Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Madrugada del viernes, 10 de abril de 1936: La Semana Santa en Sevilla
No sé si me va a producir la misma sensación, pero tenía que volver a verlo —dijo el embajador de Estados Unidos, míster Claude Bowers.
No era su primera escapada en el último mes. Dados los rumores que circulaban desde las elecciones, Bowers quería ver con sus propios ojos los lugares donde, según la propaganda derechista, existía peligro. Pero en Valencia no había visto más que pueblos en calma y gentes benévolas. Ni un mal gesto. Ni un puño cerrado. Lo mismo en Alicante, entre naranjos y palmeras. Y así hasta llegar a Gibraltar. Después de hacer un alto y volver a Madrid para seguir la destitución de Alcalá-Zamora, aprovechó para regresar a Sevilla, adonde llegó a última hora del Jueves Santo. Por fin, de madrugada, esperaban los dos delante de la iglesia románica de San Gil.
Se acercaba la una y los balcones estaban atestados en el barrio de Triana. De repente, entre laberínticas calles abarrotadas, se estremeció la multitud. Apareció un resplandor en lo alto de la callejuela, junto a la iglesia. Era la Macarena, que salía. Hubo repiqueteo de cascos de caballos. Brillaron los cirios reflejados en las armaduras de los soldados romanos que la rodeaban.
—Mírela, ¡ahí está!
De todas las imágenes de Semana Santa, la de Nuestra Señora de la Esperanza Macarena era la más venerada. Sobre una peana y cuatro varales de plata sosteniendo el dosel, quedaba ligeramente inclinada hacia delante. Tenía las manos abiertas, las palmas extendidas en gesto de súplica. Cinco lágrimas de cristal corrían por las mejillas de un rostro dulce donde dos grandes ojos reflejaban la angustia de madre dolorosa. La corona era de oro. Su manto verde relucía la pedrería. Todos los sevillanos la reverenciaban. Era sabido que las cinco esmeraldas engarzadas en forma de azucenas sobre su pecho las trajo Joselito, el torero, de París. En su manto se insertaba un pedazo del capote del célebre torero, por cuya muerte se había vestido a la imagen de negro por primera y única vez.
—¡Qué bonica! ¡Ole tu madre, Macarena!
En los balcones con colgaduras de la calle de las Sierpes, entre paso y paso, los asistentes comían, bebían. Abajo, en las aceras, una muchedumbre en sillas o en pie y apretados contra los edificios se ponía de puntillas. Pasaron los nazarenos. A Bowers le pareció que una mujer de ojos negros le sonreía. No lejos, alguien comentó que el ministro de Comunicaciones llegaba también a última hora. No era, eso sí, el tema del día.
—¡Osú, deja la política pa’ otro día, mi vida, que solo nos trae problemas! —exclamó alguien cerca.
—Soy laico y republicano, pero la Semana Santa es aparte. Donde se ponga la Virgen de la Macarena, ¡viva su madre! Me pego con cualquiera que me diga que no hay Dios, porque la Macarena es su madre, y es sevillana y paisana mía.
Hubo mil murmullos de admiración. Desde un balcón cercano, alguien lanzó al aire el trémolo de una saeta. Y ya se extinguía el eco de los pasos de los costaleros cuando sonó otra saeta, igual de fervorosa y trémula, en la distancia. La procesión seguía su marcha, los nazarenos encapuchados, los penitentes arrastrándose descalzos con sus cruces a cuestas.
—Nadie que no lo haya visto puede decir que conoce el alma de los españoles —dijo Claude Bowers.


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