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No importa el destino, sólo el camino

No importa el destino, sólo el camino

A lo mejor tengo algo de Lancelot, o de Perceval, o simplemente he perdido el norte, pero acabé convencido de que debía embarcarme en la búsqueda del grial…

Al menos, uno de los griales del mundo editorial español.

Desde que publiqué Assur y traje a los vikingos a la península, allá por el 2012, se oía de tanto en tanto una misma frase, un reto. Un desafío. Daba igual la casa editorial de la que se tratase, siempre se murmuraba la misma insinuación.

Indirectas, frases subliminales, incluso, en ocasiones, directos a la mandíbula.

Se soñaba, se esperaba, se quería una novela histórica sobre el Camino de Santiago, lo que vendría a ser uno de esos high concept sobre los que tanto gusta hablar a los modernos que se destetan con manuales del otro lado del charco. Y lo que era, en términos más castizos, una idea con peso, un concepto narrativo con lo que hay que tener, un proyecto de aquellos a lo Samuel Bronston, que llevó al Cid a la gran pantalla y murió intentando hacer lo propio con Isabel la Católica (con guion, por cierto, del desaparecido Sánchez Dragó).

En resumen, un trasfondo histórico con enorme potencia narrativa y aún mayor atractivo.

Nadie lo dudaba. Era una gran idea. Es una gran idea. Sin embargo, el desafío tenía, tiene, siempre la misma respuesta, es imposible. Es algo así como conseguir el grial…

El Camino de Santiago puede ser un decorado más que atrayente, pero resulta inabarcable en un único texto. Son más de mil años de historia, controversias y ramificaciones. Un botín tan enorme que no hay capitán que acierte a repartirlo entre la marinería.

"Para cada gesta hay siempre un loco disponible. ¿Acaso no nos enseñó eso el maestro Cervantes?"

El Camino es arte, cultura, religión. Es mitología. Espiritualidad y gastronomía. El Camino es raíz de nuestro presente y, como ya señalaron Goethe u Ortega y Gasset, entre otros, Europa se forjó peregrinando. De hecho, hay incluso estudios antropológicos que relacionan la geografía de Eurasia con el fenómeno, encontrando razones de causa y efecto que, sin embargo, de forma comparativa, no aparecen en el continente americano.

En resumen, el Camino era una novela que rozaba y roza lo imposible.

Pero para cada gesta hay siempre un loco disponible. ¿Acaso no nos enseñó eso el maestro Cervantes?

Y después de años de darle vueltas, cuando ya uno empieza, sólo empieza, a entender el oficio, se me ocurrió una idea.

Y el nuevo sello Istoría, del Grupo Planeta, tuvo el valor de creer en ella.

Equivocado o no, el tiempo lo dirá, pensé que la respuesta al dilema era darle al Camino un ancla real y física, un elemento que lo representase. De otro modo la narración caería en el ensayo, más o menos afortunado, pero sin ese elemento se corría el riesgo de terminar con un texto más cercano al artículo enciclopédico que a la narrativa.

Y no tiene mérito alguno, quede claro. Ése es uno de los axiomas de la narrativa.

Recuérdese la vieja máxima de mi admirado Ramiro Pinilla, que rezongaba siempre aquello de que las historias deben contarse, pero no decirse (los modernos, porque no saben que ya lo había dicho el bueno de Ramiro, insisten también y repiten el mantra de los guionistas de Hollywood: show, don’t tell).

"Con ese principio en mente, y ahora escrito en una frase, parece obvio, se encendió mi bombilla, que sigue siendo de aquellas de filamento"

La esencia es que, en la narrativa (para la pantalla o el papel) la acción debe describir. La médula del buen contador de historias obliga a que el personaje entorne los ojos, se acerque el libro a las narices y juguetee con la distancia entre su napia y las páginas. Eso es mucho más efectivo que decir que el personaje tiene tantas dioptrías de astigmatismo y no sé cuántas de miopía.

