Inicio > Blogs > Ruritania > En la rueda del hámster

En la rueda del hámster

En la rueda del hámster

Nos movemos por el mundo con una parsimonia anestesiada por los acontecimientos que no queremos ver y que, sin embargo, vemos. La vida nos pasa por encima sin que nos demos cuenta. Asistimos a los eventos de nuestros amigos, de nuestra familia, de nuestras esposas e hijas. Lo hacemos con la inercia propia que impone la sociedad, convenciéndonos, a veces, que somos nosotros mismos quienes tomamos ciertas decisiones. Estudiamos una carrera. Conseguimos un trabajo estable. Compramos un buen coche. Una casa con jardín. Nos casamos y tenemos descendencia. Todo esto no sin esfuerzo. También somos testigos de aquellos otros cuya inercia es más sutil y cómoda, que no han sudado entre hornos con doce años ni se han desollado las rodillas cosiendo prendas para grandes marcas. Lo vemos cada día en las noticias. Lo de aquellos que usan el dinero de nuestros impuestos, esos que tanto sacrificio y esfuerzo suponen, para satisfacer sus caprichosos placeres. No está mal que disfruten de los beneficios de estar vivo; sí lo es que lo hagan a costa de quienes no pueden hacerlo porque, también según otros, viven por encima de sus posibilidades. Vivimos tiempos de incertidumbre, de inseguridad y miedo. Mientras que, para algunos, la mayor incógnita es si seguirán vivos al amanecer de un nuevo día o si tendrán algo que echar a la boca de sus retoños antes de que acabe el día, para otros lo es si, a pesar de tener las arcas llenas, podrán llenarlas aún más, si sus platos podrán soportar el peso de un chuletón más grande, aunque acaben tirando a la basura el doble. Mientras hay quienes ven latir con angustia el corazón del planeta, hay otros que no temen hurgar en sus entrañas con una cirugía invasiva que, probablemente, acabe en muerte. No somos conscientes de que nuestras realidades son distintas aún en el mismo plano, en el mismo país, en la misma ciudad o hasta en la misma calle. Incluso en el propio hogar, en las habitaciones que lo componen, existen mundos alternativos con visiones completamente diferentes. Y, aún así, miramos sin ver, oímos sin escuchar y ya no sentimos, porque nos han habituado a ello.

"Eso de «elegir tu camino» es un concepto romántico; supongo que para que podamos seguir persiguiendo nuestros sueños en esta rueda de hámster"

De todo esto hablábamos Don y yo el otro día sentados en una mesa exterior del Spinosa, con el frío arreciándonos en el cogote y el rumor de la playa escondido en la oscuridad del fondo, a nuestras espaldas. Hablamos de libros y futuros, de lo complicado que es abrirse camino y de la prostitución cultural a la que muchos se someten por elección propia para llegar a donde creen que llegarán pero nunca llegan. «Algunos sí lo consiguen». No sé si lo dijo él o yo. Y lo cierto es que tampoco podemos decir de este agua no beberé, porque no estamos en disposición de elegir. A veces creemos que sí, pero no. No elegimos, solo nos dejamos llevar por las opciones que nos ofrecen otros. Eso de «elegir tu camino» es un concepto romántico que nos han enseñado a creer; supongo que para que podamos seguir persiguiendo nuestros sueños en esta rueda de hámster sin que nos apercibamos de ello. No hay diferentes caminos. Nos hacen creer que sí, pero no. No hay «sueño americano» ni nadie «se ha hecho a sí mismo». Solo el silencio de quienes llegaron a donde querían con ayuda de otros a los que no pueden mencionar para no menospreciar su propio talento ni su trabajo ni tampoco poner en evidencia la trampa. «La sociedad es un circo», dijo alguien en una ocasión. Y alguien le respondió que el mayor circo de todos estaba en la cúpula política. Yo en esas cosas no me meto. No comulgo con ninguno de ellos. Hay pocos que se centren en el pueblo en lugar de en sí mismos y en su discurso. Palabras vacías dentro de un escenario para el que llevan toda una vida ensayando. Y, si sale mal, mutis por el foro y, si te he visto, no me acuerdo. La muerte no nos hace desaparecer; lo hacen los medios. Es por eso que, quizá, mientras escribo esto pienso en el titán que vive en el Mar Menor. Nadie habla de él porque supongo que podría afectar negativamente al turismo. Pero yo veo sus ojos refulgentes cada mañana antes de que salga el sol. Lo siento mirándome desde la suave calma de las aguas negras. Apenas parpadea.

"Nuestras miserias no le afectan más de lo que lo hacen las suyas propias y, ni de lejos, parecen tan complejas"

Por la distancia y la altura calculo que debe medir unos diez o doce metros. Veo su silueta dibujarse sobre el horizonte oscuro, tapando las luces de La Manga que se ven al fondo, a su espalda. Puedo imaginarlo sentado, abrazándose las rodillas contra el pecho mientras observa el mundo desde su refugio. El agua no le debe llegar ni a medio muslo. Aquí hay poca profundidad. Eso lo sabe todo el mundo. Quienes lo han visto dicen que vive en La Perdiguera. Cerraron el acceso a la isla hace años. Ya no hay restaurante allí ni los barcos pueden atracar en sus muelles, por otra parte, derruidos por el paso del tiempo, la desidia y la falta de mantenimiento. No recuerdo si hay alguna cueva allí. La isla parece una montaña en mitad de un charco, con poco espacio para moverse y, mucho menos, esconderse. Sin embargo, nadie mira en esa dirección. Puede que quienes afirman que el titán duerme allí se hayan equivocado de isla y el gigante pernocte en la del Barón o en las Hormigas. Poco importa dónde. No tanto como el porqué. Él también es testigo a su peculiar manera. En sus ojos brilla la tristeza y una pizca de envidia. Nos ve reír y llorar, correr, pasear, comer… Para él, nosotros somos una realidad inalcanzable. Nuestras miserias no le afectan más de lo que lo hacen las suyas propias y, ni de lejos, parecen tan complejas. Y ahí estamos, Don y yo, hablando de nuestras cosas, arreglando el mundo y quejándonos del camino lleno de piedras mientras, a nuestras espaldas, hay un corazón roto que sufre por lo que no puede tener y que, de saberlo, a nosotros nos parecería banal. Y, al mismo tiempo, en la mesa de al lado, una mujer le cuenta a su hija que juntas podrán superar la pérdida mientras estén unidas. Y, más allá, una pareja se abraza para celebrar la llegada del hijo que llevaban años esperando. Y, justo cuando Don se levanta para pagar la consumición, un hombre pasa caminando con el manos libres hablando de lo bien que estamos, que nunca se ha vivido mejor que ahora. Y, así, poniendo oídos a nuestro alrededor, nos damos cuenta de algo que creíamos solo se aplicaba a lo material: la basura de unos es el tesoro de otros.

0/5 (0 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios