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24 de marzo de 1936: Cansinos se cruza con Ruano

24 de marzo de 1936: Cansinos se cruza con Ruano

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Martes, 24 de marzo de 1936: Cansinos se cruza con Ruano

Buenos días, maestro.

En la Gran Vía, las antiguas callejuelas estrechas y oscuras habían dejado lugar a edificios señoriales y modernos. Se sucedían tiendas pretenciosas con escaparates llenos de maniquíes de cera, ropas de bazar, objetos de caza, pianolas, artículos deportivos y hasta automóviles de lujo, que atraían a quienes frecuentaban la zona.

"A lo mejor no eran tan falsos los rumores que corrían sobre una tuberculosis incipiente que se atribuía a sus excesos. González Ruano siempre se dio aires de maldito"

Los dos literatos se cruzaron a la altura de la Red de San Luis, desde donde se veía al fondo la calle de la Montera y las ruinas de la iglesia de San Luis: solo seguía en pie la portada, ennegrecida. Cada cual iba con un amigo y González Ruano regresaba de Alemania, donde había estado como cronista del ABC. Desde Berlín envió, entre otras piezas, una elegante crónica con comentarios antisemitas sobre la noche de los cuchillos largos. El periodista parecía quebrado de salud. Su rostro fino y demacrado hacía pensar que a lo mejor no eran tan falsos los rumores que corrían sobre una tuberculosis incipiente que se atribuía a sus excesos. González Ruano siempre se dio aires de maldito. Le seguía, como un perrito faldero, un muchacho adolescente.

—Buenos días, don César —contestó Rafael Cansinos Assens, con una deferencia casi excesiva, dada la edad que los separaba—. ¿Y su amigo?

—¿Este? Nadie importante. Ve al estanco y compra unas cerillas, chico —dijo González Ruano.

Cuando el otro se alejó, añadió:

—¿Ve cómo me obedece en todo? Si sigue así, será buen poeta. En fin, celebro verle para despedirme, maestro. Ya sabrá que me marcho de España, porque aquí se va a armar una gorda. Pero a mí no me cogerá. He trasladado mis fondos a un banco de Italia. Me voy dentro de nada. Tengo mi pasaporte en el bolsillo y a mí no me alcanzan los tiros. Ya sabe que no me importan rojos ni negros, sino únicamente González Ruano. Yo soy un escritor, nada más que un escritor. ¿No me dice nada? ¿Y usted, no marcha?

Cansinos negó con la cabeza, sin saber muy bien qué contestar. Pero tampoco hacía demasiada falta.

—Pues entonces, que tenga usted buena suerte, maestro —dijo el periodista—. Y hasta la vista… si nos volvemos a ver. ¡Adiós!

Regresó el perrito faldero y, mientras se alejaba la delgada figura de Ruano, Cansinos se volvió a su acompañante. Este, algo sordo, no había oído bien lo que hablaban. No había querido interrumpirles. Ahora preguntaba qué contaba «ese pollo». Cansinos se lo repitió, alzando la voz. El tipo, un republicano convencido, se echó a reír.

—Ruano es un cobarde. No le haga usted caso, maestro. Que aquí no va a pasar absolutamente nada. Al Frente Popular ya no hay quien lo mueva. Si lo ha dicho Azaña el otro día: ¡ay del que toque la República!

Rafael Cansinos Assens no parecía tan convencido y cambió de tema.

—Vamos al cine Capitol, a ver esa película de Chaplin.

"En su nueva propuesta, Charlot era un obrero sin trabajo, un parado más a quien el mundo se empeñaba en despersonalizar"

El gran crítico necesitaba volver a verla para una reseña que le encargaban. Charlot estaba en lo más alto de su fama. Después de despedirse unos años atrás con la maravillosa Luces de la ciudad, con ese final ambiguo en el cual la ciega, ya recuperada la vista, se da cuenta de que quien ha pagado su tratamiento no es un millonario sino el pobre Charlot, ahora volvía con Tiempos modernos. En su nueva propuesta, Charlot era un obrero sin trabajo, un parado más a quien el mundo se empeñaba en despersonalizar.

Ya no corría tras quimeras poéticas, sino tras un empleo modesto para sobrevivir. Y no estaba ni en una ni en otra acera, sino en medio de la calle, desamparado, zarandeado por la crisis económica. Nunca había parecido tan insignificante y, a la vez, tan contemporánea y poética la figura de Charlot como ante las máquinas enormes, donde no pasaba de ser un mero tornillo cuyo único sino parecía ser perderse en un torbellino de ruedas y engranajes, consideró Cansinos.

¡Y qué contemporáneo sonaba todo!

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