El cachondo de Epicteto, que nació en el año 55, afirmó: «La riqueza no consiste en tener grandes posesiones, sino en tener pocas necesidades». Epicteto, cari, me gustaría verte a ti montando una editorial, con tres niños pequeños con sus correspondientes comedores escolares, sus extraescolares, su hambre voraz, su cuerpo creciente (la ropa de los niños sí es obsolescencia programada y no lo de los móviles), sus cumpleaños semanales, sus suscripciones a NetflixDisneyAmazonHBOMovistaryhastaFilmin, sus switchplaysXboxwiis y un largo etcétera de necesidades, largo etcétera, Epícteto, l-a-r-g-o.
Contamos con unos gastos de estructura y unas inversiones iniciales que no se las salta un torero. La constitución de la sociedad (más caro en energía vital que en dinero, la verdad), el equipo (un ordenador, una impresora, la mesa de la impresora, la tinta de la impresora, un dinerito para cuando se te rompa la impresora), el branding, el diseño de colecciones, la página web, el abogado para la creación de las plantillas de los contratos, la papelería (esos folios corporativos tan monos que terminan años y años en su caja de cartón ocupando espacio en casa, los sobres marroncitos así como rústicos para tus envíos, un sello de caucho con el que estampas los sobres para que te diferencie), la gestoría (ja), el dominio, el mantenimiento de la web, el pago de impuestos, los ISBN (sí, cuestan dinero, nosotras nos quedamos igual de sorprendidas), el DILVE, el Gremio (en unos años ya si eso), los empleados (en singular porque eres tú), todo el trabajo administrativo (que lo haces tú), la luz, el teléfono, etc. (que pagas tú), gastos de representación (porque a veces quedas en una cafetería cuqui para hablar con las autoras y los autores) (que pagas tú), la oficina (que es tu casa), el almacenaje (al ladito de tu oficina), el canva (que de momento es gratuito, pero sabes que al final pagarás por la versión premium), el chatgpt (porque te dijeron que era una herramienta muy útil, aunque en realidad lo usas para gritarle como si estuvieras como las gaviotas y desestresarte), y alguna que otra cosa más que o no nos acordamos (puede ser) o está por llegar (esto seguro), porque cada cierto tiempo aparece un nuevo gasto del todo inesperado.
Si esto no fuera poco, luego contamos con unos gastos por libro que, resumiendo, podrían ser: los inherentes a la contratación (es decir, el anticipo, pero también un prólogo, o una traducción), en caso de que recuperemos obras descatalogadas el escaneo (porque lo digital es relativamente moderno), la corrección (que la haces tú), la maquetación (esta la externalizas porque ya está bien, coño), la conversión del pdf a epub (ni idea), el diseño de portada (en el que te implicas porque tienes un sentido estético muy desarrollado, pero la externalizas también porque tienes los conocimientos informáticos de un niño de dos años), el rey de los gastos, es decir, la producción de los libros, a 2,7€ el coste unitario del primer título, a 2,9€ el segundo, a 3,1€ el tercero (piensas seriamente en invertir en una imprenta o papelera), el coste de correos y, si tienes a alguien que te ayuda con las promociones, el coste de quien te ayuda, si no (lo haces tú).
Cada uno de nuestros libros, aprox., porque son muy cuidados y bonitos y porque tienen unas tiradas contenidas, cuestan entre 4500 y 5000 € en total. Hablamos de libros de entre 200 y 300 páginas, sin anticipo y originalmente escritos en castellano (es decir, sin traducción), con una tirada media de 1100 ejemplares. Ahora multiplica esa cifra por los libros que quieres sacar al año y súmale los gastos de estructura. Cuando lo pienso siempre visualizo a Eduardo Noriega en Tesis diciéndole a Ana Torrent, antes de grabar con ella una snuff movie, «acojona, ¿eh? ¿A que acojona?» con esa cara de psicópata buenorro.
Pero todo esto lo haces para ganar dinero, diréis. Vayamos a ello.
Pongamos por caso que el precio del libro lo estableces en 20€ y que vendes 1000 ejemplares (¿eso que ha salido de mi boca era una carcajada?). Es decir, generas 20.000 €, lo que está muy bien. Pero de esos 20.000 €, el 55% se lo das a la distribuidora, esto es: 11.000 €. Ahora tienes 9000 €. Pero de esos 9000 €, el 10% se lo das a la autora (muy merecidamente) y además se los das con cariño (verdadero), es decir, 900 €, por lo que te quedan 8100 €, a los que tienes que descontar los, seamos optimistas, 4500 € que te ha costado realizar y producir el libro. Es decir, que después de todo el proceso has ganado 3600 €.
Se puede pensar que no está mal, pero (en este oficio siempre hay «peros»), con ese dinero has de pagar el resto de gastos de estructura y los siguientes libros que quieres publicar. Y además hemos hecho trampas, porque nunca vas a vender los 1000 ejemplares de una tirada, por un lado porque hay unos cuantos (30, 50, 60, 80) que vas a destinar a promoción como obsequio y al autor como ejemplares justificativos, y además, si has vendido toda la tirada, vas a tener que hacer una reimpresión, es decir, que te vas a volver a gastar unos 1500, 2000 o 2500 € en la producción de los nuevos ejemplares, esos que fotografiarás sobre una mesa de madera con el flamante topo de 2ª edición en portada para subir a Instagram y que, al verlo, todas tus conocidas pensarán lo bien que te va, cómo te estás forrando, hijaputa, aunque estés muerta por dentro.
¿Cuál es el secreto entonces? ¿Cómo es posible que un negocio editorial sea viable y sostenible en el tiempo? Justamente en el tiempo está la clave. En que con los ocho títulos (o seis o diez) del primer año vas a perder dinero y vas a tener que meter y meter. Que con los ocho (ya dieciséis) del segundo año vas a perder un poco menos. Y un poco menos aún con los ocho (ya veinticuatro) del tercer año. Hasta que, hacia finales del cuarto o quinto año, los nuevos libros que publiques se paguen con los beneficios que han producido los treinta y dos anteriores y puedas quedarte una porción, obviamente pequeña, de los beneficios. Todo esto, claro, si lo haces bien y si tienes capacidad de aguante (resiliencia, ja). Podemos decir, pues, que el negocio editorial es un negocio lento, pero seguro, como decían que iba a ser la fase superior del comunismo. «No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca, jamás, sucedió», que cantaba Sabina.
Por todo esto es por lo que Mario Muchnik afirmaba que «un catálogo se construye contra la prisa», pero ¿quién no tiene prisa en este mundo hípercapitalista, Mario, tesoro?
Pues eso.




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