Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Domingo, 29 de marzo de 1936: Tertulia y bronca
Con la caída de la tarde pasaban los serenos y los locales de Alcalá se llenaban de tertulianos sesudos. En el Casino de Madrid recayó Pepe Mañas, invitado por un compañero de promoción. Esa mañana fue al Rastro. Después de comer con su familia se acercó por la tarde al centro a dar un paseo entre gente bien y, tras una parada en La Granja El Henar, llegó al casino. Allí siempre había un pequeño grupo de abogados de familias distinguidas que se tomaban a aquellas horas un güisqui.
Estaban algo alejados de la gran araña que iluminaba el salón. Se habían instalado en unos sillones confortables adosados a un muro. Los sillones eran casi demasiado mullidos, si se estaba acostumbrado a las duras sillas de oficina. Últimamente a Mañas empezaba a preocuparle la situación y le interesaba saber qué pensaban los más derechosos. El ambiente había cambiado desde las elecciones. En ciertos círculos sociales parecía como si existiera luto general. Lo vivido en el baile del chocolate jurídico del Ritz, hacía apenas mes y medio, parecía cosa del pasado. Las fiestas escaseaban, el tono era pesimista.
La discusión hoy giraba en torno a los abusos de los socialistas. ¿Sabían lo que exigía Largo Caballero al Gobierno? ¡Que diera inmediato efecto legal a las expropiaciones de Extremadura! Pero ¿dónde se había visto semejante chantaje y sinvergonzonería? Hubo un debate enconado sobre la situación internacional. En un momento, Gutiérrez, su compañero de promoción en la Universidad Central, se volvió hacia él.
—Tú que últimamente callas tanto, Pepe, ¿qué piensas?
Mañas empezaba a estar achispado. Los demás habían callado y escuchaban. Sintiéndose algo cohibido, dijo que, en su opinión, con Locarno pasaba como con cualquier contrato. Tarde o temprano llega un momento en que la gente no se pone de acuerdo en su interpretación.
—Siempre fue así. Primero nace la Torá, después discuten los exégetas. Luego algún intérprete califica de infieles a los demás y los fulmina con la ira reservada al enemigo. Es la historia de la humanidad. Ahora Francia se sorprende de los equilibrios de Inglaterra para salir del paso sin mojarse, cuando lo único sorprendente sería que Inglaterra hiciera lo contrario.
Se llegó a la naturaleza y moralidad de los pactos y la tertulia se deshizo en pequeñas discusiones en parejas y tríos. El alcohol fluía. Pronto, algunos presentes se despidieron. Pepe Mañas, pensando que sería peligroso volver a casa en tranvía, preguntó a Gutiérrez si podía acercarle en su automóvil.
—Por supuesto, pero quédate un rato más.
Mañas aguardó con sonrisa amable. Cada poco miraba su reloj: al día siguiente tenía que madrugar. Se preguntó qué estaría haciendo su amigo Ángel Navarrete justo ahora. Mejor no saberlo, concluyó.
De pronto, alguien entró al salón gritando que fuera había tiros. Los presentes se encogieron. Pero entre los miembros de su tertulia hubo uno que desde el atentado a Jiménez de Asúa salía armado de casa y, ni corto ni perezoso, sacó una pistola Star y salió disparado hacia la puerta del Casino. En la calle no se veía a nadie.
—Es una falsa alarma, caballeros —explicó uno de los camareros, entrando en el salón—. Ha sido el petardeo de un coche. Nada más.


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