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El aire con el que después se aguanta

El aire con el que después se aguanta

Cuando el púgil encaja el último golpe y su cuerpo se encorva contra las cuerdas, vacío de tensión, con los músculos reblandecidos y a la vez brillantes, la extrañeza se apodera de él. En su semblante ligero se advierten los porqués, el error público que lo llevó a desproteger su mandíbula cuando el ataque del rival parecía fracasar, la pública negación de quien, minutos antes, recorría el camino hacia el cuadrilátero promulgando su figura de héroe. Un solo golpe para que se produzca ese extraño desdoblamiento que lo hace caer en la lona, embellecido por la verdad. En su canción “Strange Fruit” —tan asociable a la antología de artículos y crónicas periodísticas de Leila Guerriero, que lleva por título Frutos extraños y publica la editorial Alfaguara—, Billie Holiday versionó uno de los poemas míticos del activista norteamericano Abel Meeropol, para referirse a los cuerpos de las mujeres y hombres afroamericanos asesinados por las turbas racistas que cuelgan de los árboles como fruta madura, como objetos extraños que amenazan con caer. Y es esta metáfora, la del fruto extraño, la del púgil herido que se desprende de sus vestiduras elegíacas y cae, la que mejor describe la visión periodística de Leila Guerriero.

«Escribo como si boxeara —afirma la autora argentina en “Mi diablo”, texto con el que se inicia el volumen—. Hay una rabia infinita dentro de mí, una violencia infinita dentro de mí, una nostalgia infinita dentro de mí, una furia infinita dentro de mí, un arrebato ciego dentro de mí. Porque siempre, siempre, siempre, escribo como si boxeara. O, mejor, ¿por qué siempre, siempre, siempre escribo como si boxeara?».

En esta pregunta, que no es retórica, se resume su técnica periodística, la formulación temporal que le permite ejecutarla y las muchas semillas, casi todas involuntarias, que la empujan, en cada una de sus crónicas, a cartografiar el descenso, a huir del apriorismo y a desnudar esa tranquila envoltura que deforma la heroicidad y la somete a peligrosos estiramientos. El suyo, por razones evidentes, no es un periodismo de urgencia, sometido a esa suerte de inquisición fotográfica dirigida a los que no pretenden leer y a quienes, por ese motivo, se les exime del espacio de la palabra y la profundidad. Sus aproximaciones al conflicto, a sus personajes y a los territorios múltiples en los que siempre cabe la posibilidad de ser víctima exigen paciencia y reiteración, cercanía a los focos de calor que genera la noticia y, por supuesto, saber hibridar la ausencia nada física del entrevistador y el silencio que permite a los protagonistas renunciar a la incomodidad y mostrarse tal y como son.

"La intuición no solo le ha permitido construir un marco de estilo propio, sino desarrollar una capacidad casi visionaria para elegir el espacio vital de un sujeto en el que percutir con precisión y lacerar las partes imperfectas que distorsionan la verdad"

La escritora, nacida en Junín, inició su carrera periodística en la revista Página/30. Hoy es colaboradora asidua de medios como El País y La Nación, y también es editora de prestigiosas revistas como Gatopardo. Autora de obras tan relevantes como Los suicidas del fin del mundo, Teoría de la gravedad o La llamada, su obra ha sido galardonada, entre otros, con el Premio Fundación Nuevo Periodismo, por su artículo sobre antropología forense titulado “El rastro en los huesos”, el Premio González Ruano y el Premio Manuel Vázquez Montalbán. En el año 2024 recibió el premio Senda de Normativa 2023-2024; y hoy sigue proclamando que su vinculación con el periodismo, además autodidacta, abre —en su artículo sobre algunas mentiras del periodismo, donde confiesa, sobre la educación sistemática, que su destino es “morir, virgen de esas cosas”— una razón de ser en la lectura de los otros: «Y si no sé cómo se aprende lo que se aprende, sí sé, en cambio, que enseña más cosas acerca de cómo escribir cualquier novela de John Irving o la historieta Maus, The Art of Spider-Man, que cinco talleres de escritura periodística donde se analiza concienzudamente la obra de Gay Talese».

La lectura es, sin duda, una fuente de intuición a la que ningún creador, con independencia del género, debe renunciar. En el caso de Leila Guerriero, la intuición no solo le ha permitido construir un marco de estilo propio, sino desarrollar una capacidad casi visionaria para elegir el espacio vital de un sujeto en el que percutir con precisión y lacerar las partes imperfectas que distorsionan la verdad. Más allá de la técnica y de las teorías académicas que debilitan la intuición y ese impulso, a veces diletante, que es tan necesario en el proceso creativo, en la obra de Guerriero subsiste una capacidad autónoma y emancipadora alrededor de la historia que la vigoriza frente al periodismo de urgencia y las crónicas banales del primer mundo.