Con ese principio en mente, y ahora escrito en una frase, parece obvio, se encendió mi bombilla, que sigue siendo de aquellas de filamento, desnuda, en cable pelado y de cristalillo azul, y comprendí que el Camino tenía un ancla física que lo representaba y que, además, florecía o se marchitaba con los éxitos y fracasos del propio Camino. La catedral de Compostela.

Con sus distintas etapas constructivas resultó que la Catedral podía asumir, en cierto modo, el papel de retrato del Camino.

Es fácil poner ejemplos.

El furor inicial, tras el descubrimiento de los restos del apóstol, impulsa la construcción de la antigua basílica.

El levantamiento de la catedral románica queda ligado a los primeros impulsos económicos y sociales que transformaron el cambio entre el siglo XI y el XII.

El abandono del templo durante las epidemias de peste.

Y suma y sigue. Hasta el presente. Como si cada era del Camino tuviera un reflejo en el edificio.

Así que ya tenía un ancla. Un puerto. Un amarradero. Empléese la analogía que se prefiera, reza el prospecto del medicamento.

Sin embargo, hasta ese momento seguía sin haber novela, no había historia, no había cuento, sólo anécdotas históricas con mayor o menor interés.

Necesitaba conflicto, porque todos los que nos dedicamos a contar cuentos sabemos que el conflicto es el motor narrativo y que la medida de ese conflicto es el cambio que provoca.

Así que empecé a rebuscar en los archivos, a invitar a cenas a los amigos medievalistas y a preguntar con la pesadez con la que sólo puede hacerlo un gallego.

Necesitaba situar en cada una de esas etapas constructivas que, a su vez eran retrato del Camino, un conflicto poderoso que tuviera potencia narrativa.

"Tenía así un conflicto interesante, unido al levantamiento de la Catedral románica de Compostela y, por ende, al primer y gran impacto cultural del propio camino de peregrinación"

Así me encontré con las revueltas civiles del siglo XII y el curioso y controvertido personaje del obispo Diego Gelmírez, un hombre enigma que se ha visto con buenos ojos por muchos cronistas pero que, sin embargo, demostró en más de una ocasión estar cerca de convertirse en un tirano al que sus propios feligreses estuvieron a punto de linchar. Sí, de linchar. Y no una, no, sino dos veces.

Diego Gelmírez robó reliquias en la diócesis de Braga, financió una catedral y un palacio sin que cuadren las cuentas, falsificó la famosa sanción que da nombre al Códice Calixtino (sí, al que robó el electricista). Incluso tuvo el cuajo de asistir a dos derrumbes con víctimas y aducir, sin el menor prurito, que bien sabría el Altísimo separar la cizaña de la mies.

Incluso me topé con una huida del susodicho por las cubiertas de la catedral en llamas, mientras la famosa reina Urraca quedaba a merced de una turbamulta furiosa.

Tenía así un conflicto interesante, unido al levantamiento de la catedral románica de Compostela y, por ende, al primer y gran impacto cultural del propio camino de peregrinación, pues las labores del controvertido Gelmírez atrajeron a Compostela a un número sin par de peregrinos. De hecho, hay afirmaciones de que ése y no otro es el auténtico nacimiento del Camino.

Sin embargo, como es lógico, no era suficiente. Tenía una instantánea con muchos ingredientes. Pero comprendí que sólo servía para reflejar, como mucho, la ambición, el poder y la siempre atractiva corrupción en el Camino.

Pero era la primera de las baldosas amarillas, podía seguir un camino. Y pronto encontré otros momentos clave.

"Tenía tres historias para tres novelas que contenían conflicto y que retrataban aspectos diferentes del mundo Jacobeo"

La guerra con Portugal y los problemas sucesorios estuvieron a punto de detener las obras de la catedral en el mismo momento en el que un desconocido Mateo es nombrado maestro al cargo del proyecto, lo que resultó muy sugerente, pues podía retratarse otro aspecto jacobeo, el del arte, crucial en sus idas y venidas a lo largo de toda Europa y cuya huella es aún visible en los templos de buena parte del continente.

