Era el último macho del pueblo. Murió en la cuadra de mi padre.
Por las mañanas esperaba en la cuadra mientras mi padre lo aparejaba. Olía a paja y a estiércol. Luego salían hacia el monte. El carro avanzaba despacio por los caminos.
Una vez, cuando yo era niño, tuvimos que detener el carro cargado de almendras en uno de los túneles de la carretera para dejar pasar la Chelvana, el autobús que venía de Valencia. El conductor tocó el claxon y el ruido retumbó en la bóveda de piedra. Mi padre apartó el carro todo lo que pudo y el autobús pasó rozándonos. El macho ni siquiera se movió.
Trabajó así durante muchos años.
Con el tiempo empezó a parecerme de otra época. A veces me incomodaba que siguiera en la cuadra de casa.
En el pueblo circulaban coches y tractores. El suyo era el último macho.
Hasta que un invierno enfermó.
Quedó en el suelo de la cuadra, sin poder levantarse. Mi padre lo intentó varias veces, pero el animal no respondía.
Al final pidió ayuda a algunos hombres del pueblo. Ataron sogas a una viga del techo y tiraron entre todos hasta levantarlo.
Durante unos segundos lo sostuvieron con las sogas. Luego empezaron a aflojarlas.
Pareció que el macho se mantenía.
Pero dobló las patas y volvió a caer.
Ya no volvieron a intentarlo.
Al día siguiente llegó el veterinario.
—No hay nada que hacer —dijo, y sacó la aguja.
Cuando clavó la aguja, el macho levantó la cabeza y miró a mi padre.
Mi padre sostuvo la mirada y luego se apartó.
Fue la primera vez que lo vi llorar.
Después de aquel macho, la cuadra quedó vacía.


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