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El largo viaje de la niña mala

El largo viaje de la niña mala

A veinte años de Las travesuras de la niña mala, de Mario Vargas Llosa

Desde que pisó París, un joven aspirante a escritor vivió obsesionado por la literatura de Flaubert, su estilo realista, simétrico y riguroso. Y en particular por la señora Bovary:

“En el verano de 1959 llegué a París con poco dinero y la promesa de una beca. Una de las primeras cosas que hice fue comprar, en una librería del barrio latino, un ejemplar de Madame Bovary en la edición de Clásicos Garnier. Comencé a leerlo esa misma tarde, en un cuartito del Hotel Wetter, en las inmediaciones del Museo Cluny. Ahí empieza de verdad mi historia”.

De esa lectura surgieron dos revelaciones. La primera, qué tipo de escritor le hubiese gustado ser. La segunda, “que desde entonces y hasta la muerte viviría enamorado de Emma Bovary”.

Ese lector era Mario Vargas Llosa.

Se cumplen 20 años de la publicación de Las travesuras de la niña mala. También está por cumplirse un año de la partida física del autor. Esta novela fue para Vargas Llosa una puesta en escena —un hommage— de una de sus obsesiones literarias más persistentes: Madame Bovary, de Gustave Flaubert.

Esa fascinación lo llevó a publicar el ensayo crítico La orgía perpetua (1975), uno de los estudios más personales que un novelista haya dedicado a otro. Muchos años después, Las travesuras de la niña mala vino a completar, de algún modo, ese círculo. El lector que logró canalizar su obsesión primero a través del lenguaje de la crítica y posteriormente como novelista.

Es posible abordar la novela desde la noción del viaje —tanto real como metafórico—. Un viaje físico —París, Londres, Tokio, Lima, Madrid— y también un viaje interior relacionado con la identidad, el amor y el desarraigo. El viaje en la ficción nace cuando aquel aspirante a escritor se pierde en las páginas de Madame Bovary a su llegada a París en 1959.

Sergio Chejfec, en El punto vacilante, menciona el viaje dentro de una reflexión sobre la literatura argentina que bien podría extenderse a toda Latinoamérica: “Cuando nos preguntamos por el viaje lo hacemos también por la ausencia, por el reguero incesante de proyecciones sobre el vacío que producen los desplazamientos”.

Algo parecido ocurre en la novela de Vargas Llosa. Además de los protagonistas, muchos de sus personajes migran y están siempre al límite de la perplejidad. La sensación de no pertenecer prevalece en ellos, a pesar de haber vivido más años afuera que en sus países de procedencia. Orhan Pamuk, en un artículo, sugiere que “para un escritor como Vargas Llosa, que proviene de Latinoamérica, lo que podríamos llamar una suerte de “autoexilio” no se limita a la geografía, o tiene poco que ver con ella, sino con una condición existencial (Pamuk utiliza el término spiritual state), una idea de exclusión, de ser un extranjero perenne”. O en palabras de uno de los personajes de la niña mala, “no es culpa de Francia si seguimos siendo un par de extranjeros, querido. Es culpa nuestra. Una vocación, un destino. Como nuestra profesión de intérpretes, otra manera de ser siempre un extranjero, de estar sin estar, de ser pero no ser”.

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Emma, espejo de la Niña mala

Hay, de un lado, la impresión que Emma Bovary deja en el lector que por primera vez (segunda, décima) vez se acerca a ella: la simpatía, la indiferencia, el disgusto. La misma impresión que nos deja la niña mala, antiheroína por excelencia.

A principios de febrero comencé a releerla. A medida que avanzaba por sus páginas volvían algunos recuerdos de esa primera lectura. La había comprado en Buenos Aires recién publicada. También surgían recuerdos más personales: cada quien ha tenido su niño bueno o su niña mala, o con adjetivos invertidos, o la combinación que prefieran o que mejor les cuadre.

Esta historia de amor es, al mismo tiempo, tan posible como improbable. Vargas Llosa siempre les tuvo alergia a las historias que idealizaban los intercambios románticos. Su desmitificación fue un tema recurrente en su literatura: “Una novela ha sido más seductora para mí en la medida en que en ella aparecían, combinadas con pericia en una historia compacta, la rebeldía, la violencia, el melodrama y el sexo”.