"Es la intuición de quien observa ampliando desnudamente la mirada, y de quien cree, casi de forma obsesiva, en el método de la transcripción mecánica para escuchar de nuevo los silencios, la tos huidiza y el gesto cortado por los claroscuros"

Frutos extraños se divide en tres bloques: “Crónicas y perfiles”, en el que aborda y retrata la figura de distintos personajes como Facundo Cabral o María Kodama, y se aproxima a historias tan variopintas como la venta a domicilio o la realidad política de Argentina; “Discusiones”, en el que se incluyen artículos de opinión y actualidad; y “Sobre el periodismo”, que aglutina textos sobre el sentido de la profesión y el clima, tan disparejo, en el que se ejerce hoy en día. En todos ellos, y a pesar del amplio período que engloba, sobresale la misma mirada microscópica, en la que un simple gesto o la textura accidental de un verbo pronunciado a oscuras, casi en la intimidad, revelan el verdadero carácter del protagonista. Una mirada que se aproxima al dolor sin apropiarse de él, sabiendo que de toda anomalía es posible extraer un decálogo incontestable de descubrimientos.

Para ello, es necesario atravesar el relato oficial del personaje para situarlo en una platea a ras de suelo, lejos de los paradigmas áulicos y del ruido mediático, en la que solo quepa la confesión. Así sucede, por ejemplo, en “Apuntes sobre María Kodama”. Frente a la figura extraordinaria que representó la compañera de Borges, y ese halo de misticismo y devoción por su obra, Guerriero desviste su semblante con trazos que solo son posibles gracias a esa desaparición radical del entrevistador: «El semblante se astilla con el ademán intempestivo del brazo que arroja la billetera dentro del bolso, que sacude el bolso para que la billetera encaje, el rostro endurecido por la irritación».

Es la intuición de quien observa ampliando desnudamente la mirada, y de quien cree, casi de forma obsesiva, en el método de la transcripción mecánica para escuchar de nuevo los silencios, la tos huidiza y el gesto cortado por los claroscuros de una habitación. Solo de ese modo puede el personaje adelgazar la voz y querellarse contra sí mismo, como si a este —véase el artículo que Guerriero le dedica al actor argentino Ricardo Darín— ya no le escupiese en sus manos ese mismo discurso prefabricado que se expande en todas las direcciones.

"Podríamos decir que la palabra, que siempre es el vehículo de nuestro pensamiento, vivifica el valor de las respuestas, toda vez que en ellas se respira el aire con el que después se aguanta"

La excentricidad de algunos sujetos, como la del exjugador de baloncesto y luchador profesional Jorge “Gigante” González, deja de ser un matiz para convertirse en la estructura donde descansa el imaginario colectivo. Donde, de nuevo, una grieta, un detalle paisajístico o emocional, o simplemente la visión inevitable sobre el futuro de un país —es imprescindible el artículo “La Argentina diaria: una campaña”— es el germen de una construcción mayestática.

«La crónica —afirma Guerriero— es un género que necesita tiempo para producirse, tiempo para escribirse y mucho espacio para publicarse: ninguna crónica que lleva meses de trabajo puede publicarse en media página». Y porque, como también ella misma señala, el arte de salir a ver consiste más en mirar que en preguntar. Cabría preguntarse, siguiendo con el juego de palabras, por qué seguir interrogando al mundo en sus distintos planos, en sus diferentes miniaturas procelosas en las que el odio y la supervivencia comulgan con el terror del que pretende no morir a solas. Podríamos decir que la palabra, que siempre es el vehículo de nuestro pensamiento, vivifica el valor de las respuestas, toda vez que en ellas «se respira el aire con el que después se aguanta». En el caso de Leila Guerriero, su sintaxis afilada y limpia, y esa contención rítmica no exenta de lirismo, con la que prolonga la duda para que esta desemboque en un estallido del que nacerán más preguntas, más incógnitas y mayores deseos de vivir, es hoy un fruto extraño absolutamente necesario al que, al menos de vez en cuando, debemos entregarnos, sin reparar en el tiempo ni en el espacio, y mucho menos en la urgencia de no saber existir.

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Autora: Leila Guerriero. Título: Frutos extraños. Editorial: Alfaguara. Venta: Todos tus libros.

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