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8 de abril de 1936: El día después de la destitución de Alcalá-Zamora

8 de abril de 1936: El día después de la destitución de Alcalá-Zamora

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Miércoles, 8 de abril de 1936: El día después de la destitución de Alcalá-Zamora

Llueve.

Eso contestó Simenon cuando le preguntaron cuál era su frase tipo. Una frase sencilla, contundente, cotidiana, que además creaba un clima sicológico ligeramente desagradable. Ese miércoles cae sobre Madrid una lluvia fina, insidiosa.

"Llueve sobre Madrid como llueve sobre el corazón de un Alcalá-Zamora que se despierta, agotado, tras su horrenda noche"

Llueve sobre Madrid como llueve sobre el corazón de un Alcalá-Zamora que se despierta, agotado, tras su horrenda noche. Llueve sobre el parabrisas del Chrysler de Manuel Azaña, mientras este sale de su domicilio en el barrio de Salamanca y, tras limpiarse las gafas empañadas, guiña los ojos con la serenidad de quien acaba de salir triunfante de un combate trascendental. Y llueve asimismo en la finca de San Rafael, cerca de Segovia, donde permanece refugiado y ninguneado, vapuleado por las últimas elecciones, Alejandro Lerroux, el Viejo León, el otro gran enemigo de Azaña. Llueve como ha llovido la víspera según llegaban los comisionados de las Cortes a palacio, entre un público indiferente que observaba la aparición de coches oficiales.

Los delegados habían entrado por la escalerilla de los días de crisis. Dentro de un palacio vacío fueron recibidos por un miembro del gabinete de prensa. Se les anunció que el secretario general de la presidencia, Sánchez-Guerra, estaba en su residencia familiar de Torrelodones. No importaba: en las antiguas habitaciones del duque de Génova, bajo la mirada de los personajes carnavalescos de Tiépolo, Jiménez de Asúa ordenó al oficial mayor del Congreso que levantase acta. Y se encontraban ya sentados, cuando irrumpió de manera violenta Sánchez-Guerra y Jiménez de Asúa le puso al tanto con malos modos de lo que sucedía. Ya firmaban el documento de notificación.

—¿Qué significa esto? —exclamó Sánchez-Guerra.

Sonó uno de los teléfonos. Era el embajador de Londres. Ramón Pérez de Ayala quería hablar con el presidente destituido y la respuesta nerviosa de Sánchez-Guerra fue que no estaba en palacio, que llamara a su domicilio.

Llovió entonces como llueve ahora sobre la acera y los asfaltos de la carrera de San Jerónimo, cubriendo de goterones las vitrinas de Lhardy. Como llueve sobre los capós de los coches y sobre los paraguas de los políticos que se apresuran a entrar por el patio de Floridablanca, con el ánimo encogido, zapateando los felpudos de entrada, dejando abrigos y paraguas a los ujieres por los pasillos.

—Buenas tardes, señor conde.

La víspera, para la votación de la destitución del presidente de la República, Romanones fue el primero en llegar. Hoy se le han adelantado varias decenas de diputados. La mayoría pasillea fuera de la Sala de Sesiones y hasta en la biblioteca. Todos hablan con perfecta normalidad de lo que ocurre en Francia o del tiempo.

"Alcalá-Zamora me dijo: «No doy más plazo que hasta la puesta del sol». A él, ni ese plazo le han dado"

Cuando suena el timbre, el cojo Romanones coincide en una de las entradas del hemiciclo con Santiago Alba, otro exjefe de Gobierno e imponente dinosaurio político, que está igual de serio. Los dos tienen la sensación de estar asistiendo a algo premonitorio, desagradable, único.

—Si nosotros quisiéramos despedir a un ujier, porque hubiese faltado al respeto a uno de los diputados —observa el de Romanones, según se acercan ambos a sus escaños—, no se podría hacer en el momento. Habría que instruirle expediente. Se nos exigiría una indemnización. Habría que dársela, junto con todo lo demás que el expediente trajera consigo hasta la expulsión. Pero para despedir al presidente de la República ha bastado un segundo. Por cierto, que me ha recordado esta noche otra fecha, de abril también y no tan lejana, en que el señor Alcalá-Zamora me dijo: «No doy más plazo que hasta la puesta del sol». A él, ni ese plazo le han dado.

Y, por una vez, decía la verdad.

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