Y unos siglos después el siempre atractivo declive, el fiasco, cuando, en la plena ebullición del Siglo de Oro, el Camino de Santiago estuvo a punto de desaparecer por culpa de muy diversas causas, como las epidemias de peste, la Reforma y la Contrarreforma, las guerras de religión en Francia y otras tantas vicisitudes. De hecho, en este momento, y a resultas del infame ataque de la Contraarmada inglesa, las reliquias del Apóstol desaparecieron, pues el cabildo decidió esconderlas antes de arriesgarse a que Drake y sus secuaces saqueasen Santiago. Y esas reliquias, quizá porque si hubieran aparecido habrían terminado en El Escorial, como parte de la colección de Felipe II, permanecieron perdidas durante casi tres siglos. No reaparecieron hasta que se llevó a cabo la gran reforma barroca de la catedral compostelana, lo que sugería una historia en la que, en el momento más bajo del Camino, alguien descubre su valor igualmente. Conflicto. Es decir, una historia de redención y espiritualidad. Una vez más, conflicto.

Dicho de otro modo, tenía tres historias para tres novelas que contenían conflicto y que retrataban aspectos diferentes del mundo Jacobeo en los que, además, podía entretejer elementos menores.

Casi podía soñar con rozar el grial con las yemas de los dedos.

Y parece mentira que años de una vida se puedan resumir con unos cuantos párrafos.

No fue un proceso fácil. Ni mucho menos. Pero estaba cerca de la meta. Sin embargo, como los caballeros artúricos, aún faltaba una prueba más.

Tenía todo. Y no tenía nada.

Porque esos tres momentos históricos, con sus conflictos y con sus retratos, no dejaban de ser, al cabo, simples decorados. Atractivos. Muy atractivos. Pero sólo decorados. Ninguno de ellos servía para contar un cuento. Quizá para decirlo, pero no para contarlo. Y casi me parecía escuchar al bueno de Ramiro Pinilla repitiéndome su lección al oído.

Necesitaba la parte humana.

"Todos hemos sido caballeros en un mundo que ha perdido a sus caballeros"

Nuestro querido hidalgo es inolvidable, y lo será siempre, pero no porque entendamos cómo vivía un tipo de aquel Siglo de Oro, ni porque tengamos la más remota idea de caballería, sino porque todos nos hemos sentido cuerdos en un mundo de locos, todos nos hemos sentido tratados con injusticia. Todos hemos sido caballeros en un mundo que ha perdido a sus caballeros.

Las buenas historias, como decía Bukowski, son como una pelea de bar: sales sangrando, tambaleándote y sin saber como te has metido en el lío. Y eso es así porque las buenas historias te agarran el corazón y lo sacuden.

Romeo y Julieta es grande porque todos nos hemos enamorado siendo adolescentes. Hamlet porque todos hemos sentido la traición. Macbeth porque todos hemos sido codiciosos.

Así que tenía tres decorados y necesitaba tres historias, tres historias que contar.

Porque la parte técnica de cómo se construyen historias se aprende con cierta facilidad. Inevitablemente uno se hace artesano y después, con suerte y sacrificio, se convierte en artista.

La parte técnica se aprende. Hay grandes pedagogos, McKee, Snyder, Edson y el siempre fiable Aristóteles en su incomparable Poética y retórica, disponible en cualquier librería de Hollywood. Y sin olvidar bajo ningún concepto a Lope de Vega con su monumental, increíble, inabarcable Nuevo arte de hacer comedias.

