse las zapatillas y corrí hasta allá justo cuando el alba me rozaba la nuca y el calor de los primeros rayos de sol me erizaba el vello. Había un grupo más numeroso de lo habitual. Cientos de ellos. Todos parpadeando al unísono. Sacando sus instantáneas a través de sus ojos manipulados, sin entorpecerse, sin mezclarse, sin hablar. Me acordé de aquella foto que encontré hace poco. Esa en la que me vi siendo el adulto que soy, posando en la foto tras el niño que era. Y me pregunto si, en algún momento, yo también me calzaré esas chanclas y viajaré como lo hacen ellos. Si nos atenemos a las pruebas, la respuesta es obvia.
Permanecí a cierta distancia mientras recuperaba el aliento. El silencio roto por la luz del amanecer y los párpados que se abrían y cerraban sin descanso, los aparatos del pecho titilando como un espectáculo disco en mitad del paseo y la playa. Algunos de ellos tenían los pies en el agua hasta las pantorrillas. Observaban las aguas frente a la base militar. Una red delimitaba la entrada por mar y acotaba aquel espacio privado. A esas horas no había mucha gente paseando. Yo y algún que otro lugareño. Los demás venían de fuera. De muy lejos. No sonreían. O sí, no fui capaz de adivinarlo. Puede que el futuro nos robe también la sonrisa. Se mostraron impasibles y atentos, como siempre. Algo agitó las aguas. Exclamaron al unísono, dispararon sus flashes y, un instante después, nada. Me encontré solo en mitad del paseo. No había ni rastro de ninguno de ellos. Parpadeé incrédulo y miré mi reloj. Estaba KO. De regreso a casa estuve dándole vueltas a todo aquel asunto. Puede que aquello no hubiera sido más que una ilusión. Corrí con ganas. Deseaba llegar cuanto antes. El sol se elevaba rápido y sentí el calor subiéndome por el cuello hasta las mejillas. Al pasar junto al parque, las caravanas habían desaparecido. Todas. Percibí algo extraño a mi alrededor. Como si faltara alguna cosa o hubiera un añadido en el paisaje que no supiera identificar. Aún estaba conmocionado por la experiencia.
Llegué a casa. La llave no funcionaba. Debían ser casi las ocho, así que llamé al timbre.
2035 está siendo un año raro. Mi mujer abre la puerta pero me mira con el ceño fruncido y la cabeza ladeada. Mi hija baja las escaleras y se queda a su lado, con la misma cara de extrañeza. Lo peor es cuando alguien pregunta a sus espaldas «¿quién es?» y reconozco esa voz. Porque es la mía. La del hombre que fui hace casi una década.


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