En otra de sus grandes creaciones, “Las Bouzas, 1937”, el poeta y profesor Miguel d’Ors reconstruye una escena familiar de aquel verano pontevedrés. Él nacería nueve años más tarde. Una foto de entonces no solo retiene las formas del pasado, le permite ir intuyendo y recomponer qué pudo haber ocurrido. Con el verbo en condicional, rehace lo que no vivió, pero la evocación sostiene: «Subirían en grupos nervïosos […]. Los más jóvenes / irían por el borde emocionante / del canal […] se reunirían bajo los rectos eucaliptos […]». Hasta que llega el momento de posar, en plena naturaleza, quietos, para el fotógrafo, y los versos lo describen con maestría lírica: «… muy rígidos, oirían el silbido de un mirlo / horadando las zarzas del borde de la presa / y el levísimo clic por el que existen / ellos y su alegría y el año 37».
Thomas Mann, también en su prefacio a La montaña mágica, reconocía que «para contar una historia es necesario que haya pasado; y podemos decir —añadía— que cuanto más tiempo hace que pasó más adecuada resulta para contarla, y para el narrador, esa voz que, susurrando, evoca el tiempo del pretérito imperfecto». Ese que parece no tener final y estar todavía transcurriendo con otras acciones del pasado.
Que la historia —o los testimonios para la historiografía— la escriben los vencedores se ha establecido como una posición axiomática. Quizá esos documentos, verbales o apuntados en papeles que ya amarillean o en fotos desvaídas, proceden esencialmente de supervivientes.
A las difíciles declaraciones de dos supervivientes poco conocidos vuelve a dar vida aquí el periodista y escritor Miguel Ángel Santamarina.
En La guerra que cambió el mundo (2025, Ediciones B) compiló efemérides de la Segunda Guerra Mundial. Procuraba poner rasgos de personas y más conocimiento a ese viraje que dio el género humano entre tantas calamidades. Le ha seguido hace unos meses otro libro, La guerra que cambió España, donde retoma parte de la hemeroteca del 1936 y los difíciles tiempos que a continuación estallaron.
Santamarina enfoca más la experiencia individual que el relato colectivo. En «Frío y frío» aprieta dos capítulos de aquellas circunstancias que desparramó la Guerra Civil. Primero, el de un adolescente que, cosa inexplicable —disparos torpes, lamentables pistolas, heladoras noches de noviembre, cadáveres confusos, sangre joven—, deja abajo la muerte en otoño, el primer otoño de la contienda. Ricardo Bombal se llamaba.
Seguidamente, la existencia apagada de la viuda de José del Castillo Sáenz de Tejada, militar que en marzo de 1936 había pedido que lo admitieran en la Guardia de Asalto. Al teniente Castillo, andaluz de treinta y tres años, parece que entre las nueve y las diez de la noche, el domingo 12 de julio, en Madrid, cuando, de uniforme, doblaba la esquina de la calle de Augusto Figueroa con Fuencarral —¡Ese! ¡Ese es!—, de camino a su servicio en el cuartel, lo asesinaron a tiros cuatro individuos de ideas diametrales a las suyas. Unos cincuenta metros más allá, en la acera de Hortaleza en que acababan de despedirse hasta la mañana siguiente, estaba su mujer, alta y rubia, Consuelo Morales Castillo. Oyó las detonaciones. Inacabables, amontonándose. Llevaban casados 52 días. Estaba embarazada. No sabía que de una niña. Salió de la capital, con sus padres, en noviembre de 1936, a Valencia, donde nació, con dificultades, la criatura.
Luego de tres decenios, El País Semanal, para su edición del 23 de enero de 1977, envió a dos de sus profesionales, Ricardo Cid Cañaveral y Ricardo Martín, a entrevistar y fotografiar a aquella mujer, en un pequeño piso envejecido del barrio de Argüelles, con una estufa de butano contra la frialdad de décadas, y sosteniendo dos retratos, uno del marido y otro de la hija que él no conoció y que aguantó en la vida de España poco más de tres añitos.