En ese universo maleable y ambiguo entre lo real y lo imaginado, aparece lo que Vargas Llosa llamó el “elemento añadido”, una transformación de la experiencia en materia literaria. Tanto en Madame Bovary como en Las travesuras de la niña mala subsiste una particularidad que decidió llamar “el mundo binario”:

“La realidad ficticia tiene también, como signo distintivo, una misteriosa ordenación cuyo principio es el número dos. Está organizada por pares: lo existente da la impresión de ser uno y su doble, la vida y las cosas, una inquietante repetición. En ese mundo binario, uno es dos, es decir, todo es uno y su réplica, a veces idéntica, a veces deformada; casi nada existe por sí solo, casi todo se duplica en algo que lo confirma y lo niega.

Esta simetría se puede rastrear en los personajes y en las acciones, en los lugares y en los objetos. La realidad ficticia, a diferencia de la real, no da la impresión de crecer y multiplicarse libre, caóticamente, sino dentro de una inflexible planificación. A la dinámica fatídica del apareamiento se pliegan lo vivo y lo inerte para constituir un sistema de relación que no es racionalmente explicable: en este sentido la realidad ficticia no es histórica sino mágica”.

En la novela prevalece el engaño y, con él, la vulnerabilidad humana en escenarios cambiantes atravesados por una cotidianidad que no da treguas. Vargas Llosa lo presenta a través de las emociones y los recuerdos. La trampa como artilugio dramático es parte íntegra de la historia.

Leída hoy, la novela deja una impresión curiosa: la sensación de que anticipa un mundo donde la astucia sustituye a la elegancia, donde la manipulación reemplaza a la persuasión. Una intuición sobre cierto desgaste contemporáneo de la diplomacia, la cortesía o la elocuencia.

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Las relecturas ofrecen eso: familiaridad. Una vez descartado el factor de la expectativa ante lo nuevo, la tensión cede. Leer por segunda vez una novela es como un encuentro entre amigos después de muchos años y retomar la conversación donde se había interrumpido.

Cada lectura es distinta, el lector cambia; se presenta con experiencias nuevas y vivencias que persisten en el tiempo; otras van quedando en el camino. Veinte años después de la niña mala, en los últimos años, visité París varías veces. Esa segunda lectura me regaló la posibilidad de reconocer los espacios: las calles de Saint-Germain-des-Prés, el barrio latino; un establecimiento como Le Procope, por donde pasaron todos, hasta María Antonieta. En fin, lugares y nombres que se suman a experiencias reales o propias, al viaje del lector.

En las primeras páginas de La orgía perpetua, Vargas Llosa entabla un “mano a mano” con el personaje confesando, a manera de spoiler, que habla más de él que de ella. A Flaubert se le atribuye la célebre frase “Madame Bovary, c’est moi!”, queriendo indicar que Emma Bovary personificaba sus propios sentimientos de alienación, insatisfacción romántica y aburrimiento.

La relación de Ricardo con la niña mala se puede ilustrar como un viaje en una montaña rusa, con ascensos empinados y descensos vertiginosos, una combinación de peligro y placer, de aceptación y riesgo. Eso hace que la lectura te contagie, te lleve a las páginas que siguen. Hay novelas mucho más trascendentales en la bibliografía del Premio Nobel peruano. Sin embargo, Las travesuras de la niña mala tuvo la virtud de acercar a una nueva generación de lectores a la obra de Vargas Llosa.

La crítica se hace novela

Un novelista como Vargas Llosa no se limitó al lenguaje ensayístico. Su relación con Madame Bovary no concluyó con la publicación de La orgía perpetua. Su ambición más elevada como crítico consistió en emular la obra criticada valiéndose de las mismas herramientas narrativas, respetando su natural propensión al lenguaje ficcional. Ya decía Jean-Luc Godard que el mejor modo de criticar una película era haciendo otra.

Las travesuras de la niña mala es más que una historia de amor: es un estudio crítico vuelto ficción que dialoga con aquella primera lectura de Mario Vargas Llosa en un hotel parisino, mientras no muy lejos Jean‑Luc Godard imaginaba su ópera prima, Sin aliento. Publicada en 2006, la novela completa así un recorrido que nos remonta a la década de 1850, a las noches en vela que Gustave Flaubert dedicaba a escribir Madame Bovary.

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