En su novela Imposible decir adiós, cuenta Han Kang que, para formar un copo de nieve, es necesaria una mota de polvo o de ceniza, a cuyo alrededor se aglutinan de modo misterioso las moléculas de agua en una primera estructura hexagonal, que se irá fusionando con otras estructuras idénticas mientras cae, aumentando su tamaño.
Ahora bien, para que la novela nos conmueva, para que nos admire su belleza, esos otros ingredientes alados son tan imprescindibles como las moléculas de agua lo son para formar la nieve. Sin ellos, el libro no flota, se nos hace pesado, se nos cae de las manos. Sin ellos, las partículas negras serían todas similares, mientras que los copos son todos distintos, no hay dos iguales, del mismo modo que los malos libros se repiten y los buenos lo son cada uno a su manera.
En la novela negra, el núcleo sólido aporta información sobre el entorno, los efectos de la mano del hombre y los males y los miedos de la sociedad del momento. En cambio, la parte blanca refleja la luz y responde a las leyes de la belleza y de la naturaleza, que son inmutables y permanecen ajenas al discurrir del mundo y al orden o al desorden social.
Cada lector puede sentirse más o menos atraído por una de esas dos partes, la más narrativa o la más estética. Pero las mejores novelas son las que aúnan ambos componentes, en las que late un poderoso mundo interior, una intensa vida emocional bajo una forma bella.
Corea del Sur es el segundo país del mundo con mayor índice de suicidios, pero Cheonghee, la protagonista de Tinta y sangre, no cree que su amiga Inju se haya suicidado. Y para demostrarlo, emprende una investigación, aunque es consciente de sus limitaciones: “Sé que no soy la protagonista audaz de un thriller o de una novela policiaca”.
Publicada en 2010, y solo ahora traducida al español, con una portada en la que dos brazos enlazan una mancha de tinta vagamente antropomórfica, Tinta y sangre es anunciada como “un thriller poético y existencial”, aunque ciertamente no tiene mucho de thriller, lo cual no es ni bueno ni malo. Todo libro solo puede ser juzgado por sus virtudes o sus carencias literarias, no por el género al que pertenece.
La parte thriller viene justificada porque la protagonista está convencida de que su amiga Inju “no tenía razón alguna para matarse. Ella amaba la vida. No lo digo como frase hecha: de verdad la amaba”. Buscando una explicación, hace reventar una cerradura para entrar en un estudio ajeno, busca pruebas que corroboren sus sospechas, se mete en una pelea a cuchillo y se narra también un homicidio.
Pero no es eso lo sustancial de Tinta y sangre, donde los copos blancos vuelan más que el núcleo duro.
Lo que sí tiene de thriller es, sobre todo, la búsqueda de una verdad por alguien que investiga una muerte sospechosa. Y como en toda buena novela negra, la verdad aquí no es estable, oscila de un lado para otro, se despliega inasible hasta que el investigador logra fijarla en su lugar exacto. Y eso es lo que hace Cheonghee mientras nos va hablando de la pintura, de la formación del universo, de las relaciones amorosas o familiares. Al lector al que solo le interese una escritura preñada de acción, que se limite a contar lo que se ve y se oye, no le entusiasmará el libro; al lector que, además, valore lo que se sueña, lo que se imagina, lo que se teme y lo que se recuerda, disfrutará mucho.
Por lo que conozco, las novelas de Han Kang tratan de personajes que están fuera de lugar o ante circunstancias que las desbordan, con alguna falla interior o en el límite de su resistencia o de su estabilidad: una vegetariana en un mundo carnívoro o una mujer ante las consecuencias de una masacre histórica. Aquí habla de la amistad de dos mujeres desde que eran adolescentes, una de ellas muy alta y deportista y otra, tímida y de baja estatura. Habla de personajes hemofílicos aterrorizados por cualquier pérdida de sangre, del arte y de la astrofísica, de adicciones, de sucesos y accidentes brutales, del amor, de la dificultad de conocer al otro.
En algunos momentos, el relato vacila, la estructura fragmentaria dificulta su avance y resulta algo confusa, acaso por su azaroso proceso de escritura: la primera mitad se publicó por entregas en la prensa y luego fue reescrita para terminar la novela. Pero, aunque la información llega a retazos, al final, en los dos últimos capítulos, todo resulta coherente.
Con una envolvente prosa poética, pero al mismo tiempo con una gran intensidad emocional, de nuevo Han Kang nos impide el sosiego, nos arroja del nido del sofá donde nos tumbamos a leer. Sin necesidad de hacer largas descripciones, crea imágenes poderosas que se graban en la memoria, pensamientos y recuerdos, reflexiones que hay que leer dos veces y que se van disolviendo en la conciencia hasta provocar estados de ánimo.
En la historia de la literatura ha habido novelas extraordinarias sobre personajes femeninos, mayoritariamente escritas por hombres. Han Kang, Premio Nobel de Literatura 2024, es una de las grandes y rebeldes escritoras actuales que hacen que las mujeres se cuenten a sí mismas.
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Autora: Han Kang. Título: Tinta y sangre. Traducción: Sunme Yoon. Editorial: Random House. Venta: Todos tus libros.



Como mago también de la Novela negra, Eugenio Fuentes revisa todas las condiciones -que él a sí mismo también se exige- que debe cumplir una narración para ser una buena novela negra y nos da la oportunidad de saber que, según su criterio -y es un criterio de autoridad-, Han kang nos deja una buena construcción en la trama, unos potentes personajes en desarrollo y una buena apuesta estética en *Tinta y sangre*, además de diversos temas existenciales intercalados, lo que se convierte en una recomendación de lectura segura. Gracias Eugenio Fuentes