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Poemas de “Me conozco mujer”, de María Victoria Atencia

Poemas de “Me conozco mujer”, de María Victoria Atencia

María Victoria Atencia nació en 1931 en Málaga, ciudad en la que siempre ha vivido. Estudió piano y pintura, pasiones a las que más tarde uniría la del vuelo, cuando decidió hacerse piloto de aviación, y a las que suma su afición al arte del grabado y a las técnicas artesanas de la impresión. Traductora de varios poetas extranjeros, María Victoria Atencia, merecedora del Premio Luis de Góngora de las Letras Andaluzas en el año 2000 por toda su trayectoria literaria, es autora de más de una quincena de libros de poesía, obras de culto para muchos y traducidas a numerosos idiomas.

Papeles del Náufrago ha editado una selección de su poesía bajo el título Me conozco mujer: Autorretratos 1961-2014, de los cuales reproducimos 5 poemas.

*****

La llave

Me despoja de mí el silencio en las torres
que una llave de piedra o de plata me abren,
y a las veras del agua se desnuda de aljófar
y nácar la nostalgia. Deja escurrir el mirto
una gota de aroma que sacude a la alberca.
Puedo ungirme las yemas para dar luz a un ciego.
Discurro con la noche. Los cipreses se alzan.
Soy el vacío ya. Ni una voz me sostiene.

Dejadme

Dejadme como cuando nací desnuda y sola,
vacía de palabras, solo aire en el pecho,
y en mis venas corrían los cursos de un arroyo.
Que vuelvan a su origen los gestos usuales
y que al abrir mis ojos solo penetre en ellos
un punto de luz pura.
Que por la enredadera de las horas se pierdan
mi memoria y mi nombre. Que el tacto de las rosas
me abandone en la tarde, y en la humedad del alba
retorne nuevamente al olor de las juncias.

Dejad que sin zapatos siga andando y regrese
de muy lejos al pecho caliente de mi madre.

Ajuar para la muerte

No por mí; por el vuelo de una paloma ciega,
sobre tu mármol dejo la impronta de mis ojos,
y la luz delatora de un quinqué por tus muros rompe
en los arrecifes mi aguardante vigilia.

Al cabo de una calle que a tu amor me convoca
dispón para mi aliento de un hueco lacrimario,
para mi espalda un pliegue oficiante de lino,
antes de que en la mar de tu noche me anegue.

A esta altura de vida

Después que se ha llegado a un equilibrio justo,
según parece a todos, ¿dónde tiene este estado
algo a que yo me acoja? Pues su peso y medida
dificultad entrañan, aunque el juego es humano.
Tremendamente arcaica, esta hechura que llevo
está fuera de uso y carece de estima.

Sin embargo, el recuerdo de otras glorias se exhibe
en cuidados museos, y un estandarte antiguo
puede llenar de gloria a la ciudad más pobre.
El sello de la abuela hace rica una mano.
A esta altura de vida no es justo y conveniente
echarse a los caminos a pecho descubierto.

La tinta, el curso azul

Qué decía esta tinta, ya desvaída antes
de que yo fuese el huésped que me acosa,
mi habitante al que escribo cuando ya tengo el alma
tan pequeña que apenas si me cabe
en su espacio tan propio y tan pequeño.
La tinta, el curso azul y sus insignias,
como una vena que me recorriese y tiño,
y escribo y leo y sufro su latido.

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