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Déjame vivir con alegría

Déjame vivir con alegría

“Éramos felices y no lo sabíamos”. Antes se decía, pero ahora se deja por escrito cada vez más. Compartes en redes una foto de joven o muy joven con la pareja o con la familia o con los amigos. Da igual. Como sea, pero luciendo lozano. Y entonces plantas la frase de marras, que ya da hasta grima. Y la cuestión es que tiene todo el sentido. Porque uno fue feliz en el pasado e incluso podrá serlo en el futuro, pero no cabe conjugar la felicidad en presente. Sucede esto porque nada puede malograr la felicidad que ya pasó ni puede amenazar la que está por llegar. En cambio, casi nadie se atreve a decir “soy feliz”. Escribió Fernando Savater en su Diccionario filosófico que “el presente está demasiado expuesto a lo eventual como para convertirse en sede de algo tan magnífico” como la felicidad. También aclaraba el escritor vasco que la felicidad es un estado de afirmación vital y que la alegría es el sentimiento de esa afirmación.

"La de Azcona es la palabra de un sabio. Así que nos quedamos con la alegría, aunque no tenga, para el arte y el pensamiento, muy buena prensa"

La felicidad parece pedir ser escrita con mayúsculas, y la alegría no, porque la percibimos como algo más efímero y ligero, pero igualmente deseable. En este año del centenario del nacimiento de Rafael Azcona, recordemos que justo dos años antes de morirse el gran guionista concedió una entrevista al diario El País en la que le preguntaban si buscaba la felicidad. Contestó precisamente que para nada perseguía la “felicidad con mayúsculas”, que prefería la alegría, que se conformaba con lo que recomienda el Eclesiastés: “Por tanto alabé yo la alegría, que no tiene el hombre bien debajo del sol, sino que coma y beba y sea alegre; y que esto se le quede de su trabajo los días de su vida que Dios le dio debajo del sol” (cap. 8, vers. 15).

La de Azcona es la palabra de un sabio. Así que nos quedamos con la alegría, aunque no tenga, para el arte y el pensamiento, muy buena prensa. El hombre de genio ha de ser melancólico, decía Aristóteles. Son los menos pero también hay filósofos que no solo ponderan la alegría, sino que le conceden un lugar nuclear en su obra. Es el caso de Baruch Spinoza, que consideraba que el espíritu humano está dominado por las pasiones de la alegría y la tristeza, y de ambas escribía: “Por alegría entiendo la pasión por la cual el espíritu alcanza una mayor perfección; por tristeza, por el contrario, la pasión por la cual alcanza una menor perfección”. Son palabras que recoge Alain Corbin en su breve y recién publicada Historia de la alegría: Viaje al corazón de nuestra intimidad, dentro del capítulo que dedica al filósofo que en el siglo XVII renovó más que nadie la concepción que se tenía hasta entonces de la alegría íntima.

"Volviendo a Spinoza, cada vez que leo que nos animaba a esforzarnos por vivir con alegría y evitar la tristeza, me acuerdo de las Vainica Doble"

Corbin, que ya nos había contado antes la historia del silencio, del cuerpo, del cristianismo o de la ignorancia, pone en ésta, su última obra, toda su capacidad de síntesis para esbozar la evolución de la alegría en Occidente desde la Antigüedad hasta el siglo pasado. Trufado de citas de libros sagrados, diarios, cartas, ensayos o novelas, el ensayo del francés abarca desde una idea de la alegría asociada a la Biblia y el cristianismo (“la alegría celestial a la que aspira el cristiano que se afana por su salvación”) a esa alegría que experimenta el anciano cuando tira de recuerdos agradables del pasado (valdrían incluso los menos agradables, como reza esa cita con la que empieza la película francesa El ejército de las sombras: “amargos recuerdos, regresad. Vosotros sois mi juventud”), pasando por la alegría del flirteo, la abiertamente sexual, la que proporciona aprender y entender algo complejo, la que se deriva de contemplar la naturaleza, de hacer un descubrimiento o de crear una pieza maestra, la de preparar un viaje y llevarlo a cabo, la que trae consigo el juego (mayormente cuando se gana) y la que provoca estar sano cuando antes se ha estado enfermo.

Alegría satánica

Mención aparte merece la alegría satánica. Es esa que puede surgir del placer que proporcionan las desgracias ajenas, fracasos, ruinas o incluso muertes. “¿Quién no ha experimentado alguna vez en su vida un sentimiento de alegría, más o menos oscuro, ante los reveses de un competidor o de una persona que había despertado envidia, o incluso temor?”, se pregunta Corbin, dando así la razón al añorado actor Antonio Gamero, que decía eso de “a mis amigos no les cuento mis penas, que los divierta su puta madre”.

Volviendo a Spinoza, cada vez que leo que nos animaba a esforzarnos por vivir con alegría y evitar la tristeza, me acuerdo de las Vainica Doble cuando reclamaban y celebraban, a su manera inconfundible, una vida que podía ser bastante alegre con bien poco:

“Déjame que descanse un rato al sol.
Déjame vivir con alegría.
Si he pescado bastante para hoy,
mañana será otro día.
No faltará un caracol.”

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