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Tomás González: “La mirada de maldad de Trump o Stalin es la de primates que han perdido la razón”

Tomás González: “La mirada de maldad de Trump o Stalin es la de primates que han perdido la razón”

Esta entrevista se ha hecho por correo electrónico. El entrevistado, Tomás González (Medellín, Colombia, 1950), vive a 8.000 kilómetros de Madrid, en una pequeña casa de madera junto a la represa de El Peñol, en el municipio de Guatapé, destino de yanquis que se tajan y bailan reguetón en lanchas. El escritor es poco amigo de las entrevistas personales; consagra su tiempo a su familia y a su oficio. “De leer mucho a querer escribir —cuenta a Zenda— hay solo un paso. Paso que di sin saber ni cómo ni cuándo”.

Sí sabemos que publicó su primera novela en 1982, cuando laburaba de cantinero en uno de los templos de la salsa de Bogotá, El Goce Pagano. Marchó a EEUU y vivió en Nueva York, en Pensilvania y en Miami, donde desempeñó varios trabajos que no le robaran demasiado tiempo –de nuevo, el tiempo– para escribir. Regresó a su país hace casi un cuarto de siglo. Ha forjado una bibliografía llena de poesía, filosofía y humor. Le han colgado el cartel de heredero del Gabo, casi nada. La Nobel Elfriede Jelinek lo ha descrito como “un escritor de mucha pureza, alguien con el potencial de convertirse en un clásico de la literatura latinoamericana”. En agosto recibió el Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas, de Chile. “Un tesoro hasta ahora escondido de las letras hispanoamericanas”, le elogió el jurado. Acaba de publicar Vista del abismo (Alfaguara, 2026), un libro compuesto por veinte relatos directos, exentos de manierismos, ricos en matices, asombros y algo así como moralejas. Aborda el desarraigo y el “rearraigo”, inspirado por el mundo que hubo en El Peñol y que quedó sumergido bajo 1.236 millones de metros cúbicos de agua. Sobre todo ello, nos escribimos en esta entrevista:

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—Señor González, ¿qué es lo más inteligente que puede hacer un escritor, tal y como está el mundo?

"Es cuestión de personalidad. Iba a decir que era cuestión de edad y de personalidad, pero me acordé de Bernie Sanders"

—Si le es posible, retirarse a un lugar tranquilo y de mucha agua y vegetación. O ayudar a cambiar o enderezar el mundo. Es cuestión de personalidad. Iba a decir que era cuestión de edad y de personalidad, pero me acordé de Bernie Sanders, el senador estadounidense enemigo del trumpismo. Tiene 83 años y está tan activo políticamente como si tuviera 25 y con ideas muy claras y nada geriátricas de la justicia y de la forma como se debería organizar la sociedad. Sanders no se retiró a ningún lugar tranquilo, al contrario. Claro que él no es escritor, pero las mismas opciones tienen los escritores.

—¿La cultura salva de algo?

—Ayuda a disfrutar mejor el mundo.

—¿Es mejor un hombre que lee que uno que no lo hace?

—No siempre. Goebbels era lector voraz, lo mismo que Gandhi. Goebbels estudió Literatura, Historia y Filosofía en diversas universidades alemanas y fue el mejor alumno de su clase. A pesar de eso se volvió un monstruo.

—¿Por qué se hizo usted escritor? ¿Recuerda cuándo le entró el veneno de la literatura?

—Yo era lector voraz —claro que no tanto como Goebbels—, y de leer mucho a querer escribir hay solo un paso. Paso que di sin saber ni cómo ni cuándo.

—¿Qué es, para usted, la “literatura total”?

"Literatura total es aquella en la que cada página tiene la misma intensidad que la primera o la última"

—Sería aquella en la que cada página tiene la misma intensidad que la primera o la última y en la que cada párrafo, frase y palabra tienen la misma intensidad que la anterior y la que le sigue. No hay relleno. El peso de la narración se apoya completo en cada una de sus palabras, frases y páginas. Este ejemplo es tomado de “Luvina”, un cuento de Rulfo: “Pues sí, como le estaba yo diciendo…” Pero no dijo nada. Se quedó mirando un punto fijo sobre la mesa donde los comejenes ya sin sus alas rondaban como gusanitos desnudos. Afuera seguía oyéndose cómo avanzaba la noche. El chapoteo del río contra los troncos de los camichines. El griterío ya muy lejano de los niños. Por el pequeño cielo de la puerta se asomaban las estrellas. El hombre que miraba a los comejenes se recostó sobre la mesa y se quedó dormido.

—Como autor, ¿hay algún tema que le obsesione especialmente?

—Me asombra la maldad, que es exclusiva del ser humano. Los ojos del león que devora a la gacela son de perfecta inocencia. En cambio, la mirada de maldad de Trump, o la de Mussolini o Stalin, o la de esa especie de bebé gordo horroroso de Corea del Norte, es la de primates que han perdido la razón.

—¿Y alguno que aborrezca?

—Ninguno.

—Cuando Elfriede Jelinek le define como “alguien con el potencial de convertirse en un clásico de la literatura latinoamericana”, o cuando el jurado del Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas dice de usted que es “un tesoro hasta ahora escondido de las letras hispanoamericanas”, ¿qué piensa? ¿Cómo se lleva con su vanidad?

—Los escritores creamos para un público, igual que los cantantes, y los aplausos son importantes. Yo lo he hecho tanto con aplausos como sin ellos, y es más difícil cuando no se dan, claro, pues toca seguir a fe limpia en lo que se refiere al reconocimiento. Sin embargo, la gente escribe como arrastrada por un impulso que nadie entiende y que es mucho más poderoso que la sola búsqueda del aplauso.