Tras la guerra, a Consuelo y sus padres los denunciaron. A ellas las llevaron a la cárcel de Las Ventas. Más de siete mil mujeres presas, confinadas allí dentro. A la niña la dejaron con su bisabuela materna. En la celda, la talla de esta mujer aún veinteañera destacaba. Las vigilantes le decían que ocupaba mucho.
A la cárcel de San Antón llevaron a un estudiante adolescente a quien meses antes, el 4 de junio, habían detenido en plena calle por ser militante precoz de un partido. «Sin más acusación, sin juicio previo, sin más diligencias, pasé a la Cárcel Modelo», declaró también en enero de 1977 a la prensa. La noche del 28 de noviembre de 1936, a Ricardito, como le llamaban entonces, lo condujeron desde las celdas de San Antón hasta un paraje a pocos kilómetros de Madrid, junto con otros presos políticos. Era una «saca». Frente a ellos, «un grupo de hombres con pistolas, fusiles y escopetas de caza dispuestos a matar. Unos obligados, otros voluntarios». Cuesta aceptar que disparos tan críticos, tan letales, como los que detalló al reportero no le trajeran muerte pronto. Cuesta bastante entender la realidad. Las dos caras de una misma memoria colectiva.
Tras las páginas del tiempo, a los personajes —a las personas de verdad— que sufrieron las tensiones del frío y el dolor y el miedo, y lo que no logramos adivinar ni medir, acaba sumándoseles siempre un periodista. A los dos mencionados hay que añadir el del reportero del diario ABC Miguel Ángel Nieto.
La historia —ya lo sabemos—, con mayúsculas o en negrita o tachada, es bastante más de lo que ocurrió; es también lo que queda en quienes pudieron sobrevivir. Y la memoria se rige por leyes propias, muy particulares.
En el poema de Miguel d’Ors recogido en La imagen de su cara (1994) los chicos, en ese principio del verano, ven amarillear dentro de un canal «las grandes brevas de oro sumergidas», y ven brillar «el relámpago pardo de una trucha» donde la superficie del agua. Donde la superficie más clara del pasado. Escrito por encima. Flotando apenas.
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Frío y frío
No fue el miedo lo que le ayudó a escapar, sino el frío. Apartó como pudo los bultos congelados que amenazaban con hundirlo hasta el fondo y sacó la cabeza hacia la superficie, pero todavía le quedaban cuatro metros hasta llegar al borde de la fosa. Se dejó las uñas y las yemas de los dedos intentando salvar el desnivel. Nuevas heridas, más sangre, más lágrimas, pero le daba igual; había conseguido escapar. El chico corrió como nunca lo había hecho en su corta vida. Intentó dar zancadas largas, pero, como le ocurría en algunos sueños, no podía avanzar. En lugar de un muchacho de quince años, parecía un viejo de ochenta. Hace dos días pensaba que todo se había solucionado, que había dado las respuestas correctas, que ese interrogatorio serviría para algo. A partir de ese momento, todo está borrado de su memoria. Ni siquiera recuerda cuando el cabo gritó «Fuego» y uno tras otro los cuerpos comenzaron a caer dentro de la tumba común. No sabía si estaba herido, ¿quizás muerto? Luego llegó el frío, y lo despertó, lo salvó. Han pasado muchos años desde aquello; algunas cosas han cambiado y otras no tanto. Ricardo ha vuelto tres décadas después para ver el lugar en el que murió por primera vez. El cartel del desvío que hay ante sus ojos marca los mismos kilómetros, doce, y el mismo destino, Paracuellos.
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Este microrrelato es una ficcionalización de dos capítulos —el de Ricardo Bombal y el del asesinato del teniente Castillo— incluidos en el libro de efemérides de la Guerra Civil La guerra que cambia de España (Ediciones B).


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