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Sólo nos despedimos con palabras

Sólo nos despedimos con palabras

En la última —y, ciertamente, espléndida— novela de Luis Landero, uno de los personajes, un tal Martín Marcilla, ante un reducido auditorio que, atrapado por las circunstancias meteorológicas, dispone de todo el tiempo del mundo para contar y oír contar relatos, comienza así el suyo: “También yo tengo una historia secreta, pero con la diferencia de que en mi caso no sé si debo o no avergonzarme de ella, y si debo sentirme inocente o culpable… y creo que nunca lo sabré”.

De entrada, el sentimiento de culpa estará muy presente a lo largo de las páginas de la novela de Manuel Vilas, como una especie de recordatorio u homenaje a uno de los escritores a los que más espacio y tiempo ha dedicado a lo largo de su vida el escritor aragonés que, conviene recordarlo, publicó el año pasado, en 2025, la obra —tan breve como intensa— Dos tardes con Kafka, en la que se lamentaba de no tener ocasión de marcar un número de teléfono y encontrarse, al otro lado del hilo, la voz del mismísimo Franz.

"En un relato de amor y escarnio, que surge a raíz del desencanto de una de las partes, de ningún modo podía faltar la culpa y sus alrededores"

En un relato de amor y escarnio, que surge a raíz del desencanto de una de las partes, de ningún modo podía faltar la culpa y sus alrededores. Y Kafka, a quien Vilas conoce como la palma de su mano, con esa premisa, asoma por todas partes, de principio a fin, no en vano es el maestro entre los maestros en esta materia. En sus cartas y en algunos de sus más celebrados cuentos y novelas dejó bien claro que se es culpable sólo por el hecho de existir. A lo que Vilas replica, tantos años después, que la culpa ha sido la gran desgracia de su vida, el motivo de su existencia.

Una y otra vez, Vilas deja constancia de los motivos por los que escribe su libro, haciendo hincapié en la circunstancia de que el lector, aunque no lo parezca, está ante una novela pura y dura en la que se hace acopio de la llamada autoficción, término que ha alcanzado fortuna en manos de críticos y profesores de teoría de la literatura más desocupados de la cuenta. “Tal vez —insiste Vilas— esté escribiendo esta novela para decirle a la gente que si quiere saber qué pasó, que se lea este libro”.

Manuel Vilas, que es un experto en el relato de su propia vida, casi sin pasarla a limpio, en ocasiones, sin filtros, sin ningún tipo de disimulo, ofreciéndosela al lector en carne viva, como un retrato sin retoques, como pudimos observar con tanto detalle en Ordesa, o en algunos de sus más recientes libros de poesía, como Roma y Ciudades en venta, con Islandia va un punto más allá, aunque, en cualquier caso, sin descuidar la forma, sin dejar a un lado las nociones éticas y estéticas que le caracterizan, y en las que, de vez en cuando, asoman verdaderos brotes de lirismo, algún que otro detalle de humor y un claro deseo de no maquillar pasajes íntimos que podrían percibirse como escabrosos.

"Islandia es una novela que casi carece de paisaje, aunque, paradójicamente, el país al que alude se identifique con la belleza"

Islandia es una novela que casi carece de paisaje, aunque, paradójicamente, el país al que alude se identifique con la belleza, y el viaje a Islandia se convierta en el mejor remedio contra la soledad, y una manera de entenderla, puesto que, como se indica en estas mismas páginas, la ley de la vida es la supervivencia. Una novela sin paisaje, como le gustaba a Unamuno, que era diestro en encerrar a sus criaturas en un abismo oscuro y sin paredes, abrumados por su ceguera existencia; y, al mismo tiempo, con muy pocos personajes, centrando la acción en el narrador y en Ada, la chica del adiós, la chica que le ayudó a compartir la fealdad de la Estación de Chamartín, una persona insólita y diferente, una especie de madame Bovary del siglo XXI que, después de su despedida, después de anunciarle que ya no le quiere, se crece ante sus ojos.

El tono del relato oscila entre ese luto que viste por dentro el personaje de esta bien contada historia, con ese habitual despliegue de ideas y ese brillante lenguaje al que nos tiene habituados el autor, y el conversador convincente, un poco llorón y “peliculero” que nos atrapa con su cálido discurso con el que, en cualquier caso, nunca llega a ser del todo desesperado. Se observa, además, una relación terapéutica, sanadora, entre el autor y su libro. Un libro que le sirve para depositar cuanto hay de humano en él e intentar salvarse y salvarnos del olvido.

