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La fuga de los monstruos

La fuga de los monstruos

Lo he visto en las noticias durante los últimos días. Lo de la usurpación de las obras de arte en museos de todo el mundo. Creen que es una nueva forma de atentado de las plataformas ecologistas. Ya no les basta con lanzar sopa de tomate o pintura sobre los cuadros: ahora los sustituyen por obras a las que les falta su protagonista, las vacían de contenido y apenas dejan en sus límites el fondo de un escenario sin sentido. Lo más curioso de todo es que estos terroristas están siendo especialmente selectivos con sus crímenes y solo están atacando las obras más grotescas del panorama artístico, las más surrealistas. Dicen que uno de los museos más afectados es el de Arte Onírico de Polonia, casi todas las obras de Zdzisław Beksiński han sido mutiladas, se les ha arrancado el alma: ya no está el soldado posando sobre aquel fondo amarillento ni el jinete de ese cuadro sin nombre que es todo huesos y sostiene un bebé (tal vez muerto) en su regazo; tampoco está la muerte reptante sobre ese terreno yermo, ocre; ni el ángel crucificado, donde ahora solo quedan la cruz y los cuervos.

También en El Prado han desaparecido algunos de los personajes más grotescos de las pinturas negras de Goya. No solo allí y no solo de pintores muertos. En todo el mundo ha habido una fuga de monstruos y horribles criaturas. Un reemplazo que invita a pensar en una organización criminal muy bien estructurada. Esos activistas se han puesto de acuerdo para perpetrar el golpe de sus vidas en un solo acto, contundente, mortal, sonoro. Cuadros de Munch —como El Grito— o de Lucía Vidales Lojero —como Diablo— se han visto despojados de su esencia. Esas criaturas ya no están. Como tampoco están —aún siendo de un formato más moderno— las de Hiroyasu Shimo. Y me doy cuenta mientras refiero todas estas desapariciones de que no es posible que algo así se pueda dar por mano de una corporación, por muy bien organizada que esté. Pienso en la seguridad de todos esos sitios, inexpugnables, impenetrables, con sus alarmas, sus cámaras y sus vigilantes de seguridad. Nada tiene sentido y, sin embargo, es la más lógica de las explicaciones que uno puede dar a algo así. Porque pensar en la alternativa es demencial. Solo que, la verdad, muchas veces, suele serlo, demencial, y escapa de toda lógica.

"Lo supe en cuanto vi el cuadro. No estaba en ningún museo famoso ni tampoco colgaba de la pared de ninguna celebridad"

Lo supe en cuanto vi el cuadro. No estaba en ningún museo famoso ni tampoco colgaba de la pared de ninguna celebridad. Estaba apoyado contra una decena de lienzos más. Lo vi al fondo, junto a las otras obras de Villarán, en uno de sus videos. Quizá él tampoco supiera lo que había hecho. Yo, a día de hoy, solo puedo conjeturar basándome en lo que he visto y leído sobre el tema. Porque intuyo que, tal vez, él no sabe de su poder ni de su naturaleza para capturar la esencia viva de lo que nos rodea, su capacidad para encadenarla al óleo por toda una eternidad. Y lo supe porque reconocí al hombre que aparecía pintado en ese cuadro. Lo había visto hacía unos meses en un documental y, días más tarde, en las noticias. Hario Hagaz había desaparecido sin dejar rastro. No tenía familia. Tampoco se le conocía una historia más allá de la de coleccionista de obras bizarras y galerista de algunos museos itinerantes de poca monta. Su desaparición no habría sido trascendente de no haberlo visto de nuevo en aquel cuadro. Por eso seguí hurgando en su historia hasta dar con su nombre en un foro sobre «surrealismo vivo» y «abstracción veraz». Para mí eran conceptos nuevos.

