Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Lunes, 30 de marzo de 1936: La tertulia de Antonio Machado
¿Qué está leyendo, don Antonio? ¿Un diario francés?
—¿Qué hay de nuevo? ¿Qué se dice en Francia, don Antonio? ¿Se ha restablecido nuestro querido León Blum de su atentado?
—Hablan del plebiscito alemán.
—¿Y qué es eso?
Antonio Machado levantó la cabeza. El camarero estaba siendo inoportuno, y a él le gustaba la privacidad. Él solía quedarse en su rincón, con un vaso de agua o un café, delante de sus cuartillas. No era raro verlo hablando para sí. Igual alguien cerca preguntaba quién era. Entonces algún parroquiano habitual se dignaba a explicar: «Es don Antonio Machado, el poeta. Está contando sílabas».
—Hitler pide un voto de confianza a su pueblo para que ratifique la remilitarización de Renania y el restablecimiento del servicio militar obligatorio —dijo.
Ya entraba por la puerta giratoria Ricardo Baroja, hermano de Pío, seguido por su propio hermano Manuel. Manuel Machado vestía como un señorito, los zapatos siempre relucientes, y aunque tuvo su momento de bohemio cañí llevaba ya unos años como archivero de la Biblioteca municipal. Tenía poco que ver con Antonio, grave y aburrido, siempre encorvado por la melancolía y que, siendo más joven, parecía mayor. Ricardo Baroja también tenía un carácter muy diferente del de Pío, más temperamental y dinámico. Ambos soportaban el peso de la fama de sus respectivos hermanos.
—¿Pues sabe qué me han contado a mí, que seguro que le interesa a un buen republicano como usted, don Antonio? Que la Gaceta publica una relación de seiscientos sacerdotes que hay que dar de baja, por fallecimiento no siempre reciente. Esto con sueldos desde mil trescientas pesetas anuales hasta más de cinco mil. A todos los parroquianos de esta mañana les ha sorprendido saber que en plena República hay sacerdotes cobrando todavía del Estado. ¿Qué le parece a usted? ¿No es eso un abuso? ¿No justifica eso que se quemen las iglesias?
—¡Este Gil-Robles, siempre tan clerical! No me digan más. ¡La Gaceta! —exclamó Ricardo Baroja, como si eso lo explicara todo—. Así va el país. Buenos días, don Antonio, se me hace raro verle a usted tan pronto por aquí. ¿Leyendo Le Figaro a estas horas? ¿Preparándose para la tertulia?
Antonio Machado cerró el periódico con un suspiro. Uno llegaba al café y no le dejaban en paz. Claro que en el fondo, ¿para qué, si no, estaba allí? De cuando en cuando había que transigir. El artículo del Juan de Mairena ya lo tenía escrito, desde por la mañana.
—Buenos días, don Ricardo. Hola, Manuel.
En ese momento se volvió a mover la puerta giratoria y apareció Miguel de Unamuno. El rector de la Universidad de Salamanca estaba de paso por Madrid. Acababa de regresar de Oxford, donde se le había nombrado doctor honoris causa en presencia de Pérez de Ayala, embajador español en Londres. El evento era muy gratificante para su ego y a su vuelta don Miguel aprovechaba para ver a algunos de sus mejores amigos madrileños. Él era de los más asiduos a la tertulia de los Machado, cuando estaba en la capital.
—Vengo a saludar al hombre más descuidado de cuerpo y más limpio de alma de cuantos conozco —dijo, acercándose hacia el menor de los Machado.
Y le tendió la mano con su expresión más afable. Sus ojos de búho relucían detrás de las lentes redondas. Iba trajeado de oscuro, con americana que no se abrochaba nunca y el chaleco, a la bretona, alto, cerrado hasta el cuello.


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