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27 de marzo de 1936: Trabajadores reintegrados

27 de marzo de 1936: Trabajadores reintegrados

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España. En los dos primeros meses cuenta con la colaboración de Íñigo Palencia.

Viernes, 27 de marzo de 1936: Trabajadores reintegrados

Ya hemos llegado, compañeros. Bajad. Sacad las herramientas.

La obra se hallaba al otro lado de la Dehesa de la Villa. En los lindes de Tetuán de las Victorias, uno de los barrios periféricos del noroeste de Madrid. Amanecía cuando media docena de hombres empezó a descargar del camión cubos, palas y picos. La sirena de una fábrica cercana anunció que eran las ocho de la mañana.

Una vez bajadas las carretillas y tablones para montar los andamios, Ángel Navarrete, como capataz, se dirigió a su segundo. Entre ambos tomaron algunas mediciones. Alrededor no había ninguna edificación. Allí solo verdeaban malas hierbas. A unos cien metros pacían tres vacas flacuchas, bajo la vigilancia de un gitano. En el descampado, las voces sonaban con fuerza. Navarrete aguardó a que su patrón, llegado con ellos conduciendo el camión, mandara empezar.

"El Gobierno del Frente Popular obligaba a recontratar, so pena de sanciones, a los despedidos durante la revolución de Asturias"

El jefe le tenía respeto. Sabía que era un peso pesado en la Confederación y que ahora tenía el respaldo del Gobierno del Frente Popular, que obligaba a recontratar, so pena de sanciones, a los despedidos durante la revolución de Asturias. A Navarrete le agradaba sentir ese temor y, nada más irse el jefe con el camión (ya no volvería hasta la noche), se dedicó a repartir tareas. A los más jóvenes les tocó picar la tierra. Aparte de zanjas para cimientos, debían hacer un vaciado de cuatro metros para un sótano. Mientras cavaban, explicó que cerca había una taberna donde comerían por un precio arreglado.

Al cabo de un par de horas, descansaron los de los picos. Los veteranos apartaron a paletadas la tierra picada. No lejos, se veía la barriada de Tetuán. Volvieron al tajo y los jóvenes siguieron picando. Uno no tardó a flojear. Casi le costaba sujetar la herramienta. En las manos se le reventaban unas ampollas, pero siguió blandiendo el pico hasta que le sangraron.

Ángel Navarrete se fijó en él. Al joven casi se le saltaban las lágrimas.

—Es la primera vez que haces este trabajo, ¿verdad?

El joven asintió. Apretó el mango con sus manos llagadas. Levantó el pico de nuevo, pero Navarrete le dijo que descansara. El muchacho llevaba un rato a la sombra.

—Escucha, chico, no sé quién eres ni por qué estás aquí, pero he visto tus manos y esto no es lo tuyo.

—¿Por qué no? ¿Qué pasa con mis manos?

—Pasa que no has trabajado nunca con ellas, y se nota. La obra te queda grande.

—Vaya, ni que fuera el monasterio del Escorial.

La impertinencia del pollo hizo perder la paciencia al sindicalista.

—Muchacho. Esto no es el Monasterio, ni falta que hace. Como si fueran las pirámides de Egipto. Que si algún día las viera solo pensaría en el sacrificio de miles de hombres para satisfacer la vanidad de algún energúmeno con bastón de mando. A mí solo me interesan los trabajadores. Y te digo que no vales para esto. De modo que toma —sacó unos billetes del bolsillo—, la paga de hoy y algo para que aguantes los próximos días. Vuelve a casa y búscate trabajo como oficinista. Es lo que te corresponde… Y ¡gracias!

Lo miró, meneando la cabeza.

—Y vosotros a callar… ¡Joder con los burguesitos renegados de mierda!

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