Por lo visto, Hario Hagaz era más que un comerciante de arte. Según el administrador del foro se trataba de un guardián. Pero, ¿qué era lo que guardaba? Es una locura, lo sé. Meras conjeturas otra vez. Nadie podía afirmarlo con rotundidad. Rumores. Lo que se decía era que llevaba viviendo entre nosotros durante al menos cinco siglos. ¡Menuda estupidez! Algunos aportaban fotos y pinturas antiguas en las que aparecía acomodado a la época. El parecido era más que razonable. No me cupo duda de que se había usado una IA para recrear esas imágenes. Los comentarios se salían de madre. Había quien afirmaba que habían existido muchos como Hario, pero que habían ido desapareciendo engullidos por la negrura del mal que trataban de preservar o por alguno de sus acólitos invisibles, camuflados entre lo más podrido de nuestra sociedad. Vamos, que se los habían cargado. Se decía que Hagaz era el último de ellos. Lo más espeluznante venía después, la idea de qué era lo que preservaban con tanto celo. Se me erizó el vello de la nuca y los brazos. Leí atentamente el listado de obras y autores. Eran los «protegidos» de Hagaz. Cuando había visto las noticias no había caído en la cuenta. Me sonaban los nombres de algunas de esas obras. No sabía de qué. Volví a ver los videos y leer los periódicos y até cabos. Comparé el listado del foro con el de YouTube. Eran las mismas obras, los mismos artistas. Eran los cuadros que Hario Hagaz debía proteger a toda costa. El motivo (siempre según los paranoicos del foro) era simple: evitar que las criaturas escaparan de su prisión.

"El último guardián era el único que mantenía viva la llama de la logia y sus conocimientos"

Por lo visto —decían los creyentes de Hagaz— existía una categoría de pintores a los que llamaban «cazadores de pincel». Su misión era la de atrapar el alma inmortal de los monstruos que nos rodean, encerrar a las aberraciones que atentan contra la naturaleza humana y encarcelarlas entre las paredes de sus obras para que sigan formando parte de la pesadilla y no de la realidad. Lo hacían a golpe de pincel. Con cada pincelada conseguían lo que nadie más podía: encadenar al monstruo a la obra para siempre (o eso parecía). Los cazadores de pincel pertenecían a la misma logia que Hagaz. El cual también era un cazador. Las enseñanzas de la logia se fueron perdiendo y, con el exterminio de sus miembros, solo quedó de ellos su obra. No. Hagaz no era el último. Lo creían. Y así lo decían en el foro. Pero había más. Algunos aún viven entre nosotros. Solo que la mayoría no sabe que tiene ese poder y, si lo saben o lo intuyen, no tienen ni idea de cómo ni por qué. Y, mucho menos, qué hacer con él.

El último guardián era el único que mantenía viva la llama de la logia y sus conocimientos. No se había molestado en buscar a los suyos ni instruir a ningún discípulo que preservara su legado. Ni siquiera Villarán, que, movido por una atracción inusual, había decidido pintar a aquel hombre encorvado del parque sabía lo que sucedería después. A él solamente le llamó la atención esa mirada perdida y las mil historias que adivinó dibujadas en las arrugas de su rostro. Ni siquiera intuyó que, al igual que él, era un maestro del pincel. Villarán se sentó en un banco cercano, como un voyeur, y lo pintó con destreza, sin detenerse en los pormenores; no quería que lo esencial se le escapase antes de que el hombre se marchase. Dio la última pincelada a tiempo. Hagaz se levantó con parsimonia y, despacio, como si supiera de su destino, siguió uno de los senderos del parque hasta perderse de la vista del pintor. Es lo que imagino. Puede que no sucediera así. Y casi puedo ver a Villarán rematando la obra en la soledad de su estudio, completando el ritual silencioso, ignorando que acababa de atrapar en el lienzo al único guardián vivo de esas monstruosidades.

Ya nadie velaba por nuestra seguridad. Las jaulas se habían abierto. Y de eso me doy cuenta ahora, mientras veo cómo una grotesca figura se oculta entre las sombras que hay tras el reportero británico, junto a las puertas del Tate Modern de Londres y, más tarde, en las imágenes captadas por las cámaras de seguridad del MoMA de Nueva York en las que se ve una cosa reptando por los pasillos, un engendro de ojos brillantes y formas retorcidas que podría haber escapado de algún cuadro de Dalí, de Leonora Carrington o de Francis Bacon. Sin nadie que los vigile, los monstruos andan sueltos. Y lo seguirán estando hasta que quien ha encerrado a su guardián selle su destino y tome su lugar.

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