—Cuénteme sobre su fichaje por Alfaguara. Tengo entendido que lo motiva la censura de Planeta a la periodista Laura Ardila, que investigó la corrupción de un poderoso clan político.

"Para mí son más importantes los editores que las editoriales. Me sonó curiosa la palabra fichaje. Me sentí como Messi"

—Aquella fue una de las razones. Lo otro fue que Juan David Correa, mi editor en Planeta, renunció precisamente por la censura de ese libro. Entonces, al no estar Juan David, tomé la decisión de pasarme a Alfaguara, donde trabajaba y todavía trabaja Carolina López, quien había sido mi editora durante muchos años, primero en Alfaguara, después en Planeta, y ahora otra vez en Alfaguara. Para mí son más importantes los editores que las editoriales. Me sonó curiosa la palabra fichaje. Me sentí como Messi.

—El tronco común de los veinte relatos que conforman Vista del abismo es un pueblo inundado para construir una represa. ¿Qué quería mostrar en esta, si me permite, postal de postales?

—Quería que en cada uno de los cuentos apareciera una grieta por la que nos asomáramos a un mismo abismo: el Abismo.

—¿Es posible escribir sin sumergirse?

—No en este caso. Como se trata de una represa, hay cuentos que son necesariamente subacuáticos. Pero ya para contestar de forma menos literal, en algunos cuentos, especialmente en el último, el que le da el título al libro, alcancé a sentir mucho miedo de ese Abismo.

—Ha definido Vista del abismo como un libro sobre el desarraigo y el “rearraigo”. ¿Cómo arraigar en un lugar inundado?

—La gente, como plantas de una inundación, alcanzó la tierra seca y echó raíces. Los que quedaron sin tierras para cultivar se dedicaron al turismo, de forma directa o indirecta, pues la represa es bella y la industria turística se hizo pujante. La capacidad de adaptarse es lo que hace que los seres vivos puedan seguir vivos.

—En “La casa partida”, un matrimonio divide su casa en dos: “Como le temían a la soledad –escribe–, los reconfortaba saber que el otro, en un espacio casi idéntico, aunque opuesto, se mantendría siempre cerca”. ¿Es la soledad no buscada el abismo más terrible?

"Y creo que es ese instante de infinita soledad que tal vez nos llegue cuando nos estemos muriendo"

—La soledad es otro de los grandes temas. Últimamente me ha dado por pensar: “A ver, ¿y qué es lo que tiene de tan terrible la muerte, al fin de cuentas?”. Y creo que es ese instante de infinita soledad que tal vez nos llegue cuando nos estemos muriendo. Es miedo también a lo desconocido. Pero nadie sabe. ¿Qué tal que me vayan a recibir, como en el aeropuerto, mi papá, mi mamá, mis tres hermanos muertos, mi primo Santiago, mi prima Clemencia, mi prima Constanza, mi tío Jorge, mi tío Fernando, mi tío Emiliano, mi tío Horacio, mi abuela Natalia, mi queridísima tía abuela Tonito, todos ellos? Se me quedaron muchos por fuera, por cuestiones de espacio, pero ojalá que también lleguen. Mi amigo Gustavo, Fiorillo, Roberto Osorio…

—En “Vista del abismo hacia arriba”, el personaje de María José acepta las monstruosidades que forman parte del universo, salvo una: “Todas menos el hecho de que, para sobrevivir, unas criaturas tuvieran que devorar a otras”. ¿También los seres humanos?

—Los humanos somos los peores, pues matamos para sobrevivir y también para acumular poder y riqueza.

—Parece que las naciones más poderosas han vuelto a regirse por este principio, relacionándose con el resto del mundo como un depredador con su presa, ¿no cree?

"Yo confío en que la humanidad va a salir adelante y no nos vamos a dejar hundir otra vez en el fascismo"

—Eso parece, sí. Canadá y los países europeos nos dan alguna esperanza de que la humanidad no se vaya a hundir otra vez en la oscuridad, y está dentro de lo posible que este remezón por el que estamos pasando nos lleve a una organización más… ilustrada, digamos, de la sociedad humana. La historia tiene esa forma rara, paradójica, de moverse. Pensemos nada más en que los países europeos han sido históricamente de los más rapaces y violentos del mundo, pero eso mismo les ha traído inmensos sufrimientos y ahora son ilustrados. Me refiero a algunos políticos y a la gran masa de su población, sin dejar de reconocer que también allá la Serpiente cada vez se siente más. Yo confío en que la humanidad va a salir adelante y no nos vamos a dejar hundir otra vez en el fascismo.

—Vamos acabando, señor González. Introduce su relato “La mujer de Justo caminaba así” con unos versos de Quevedo: “En resumen, no sólo las cosas no son / lo que parecen, ¡ni siquiera son como se llaman!”. ¿Los suscribe?

—¡Y con qué gracia lo dice! Los suscribo, sí. Es mejor no tratar de entender las cosas o, mejor dicho, habría que entenderlas sólo hasta el punto en que ese conocimiento nos permita disfrutarlas más. Pero entenderlas, lo que se dice entenderlas, no se puede ni se necesita. Es parecido a lo que les pasa a los cazadores de mariposas: ¿para qué clavarlas en una vitrina si son más bellas flotando por ahí? Al final no agarran nada: solo cadáveres, polvo.

—“Y otra vez tuve claro –concluye su relato “Los niños de la gruta”– lo distinto que habría sido todo de haber existido para nosotros otro camino, otra manera”. ¿Alguna vez ha imaginado cómo hubiera sido su vida de ingeniero o de filósofo?

—También la habría disfrutado y sufrido, pero ese no fue el cauce que agarró el río.

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