El duelo consiste, pues, en mantenerse firme durante ese tránsito que va de decir “amor” a decir “hola”. En saber hacer frente a la perplejidad de haber perdido en tan sólo unos instantes aquello que creíamos para siempre, lo que da lugar a preguntarse quién es realmente Ada, si es un personaje real o ficticio. Ya en las últimas páginas de Islandia lo trágico da paso al consuelo, un elemento también clave en la obra, “porque si no funcionan las relaciones es mejor romper, y dejarse de dramas, y buscar soluciones antes de que todo se degrade”.

"No, no es un libro diferente del resto de los escritos por Vilas, aunque el órgano impulsor haya sido un fenómeno nuevo al que no estábamos acostumbrados"

No, no es un libro diferente del resto de los escritos por Vilas, aunque el órgano impulsor haya sido un fenómeno nuevo al que no estábamos acostumbrados. Aquí, en las páginas de Islandia, están sus padres, a los que les dedica la novela, de los que habla en más de una ocasión, poniendo a su madre como modelo de amor verdadero e inquebrantable, preguntándose, al mismo tiempo, si podrán cuidarlo y mirar por él desde el más allá. Y está el Gran Vilas que comenta, de manera muy original, algunos de los muchos libros que almacena en el disco duro de su memoria. Aunque con menor extensión e intensidad que en El mejor libro del mundo, que pasa por ser su verdadera poética, en esta ocasión tampoco faltan sus obras y sus autores de cabecera, empezando por el aludido Franz Kafka. Y además, Philip Roth —“el único escritor que me acompaña en este momento”—, Marcel Proust, que poco tiene que decir, por ser también él otro desesperado, y Stoner, la soberbia novela de John Williams, con la que comparte muchas de sus ideas.

La banda sonora del relato de Manuel Vilas corre a cargo de su queridísima Amy Winehouse y su canción “Back to Black”, que viene al pelo, como si hubiera sido escrita para la ocasión: “Volveré al duelo / sólo nos despedimos con palabras”.

Y está, cómo no, el Manuel Vilas al que le gusta llamar a las cosas por su nombre sin cortarse un pelo, sin eufemismos —“los tanatorios convierten a los muertos en difuntos”—, con sus críticas, entre serias y divertidas, a instituciones como las universidades americanas, que él ha conocido en estos últimos años; universidades que no son muy diferentes de las españolas: murmuraciones en los pasillos y “una maledicencia parsimoniosa y perseverante en los despachos de los profesores”. Y vuelve, cómo no, a esa manía suya de disfrutar del confort de los hoteles y, sobre todo, del bufé libre de los desayunos, aunque, en esta ocasión, la anulación de una cena que había encargado le induce a llevarse una toalla, no con ánimo de hurto o de rapiña, aclara de inmediato, sino porque estaba cabreado con un hotel que era un caos.

"Manuel Vilas se enfrenta en esta nueva obra a un río salvaje que, con enorme destreza y a base de paciencia, consigue encauzar"

Una pieza aparte, que haría las delicias del Cortázar de Historias de cronopios y de famas, y que se halla repartida a lo largo de todas estas páginas, a salto de mata, es todo lo referente a la cocina, que aquí adquiere un valor más allá de lo puramente simbólico al convertirse en el verdadero ring en donde tienen lugar los más encarnizados asaltos entre parejas. La cocina es la parte más real de la casa, es el quirófano, es el lugar en donde no se puede mentir: “enséñame tu cocina y te diré quién eres”. Y conviene tener presente que las sillas de esa cocina que es un sepulcro, un cadalso, una capilla, lo oyen todo, por lo que se convierten, ante el juez, en testigos de nuestros actos.

Manuel Vilas se enfrenta en esta nueva obra a un río salvaje que, con enorme destreza y a base de paciencia, consigue encauzar, sabiendo de antemano la dificultad de poner por escrito todo lo que sentimos. De las caudalosas primeras páginas pasamos a unos capítulos mucho más cortos, entre utópicos y distópicos, del último tercio de la novela que, a esas alturas, ya se ha desprendido casi por completo de sus ropajes más trágicos, y funciona como un juego hasta cierto punto divertido. Como si el protagonista, por fin, hubiera espantado la tristeza y hubiera aprendido a estar solo, a ser nadie. Después de todo, la vida es incomprensible, “intentamos razonarla, y no puede ser razonada, sino solo aceptada”.

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Autor: Manuel Vilas. Título: Islandia. Editorial: Destino. Venta: Todostuslibros.  

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