"Escribir novelas es una profesión como otra cualquiera: requiere aprendizaje, estudio y entendimiento"

Estudiando se aprende. Se entiende que escribir no es lo mismo que contar historias. Se aprende a no predicar, no incluir sermones, darle a los diálogos, que tengan subtexto, crear un personaje central que, además de ser empático, haga avanzar la historia, construir finales que dependen de la combinación entre las necesidades y querencias de ese personaje central. Se aprende (aunque a veces como lectores perdamos la fe porque nos encontramos esos errores en libros publicados). El caso es que se aprende. Puede hacerse con esfuerzo. Escribir novelas es una profesión como otra cualquiera: requiere aprendizaje, estudio y entendimiento, del mismo modo que conviene pasar por el conservatorio para componer una sinfonía…

Pero, y es un pero muy grande, gigantesco, contar historia es también arte, y no basta con aprender la técnica. Ése es sólo el primer paso.

Lo que es mucho más difícil, lo que exige, como decía Picasso, sesenta años (sesenta años para aprender a pintar como un niño de seis) es la verdad. El alma. El corazón.

Y eso le hacía falta a mis tres historias.

Y eso fue lo más duro.

Y no puede decirse que lo resolviera en estos últimos dos años de tan intenso trabajo, no. Para eso hacía falta el equipaje de los cuarenta y tantos que habían venido antes.

Revivir los miedos de un niño, las ansias de un adolescente, la pasión de un joven… Revivirlo, arrancárselo del pecho y estamparlo en la página, porque si una novela no emociona, no habrá hecho su trabajo.

El arte debe despertar emociones.

Y explicar ese proceso es inviable, es algo que cada uno vive de forma personal. Yo, en estas líneas sólo puedo jurar que lo intenté. Que dejé en las páginas alma, sangre, corazón y vida.

Lo hice lo mejor que pude.

Y ahora, en menos de un año, saliendo en marzo, junio y septiembre de 2026 (meses con numerales múltiplos de tres, porque la Trinidad tiene mucho que ver con Compostela), han llegado y llegarán a las librerías tres novelas que llevan por título los elementos de aquel viejo saludo medieval del peregrino

Un peregrino saludaba: «Ultreia».

Y otro respondía: «et Suseia, Santiago».

Tres novelas a publicar en seis meses, para dejar claro que era un proyecto unificado, en el que cada una es autoconclusiva e independiente y, a la vez, en el que las tres están relacionadas a través del Camino y ancladas en la catedral compostelana.

"Ahora he comprendido que, de hecho, todo esto ha sido una peregrinación, porque pronto llegaré a destino"

Tres novelas con un gran lanzamiento y todo el apoyo de profesionales de la talla de los del Grupo Planeta y su nuevo sello, dedicado, con el corazón y el alma, a ese género que ha dado en llamarse novela histórica.

Casi dos mil páginas a escribir en unos pocos meses.

Y yo acabé por sentirme, cada vez más, como Lancelot, como Perceval, como mi querido caballero de la triste figura

Metido hasta las orejas en la mayor gesta de mi vida para contar algo que mereciese la pena.

Y ahora he comprendido que, de hecho, todo esto ha sido una peregrinación, porque pronto llegaré a destino. La primera, Ultreia, ya está en las librerías: una historia de una hija sin padre y de un padre sin hija en medio de una revolución, y las siguientes, Suseia y Santiago estarán pronto en las librerías. Incluso se ha anunciado una edición especial de las tres unidas para fin de año.

Y ahora, sólo ahora, he comprendido que no importa el destino, sólo el camino.

Porque, estoy convencido, lo han sido para mí, y lo serán para el lector. Estas tres historias son otra forma de hacer el Camino. Una nueva ruta jacobea. Son un retrato auténtico de la peregrinación…

Y quizá, al llegar a destino, el grial nos esté esperando, a todos.

Quizá.

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Autor: Francisco Narla. Título: Ultreia. Editorial: Istoría. Grupo Planeta. Venta: Todostuslibros.

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